Colocada por derecho propio en la historia del teatro ecuatoriano, La Venadita se sustenta en una relación profunda entre ritual, teatralidad e identidad. La pieza, creada por la actriz argentina Susana Pautaso, quien es además responsable de la dramaturgia y la dirección, dialoga con el espectador en torno al maravilloso legado de los pueblos andinos y lo hace con respeto e inteligencia.
Una instalación, bastante realista, fija las coordenadas de la acción. El espacio íntimo, junto al fogón, contrasta con la cámara negra del teatro y propicia una lectura intemporal, en la cual se superponen dos mundos, uno mítico, mágico, resultante de la cosmovisión del personaje y otro de referencia, más contemporáneo, quizás más cercano al ámbito del público.
Una anciana espera al final de su vida la llegada de su nieta a la que debe transferir sus saberes. Más allá de la reconstrucción antropológica, de la exhibición de usos y costumbres, resalta el interés por dejar fluir los quehaceres cotidianos del personaje, marcados por el permanente vínculo con los elementos naturales. Materiales diversos concurren en el espectáculo y aportan también su voz, su memoria ancestral, su energía. El fuego ilumina, calienta, purifica y congrega para que podamos recibir la palabra de los abuelos, la sabiduría que emana del vínculo armónico con la naturaleza. De este modo la puesta deviene canto de homenaje a la mujer indígena y una reflexión en torno al valor de la comunalidad.
Sobresale en La Venadita, la actuación de Juana Guarderas, quien como la nieta esperada recibió en el montaje de manos de su creadora para que la obra siguiera viviendo en el cuerpo y en las acciones de otra mujer, de otra actriz. De esta manera la dimensión estrictamente cultural y la tradición teatral corren juntas en un mismo conjuro contra el olvido. En el caso de Juana, sobresale su capacidad para adentrarse en el personaje, dotarlo de vida propia y ponerlo en relación, transportando al espectador a un lugar otro, donde espíritus y humanos coexisten de manera natural.
De cuidada visualidad la puesta propone también una elaborada partitura sonora, al tiempo que activa los imaginarios múltiples, sincréticos, que sustentan la identidad de estos pueblos. El énfasis en los pequeños detalles, los olores, los tejidos, los alimentos y las plantas completa este dispositivo de la memoria que el público puede completar con la lectura del libro homónimo de Dora Quintero y Claude Roulet, un testimonio de la partera tradicional y curandera María Plácida Rodríguez. De este modo la obra funciona como un llamado a preservar la cultura y es también un canto al valor del territorio y de la felicidad que se sustenta en la vida en armonía y en el respeto de todas y todos. (O)
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