Medio ambiente

Planta de snacks da empleo y no genera desperdicios

- 14 de noviembre de 2019 - 00:00
Mujeres procesan y empacan plátanos en la fábrica de PepsiCo en Colombia. La planta genera 20.000 toneladas al año y tiene 13 líneas de productos.
Foto: Nora Quintanilla / EFE

En una maquila de Colombia, los plátanos que no cumplen estándares se convierten en harina; los vástagos, ricos en potasio, sirven como compost y la cáscara se utiliza en alimento para vacas.

“Uno ve a la empresa privada como un monstruo que lo va a devorar, pero si no hubiera aparecido PepsiCo, el campo no crece”. Así de directo se expresa Javier Castaño, un agricultor colombiano que provee de plátano verde a la firma estadounidense de refrescos y alimentación.

A Castaño todos lo conocen como “Tata” en la Asociación Nacional Agropecuaria de Productores de Plátano de la localidad de Belén de Umbría (Asplabel), en el “Eje cafetero” del centro-oeste de Colombia, que agrupa a 200 agricultores y 50 mujeres empleadas en su maquila, la planta de procesamiento donde se pela la fruta.

Desde Asplabel sale el mayor suministro (40%) de plátano para PepsiCo, la primera compradora industrial de esta fruta en el país y productora de los populares snacks Natuchips y Toditos, que se ven en las tiendas y en los típicos carritos de venta ambulantes.

Café en mano, Tata, representante legal de Asplabel, recuerda que los campesinos locales, “casi todos víctimas de la violencia”, se asociaron en el año 2000, para dedicarse al cultivo del plátano, que para muchos ha pasado de ser algo residual a un medio de vida.

Los “parámetros cambiaron” hace nueve años, cuando firmaron un contrato para vender su producto a un precio pactado con PepsiCo, empresa que les ha dado infraestructuras y capacitaciones.

Antes, “los comercializadores se enriquecían a costilla del productor”, a menudo sujeto a agentes violentos, robos o estafas cuando llevaba su mercancía al mercado fresco, relata Lucía Marín, otra agricultora.

Ella llegó a Asplabel en 2003 tras perder a su esposo, asesinado, que gestionaba la finca familiar de café y con dos pequeños a su cargo. “Me tuve que enfrentar a la realidad de los negocios”, dice esta pequeña empresaria que hoy emplea a cinco personas y baraja plantar más plátano.

El plátano que producen estos agricultores en sus fincas se transporta a la maquila de Asplabel, en la cordillera del departamento de Risaralda, desde donde cada semana se envían a Bogotá unas 30 toneladas de fruta pelada.

La maquila se alza cobijada entre palmeras y junto a ella se ultiman las obras de un jardín de infantes para la plantilla, compuesta en su mayoría por mujeres que son cabezas de hogar.

Segunda fuente de empleo

A sus puertas, el jefe de producción, Andrés Martínez, explica que la historia de Asplabel y de Belén de Umbría “van de la mano de PepsiCo”, ya que la asociación se ha convertido en la segunda fuente de empleo, por detrás del Estado, en una economía marcada por el desempleo y el empleo informal.

Un vehículo todoterreno llega en ese momento con un cargamento del que no se desperdiciará nada: los plátanos que no cumplen los estándares se convierten en harina; los vástagos, ricos en potasio, sirven como compost y la cáscara será pienso para vacas.

Los que sí pasan el filtro se deslizan por bandas automatizadas y son pelados a un ritmo de 33 kilogramos por hora por las ágiles manos de medio centenar de mujeres, entre ellas Rosalba Rodríguez y Dolly Arroyabe.

“Aparte de un generador de empleo para el municipio, este es un ente importante para la inclusión de género y ha dado oportunidades a las mujeres”, resalta Juliana Murillo, gerente general.

Impulsada por PepsiCo, Asplabel desarrolla un proyecto asociativo de cultivo exclusivamente de plátano para asegurarse un abasto propio y que sus agricultores crezcan. El proyecto, financiado en el 65% por PepsiCo, requiere de un trabajo constante porque se siembran los plátanos escalonadamente en el tiempo.

La cadena de suministro del gigante estadounidense es compleja: desde que se cosecha el plátano, hay un límite de ocho horas para pelarlo, procesarlo y que llegue refrigerado a Bogotá, donde se encuentra la planta Margarita, la más antigua de las tres que hay en el país.

Como el resto de las plantas de PepsiCo, el objetivo en Margarita es no generar residuos, pero además, por su tamaño pequeño, tiene en marcha programas piloto, por ejemplo para convertir las bolsitas en combustible, e iniciativas de diversidad, gracias a las que emplean a personas sordas y capacitan en lenguaje de signos. (I)

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