Crisis del desarrollo
Las Naciones Unidas sustentan (sostener algo para que no se caiga, según la RAE) la idea de desarrollo. Esto se expresa, en la actualidad, a través de la formulación de una nueva agenda internacional para el desarrollo post-2015, conocida como Agenda 2030. El compromiso del organismo hacia este propósito no es novedoso puesto que data de su carta fundacional de 1945, como también en la declaración de los decenios para el desarrollo, desde 1960 en adelante.
Aún pese a los esfuerzos llevados a cabo por la comunidad internacional, los países denominados subdesarrollados todavía no han encontrado respuestas válidas, para revertir esta condición que se dilata en el tiempo. Y es por esta razón que hoy hablamos de un subdesarrollo sostenible. La causa de este flagelo probablemente se deba a que la idea de desarrollo asienta sus bases en la idea de progreso. En consecuencia, su significado incluye una concepción lineal del tiempo, determinista y evolutiva, una visión biologista, una interpretación unidimensional del hombre y estatocéntrica, afianzada en la sociedad occidental, industrial y burocrática.
La crisis del desarrollo, identificada por Cornelius Castoriadis en la década del ’50 y situada por Edgar Morin en 1960, podríamos indicar que se extiende hasta el presente. Incluso, en nuestros días, el fin de la idea de desarrollo tiene mayor alcance y firmeza si consideramos la ola de estudios
y manifestaciones que la interpelan y presencias alternativas a ella. Por ejemplo: las concepciones de postdesarrollo, buen vivir/sumak kawsay (véase específicamente en la Constitución de la República del Ecuador, 2008) y el autodesarrollo. Frente a estas reivindicaciones, nos preguntamos si debemos aún hablar de desarrollo en su sentido clásico cuando estamos más cerca de su fin que de alcanzarlo.
La enfática existencia de diversas propuestas que superen a esta idea, para la nueva era planetaria, revela la convicción de la presencia del problema. Asimismo, la necesidad de repensar el desarrollo y su crisis frente a los desafíos que tenemos dentro de sociedades complejas como la nuestra, particularmente en América Latina y el Caribe, exige un abordaje transdisciplinario que permita desentrañar su complejidad. (O)
Universidad del Salvador (Argentina) y Red de Politólogas
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