Olvidadizos y despistados. Estos términos parecen definir a una generación que, al parecer, está tan sobrecargada de información que tiene problemas serios para recordar dónde están sus pertenencias, esos objetos imprescindibles que facilitan la vida, como el teléfono celular. Están tan ocupados, tan absorbidas por el trabajo, tan ensimismados en su diario vivir, que su memoria se pierde; se debilita, al punto de ser incapaz de retener una acción tan simple como el guardar las llaves en un cajón.
Esa dificultad por recordar algo tan simple como la ubicación de un objeto recibe el nombre de síndrome de la vida ocupada. Sabemos que la desmemoria es un efecto casi normal de la vejez, pero la ciencia ha reunido nuevas evidencias que sugieren que hoy también afecta a gente más joven y activa. Para cada síndrome, como era de esperarse, hay un nuevo tratamiento, un nuevo fármaco que promete devolvernos la memoria como por arte de magia.
Quizás para no seguir intoxicando nuestro organismo con nuevos químicos, sería mejor detenernos, reflexionar, hacer una o las pausas que sean necesarias. Vivir sin tanto apuro, sin tanta complicación. Esas pequeñas pérdidas de memoria aunque no están relacionadas con la enfermedad del Alzheimer, sí deben preocuparnos, porque de alguna manera comprometen nuestro tiempo: invertimos tiempo en buscarlas y esa tarea puede incluso llegar a comprometer nuestra estabilidad personal. Creemos que el cerebro tiene una capacidad ilimitada para almacenar información, pero constatamos lo contrario cuando perdemos el hilo de la conversación.
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