La Virgen del Rosario en Chimborazo

Un santuario que revela uno de tantos nexos con el terruño

- 06 de abril de 2014 - 00:00
Foto: Cortesía

La Virgen del Rosario en Chimborazo

El Santuario de la Virgen del Rosario de la Peña está a 2.740 metros de altura y a 3 km de la cabecera de la parroquia Pungalá, en Chimborazo. Este sitio, dedicado desde la colonia (1605), como muchos otros  referentes del cristianismo, fueron hipotéticamente, por no decir casi certeramente, los lugares sagrados ancestrales.

Sitios  de poder o centros míticos de primigenios pobladores que, en sus concepciones culturales, guardaban respeto y veneración por la naturaleza, con elementos vinculantes a sus creencias religiosas.

Históricamente, la actual Chimborazo estuvo poblada en el preincario por una cultura conocida como puruguayes o puruhaes. Este concepto diferenciador está amparado en la arqueología, pero lo debe estar preferentemente en la etnolingüística, porque la lengua es el compendio de una cultura.

Tenían  su idioma diferenciado con sus dos vecinos inmediatos: los quitu-pantsaleos al norte, desde Guano; y los cañaris al sur, desde los laberintos montañosos de Alausí. En la protohistoria puruhá se habla de un hábitat más extenso, pues arqueológicamente hay asentamientos en las actuales provincias de Cotopaxi, Tungurahua y Chimborazo.

Lo que queda flotante es ¿qué pasó con la lingüística en la toponimia, la fitonimia, la zoonimia y la antroponimia de estos períodos? ¿Quedan sustratos protopuruguayes en otras lenguas vernáculas vecinas?

En Alausí se hallaron ‘huacas’ en las cangahuas, con velas  encendidas o con las huellas del humo.

El cristianismo les ha orientado a dejar prendidas las velas que acá también se ponen ahora.
Los puruguayes son gente preinca y, por ende, prequichuas lingüísticamente. ¿Pertenecerá a esta etapa de concepción mítica el antecedente que estamos comentando? Pues debemos saber que casi todos nuestros pueblos han soportado con las conquistas, imposiciones y transculturaciones que nos llevan a definir el producto contemporáneo como una resultante del palimsesto imbricador con que se nos presentan.

El palimsesto es un término tomado de lo que se hacía con la pintura. Cuando sobre un cuadro (lienzo) ya pintado se pasaba nuevamente una capa de color blanco para superponer otro motivo pictórico y con el tiempo se evidenciaban,  a la vista, los dos motivos pintados. Allí estamos ante el referido concepto.

Estos montajes que rememoran ideas semiocultas del pasado es lo que nosotros tenemos como producto de creencias preincas, que son de nuestra cultura vernácula.

Pero no hay que olvidar que con el incario (que fue una conquista o hecho impositivo y bélico) vinieron a convivir en nuestra geografía pueblos mitimaes procedentes de diversos puntos del Tahuantinsuyo.

Encima de esto, la colonia estableció nuevas movilizaciones a órdenes de los hacendados y de las “reducciones” religiosas. Digo esto porque bien vale la duda para el análisis y para rastrear el período del mito que vamos a señalar tal y como ha llegado a nuestros oídos.

¿Un mito puruhá?

Hasta ahora, los indígenas (y otros devotos) van al Santuario de la Virgen del Rosario de la Peña a depositar objetos. Se destacan plumas de aves, pelajes de animales, aunque sean recogidos en puñados,  de lanas de llamas, ovejas y hasta cerdas de ganado vacuno.

Acompañan a esta ‘ofrenda’ flores de cartucho blancas que actualmente consiguen en el mercado como rosas y gladiolos. Indudablemente que el cristianismo les ha orientado a dejar prendidas las velas que acá también se ponen ahora.

En otros sectores de la misma región puruhá, he encontrado por Alausí ‘huacas’ o escondrijos cavados en las cangahuas, con velas o ‘veladoras’ encendidas, o con las huellas del humo acumulado, que refleja diversa cronología. El porqué o el para qué, semánticamente está en el imaginario de su propia cultura.

Pero resulta evidente para nuestro acercamiento, que los ‘objetos’ ofrendados ante la peña de Pungalá, donde ahora está la Virgen del Rosario, son testimonios de compenetraciones con los animales que le ofrecen sustento para la vida.

Plumas y pelajes invocados a la protección de la tierra. Imploración a la subsistencia. Pedir que la Pacha Mama (aunque sea lexicalizadamente redenominación en quichua) les permita seguir ofrendando  el testimonio de lo que les permite mantenerse en la existencia.

Luego viene el palimsesto cristiano. El sacerdote que se dio cuenta, sustituyó al Sabio Vernáculo (para evitar decir Yachag en quichua), intermediario con la divinidad, y reimplantó, sobre su frágil corazón y su conciencia, que es la Virgen la que debe recibir las ofrendas, en vez de la propia oierra o la Peña, en donde habita ese espíritu y esa creencia con que desarrollaba la vida  del hombre nativo.

Me queda flotante el acercamiento semántico al color blanco en la concepción vernácula, a no ser que  estemos ante la ‘modificación’ en  favor de la ‘pureza’ que simbolizaban los cristianos.

El referente cronológico es importante, pues si la Virgen “aparece” en la primera década de 1600, el sacerdote se ubica en el propio espacio que los nativos tenían para sus rituales.

Estamos a unos escasos 50 años de la llegada de los cristianos y, por ende, el mito ancestral todavía está intacto en el imaginario del grupo etno-cultural.

Los salasacas, en la vecina provincia de Tungurahua, también tienen un sitio sagrado en el cerro de Nitón. Lo denominan Quinlli- urcu. (Esto da la razón semántica de que Quinlli significa “sagrado”, o “sitio de veneración”. Quinlli o Quinchi, como escriben los notarios, y “urcu” significa Cerro Sagrado.

En Pichincha está el santuario de la Virgen del Quinche, en donde se evidencia lo que estamos afirmando.  Allí depositan objetos como cucharas, ollas, peines, pelo, manojos de hierbas que han sido producto de ‘limpias’, y muchos objetos plásticos contemporáneos como muñecos y más fetiches.

Lo que de este comentario nos importa es que dentro del componente social de los salasacas, la etnohistoria dice que están imbricados con gente puruguay.

Estimo yo que si el ritual es puruhá como manifestación de su cultura, uno de los componentes etnoculturales de los salasacas confirmaría  tal imbricación.

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