Demetrio Aguilera y la subjetividad subalterna

- 05 de julio de 2016 - 00:00

Al leer la novela Jaguar, de Demetrio Aguilera Malta, se ve cómo el escritor guayaquileño logra uno de los más difíciles propósitos del Grupo de Guayaquil: la descripción sin estereotipos de la moderna subjetividad de los montuvios, negros y cholos de la Costa ecuatoriana.

La novela fue escrita en 1977 y se inspira, como muchos de los personajes y sus obras, en los recuerdos de las islas del Golfo de Guayaquil donde pasó su infancia. Demetrio nació en 1909, por lo que la recreación de su memoria se refiere a personajes de las primeras décadas del siglo XX, cuando las narrativas dominantes sobre afrodescendientes, montuvios e indígenas estaban permeadas por los estereotipos racistas, a pesar de los avances promovidos por la Revolución Liberal y por la presencia de la izquierda. El argumento de Jaguar es aparentemente sencillo porque se enfoca en describir la incesante cacería que un tigre realiza al personaje principal -quien indistintamente se llama el zambo Aguayo o el negro Aguayo-, y la forma como este desarrolla un miedo por momentos incontrolables a su perseguidor. La novela termina en el fatal desenlace de la vida del hombre en las garras del animal, pero la relación entre el perseguidor, el perseguido, el destino y la comunidad en la que viven logra una de las descripciones más complejas que he podido leer de los montuvios, cholos y negros como seres anclados en la contemporaneidad.

Es aceptado que una de las innovaciones más grandes del Grupo de Guayaquil fue la dignificación de los grupos excluidos de la Costa, para lo cual no solo describieron la dimensión social y política de los contextos en que estos grupos se insertan, sino valoraron el deseo, la sexualidad, el conflicto y la violencia entre los sectores marginados, y no cayeron en el estereotipo y los clichés.

El Jaguar logra rigurosamente este cometido, lo que no sucede siempre en la producción del grupo. La persecución en sí es construida como una metáfora de los miedos que enfrentan los sujetos modernos y no como una alegoría de primitivismo, a pesar de que el contrincante sea un tigre; en este caso, el tigre es simplemente un ser cercano al medio ambiente que circunda a la comunidad. La imagen moderna no solo atraviesa la subjetividad del protagonista, sino a su pareja, a la relación que con ella constituye, a los delincuentes rurales y a la colectividad campesina que le rodea, que llega incluso a discutir la presencia del tigre cazador como una proyección del miedo que pueden vivir los sujetos. Y siempre la presencia vibrante de Guayaquil como una construcción de todos y como una opción adonde ir, acercando la urbe y lo rural.

Reconocer la modernidad de los subalternos como el protagonista Aguayo, un afroindo-mestizo, típico representante de los sectores rurales y populares de la Costa ecuatoriana, es un mensaje de que los sectores populares que protagonizaron los movimientos emancipatorios, dirigidos por el liberalismo y la izquierda, no eran unos sujetos arcaicos que fueron manipulados e introducidos a la fuerza en los ejércitos liberales y en las luchas posteriores de la izquierda. Construir sujetos populares y rurales como coetáneos a las transformaciones que ocurren en el país y en el mundo en general es abrir la puerta de la inclusión y mostrar que no hay ninguna razón cultural, económica, territorial o de género que justifique el mantenimiento de la injusticia y que más bien es el argumento de las diferencias esenciales el más funcional para crear un mundo desigual. (O)

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