Alejandro Zambra: de la nostalgia a la tristeza

- 17 de julio de 2020 - 00:00

Las primeras novelas de Alejandro Zambra narran la resaca en la que confluyen las generaciones chilenas de antes y después del 11 de septiembre de 1973. Aunque nacido dos años después, como Julián, comparte con una multitud de chilenos la asfixia con que las subterráneas manos de la dictadura aferran aún las leyes, la moral, la vida práctica. Padres e hijos se suceden en la orfandad, en el acecho continuo de la desaparición. La tragedia particular que nos cuenta su segunda novela, La vida privada de los árboles, es la desaparición de Verónica. ¿Qué le ocurre?

El título y el segundo epígrafe alude al poema del escritor chileno Andrés Anwandter, “Nostalgia de cosas que no he vivido”. Y hay ahí ya un punto de contacto imposible entre estas dos generaciones marcadas por la violencia. Hay algo que no se ha vivido pero que se ha transmitido de alguna forma. El poema de Anwandter es un discurso que se repite hacia al infinito en sus versos iniciales y finales. Es un poema sobre la palabra como un asidero musical, sobre la escritura que ocurre sobre una mesa en el océano. Así es La vida privada de los árboles.

Pero el primer epígrafe concentra también una fuente importante de significado para la lectura de la novela. Una voz en primera persona, atribuida a Georges Perec, asegura firmemente no tener recuerdos de infancia. Cierta fuerza de la afirmación indica la importancia de esto que se ha perdido. Y en la novela de Zambra, este indicio se construye en un lugar que mezcla una infancia tan temprana de la que no se tiene recuerdos, y una experiencia de la generación anterior cuyo recuerdo, y la angustia de la que se nutre, se ha transmitido en ese lugar como propio. Pero, ¿qué recuerdo le falta a Julián, a Alejandro, a esa generación chilena que nació en dictadura? ¿Y cómo esa carencia se ha convertido en nostalgia, en dolor del hogar?

De niño, Julián era el único entre sus amigos que no tenía un muerto en la familia. Y de alguna forma se aferraba a la esperanza de que, precisamente por ya no ser un niño, de estar a cubierto de ese muerto, de ese desaparecido, de ese vacío hueco en la boca del estómago dispuesto a absorber por igual las lágrimas y las palabras. Como primer indicio en el mundo novelado tenemos un personaje sobre quien acecha la muerte, la desaparición, que extrañamente no le ha llegado aún, como a toda una generación de chilenos contemporáneos suyos y de sus padres.

El otro indicio que recorre la narración es un asunto muy oscuro, como un presentimiento, que sacude al otro personaje central de un modo particular. Una noche de placer intenso, a Verónica le ha ocurrido una repentina caída en la realidad. El narrador lo dice con estas palabras. En la intimidad, en ese momento en el que a veces se alcanza una confianza plena, Verónica le dice a Julián que si se muere, no quiere que Daniela se quede con Fernando. Lo prefiere a él o a su madre.

Lo curioso del fragmento, esa joya mínima que Zambra engarza en su novela, es que precisamente esa caída en la realidad es la certeza de la muerte. Para Verónica, su muerte es probable. La brutal materialidad de esta acechanza se confirma cuando desaparece, sola, en la noche de Santiago. ¿De dónde viene ese temor, que es a la vez el temor de Julián y de Alejandro y de toda su generación? Ya no solo desaparecer, o tener un desaparecido; es el hecho de que esos tiempos sean los únicos que no hayan desaparecido.

Aquí confluye la “Nostalgia de las cosas que no he vivido” con la afirmación de Perec. Esa desaparición que a Julián le ha llegado más bien tarde, pero que comparte con toda una generación, confluyen con esos recuerdos ausentes de la infancia que con tanta vehemencia subraya Perec, la estructura de cuya obra aporta también matices sutiles a la novela de Zambra, eso que según la memoria no se ha vivido. Para Julián, esto que significa haber nacido en Chile después de la dictadura y seguir viviendo allí ha sido una certeza cruel que le ha llegado en una larga noche aciaga.

¿Cómo funcionaría a nivel simbólico la anécdota que constituye La vida privada de los árboles? Cuatro vidas relacionadas profundamente, pero marcadas sobre todo por la ausencia. Y por ausencias repentinas. Cien días ha durado el matrimonio de Fernando y Verónica, celebrado incluso cuando su hija Daniela ya ha nacido. El matrimonio con Julián, cuya convivencia alcanzaba constantemente el ritmo cálido del hogar, duró hasta que Verónica no vuelve de su clase de dibujo. La madre de Karla ha desaparecido y ha vuelto. Julián asume una hija doblemente ajena. La vida sigue llevándose todas las tragedias cotidianas. Padres ausentes, madres ausentes, hijas viviendo historias que solo pueden terminar de contarse con los préstamos de la ficción.

La nueva familia que aparece en las novelas de Zambra no responde solamente a la intimidad del hogar. Se trata de estas generaciones chilenas divididas por la violencia, huérfanas, sin certezas, con padre vivos pero ocasionales y madres desaparecidas, ocultos en historias extrañamente movidas por el amor. Una sociedad postiza donde cada quien debe rehacerse después de su tragedia personal. Una generación que se construye ahora en sus nuevas certezas. (O)

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