“El propagandismo de EE.UU. no se discute a fondo”

07 de octubre de 2012 - 00:00

La confrontación y la intensidad de los conflictos en el llamado mundo árabe han tenido distintas explicaciones. Desde Occidente, la versión más difundida es la que se construye desde las tesis y justificaciones de Estados Unidos. Además la polémica sobre la izquierda “radical” en el planeta plantea otros debates. Rashid Sherif los aborda y como consta en su ficha biográfica, es un conocedor de la problemática de América Latina y quizá tiene el privilegio de dialogar sobre la crisis en Medio Oriente a partir de su sabiduría y de entender cómo se la ve desde este otro lado del planeta.

El mundo musulmán vive estos días un momento de extrema tensión tras las reacciones a la difusión de una película ofensiva para los musulmanes. ¿Le pregunto si esto constituye un hecho aislado, muy puntual o por el contrario ya es un signo de la enorme tensión entre occidente y la cultura musulmana? 

Primero, le diría que la propaganda occidental en EE.UU. y Europa tergiversa desde hace décadas las situaciones críticas y los conflictos que siguen abiertos en  Medio Oriente desde que se  implantó el Estado de Israel en tierras del pueblo palestino. Hablan de un conflicto entre árabes y judíos, entre el Islam y el Judaísmo, y desde la caída de las torres gemelas en Nueva York, de un “clash” entre civilizaciones de occidente y oriente o entre occidente judeocristiano y el mundo musulmán. Surgen estos dichos confusos algo así como “sopas recalentadas” y pretextos intervencionistas constantes desde los intentos coloniales de las guerras santas europeas de la Edad Media en el Medio Oriente. Ellos crean confusiones mediáticas para opacar y enmascarar sus intereses geopolíticos y su rapiña en la región del Medio Oriente.

Luego, en relación con aquel documental de muy mala calidad y mal gusto, se trata de una burda provocación que con toda evidencia beneficia al sionismo,  el cual, como bien indica Noam Chomsky, es una base “off shore” de EE.UU. en el Medio Oriente. Se trata de provocar la ira –¡cuanto más violenta mejor!- de países y comunidades musulmanas a través del mundo para luego denigrarlos como “salvajes”, gente del Medioevo. Las empresas racistas y coloniales necesitan diabolizar, rebajar  y deshumanizar al otro para mejor someterlo. ¿Acaso los conquistadores y las autoridades eclesiásticas no inventaron la fábula de que los nativos de América no tenían alma y por consiguiente no eran verdaderamente humanos? Gran parte de la cultura occidental capitalista e imperialista se contextualiza todavía en estos prejuicios interesados del siglo XV hacia el mundo del Gran Sur con una conciencia social y del mundo rezagada, propia de los conquistadores salidos de la Edad Media europea.

Además de beneficiar a la propaganda racista de los sionistas, también sirve para opacar la causa palestina de la cual no se habla más a pesar de los crímenes que el Estado de Israel comete allí a diario desde hace décadas. Aquel documental también ayuda a los islamistas fundamentalistas (jihadistas, salafistas) quienes se han implantado luego de la “chispa tunecina” en África y Medio Oriente con apoyos de EE.UU. y la OTAN, autocracias de los Sauditas y Qatar, para desprestigiar al Estado-nación que tratan de destruir, cumpliendo a la vez con la estrategia imperial, demostrando su ineficiencia para proteger sedes diplomáticas y hacer frente al caos que estos mismos islamistas reaccionarios generan.

¿Qué ha cambiado en el mundo para que de un tiempo a esta parte desde EE.UU. exista una enorme preocupación por cada acción, política y hasta reivindicativa de los pueblos árabes? ¿Cómo entiende usted esta relación tensa?

Como siempre, EE.UU. y su apéndice, la OTAN, lanzan operaciones mediáticas para encubrir sus propósitos intervencionistas. Una vez se ha tratado del anticomunismo, luego la falsa promoción de la “democracia”, luego el “terrorismo”, el narcotráfico  y la cacería a las armas de destrucción masiva; recientemente se trata de la moda de derrocar “dictadores” implantados por ellos mismos. En cuanto a su pregunta, una aclaración: históricamente, las poblaciones árabes son originarias de la península arábica. No más. Ellas,  junto con varios de sus aliados, se lanzaron a la conquista desenfrenada del mundo a finales del siglo VII de la era cristiana. En su empresa de colonización lograron hasta cierto punto islamizar y arabizar otros pueblos, particularmente en África y Medio Oriente. El desconocimiento de la historia y de la lucha constante de los pueblos originarios sometidos lleva a la confusión de llamar “árabes” a los que no son más que parcialmente arabizados y/o islamizados en el mundo de hoy, sobre todo en África. Diría que salvo los persas de Irán, gran parte de los pueblos en el Medio Oriente se identifican como árabes (y no arabizados), lo que está lejos de ser el caso de los pueblos africanos, visto por ellos mismos.

Hecha rápidamente la aclaración, la “enorme preocupación” de EE.UU. y sus aliados europeos es solo aparente. Ellos por ahora tienen la iniciativa al trazar desde finales de los años 90 su diseño de lo que llaman con gran pompa “El Nuevo Gran Medio Oriente”, el cual corresponde a lo que los invasores árabes del siglo VII llamaron “La Gran Media Luna Fértil” que incluye África del Norte hasta la frontera sur de Turquía. Y como en definitiva la historia la hacen los pueblos -repitiendo a Salvador Allende, minutos antes de su muerte-, a los imperialistas se les escapa a veces la capacidad de iniciativa y se sorprenden con la genuina iniciativa de los pueblos en la lucha por su liberación, como fue el caso de la insurrección popular pacífica y victoriosa del pueblo tunecino (África del Norte), la que culminó el 14 de enero del 2011. Fue la “chispa” que desató un movimiento insurreccional en cadena en Egipto, Yemen y Bahréin, mientras otro como simulacro imperial para justificar una brutal intervención militar neocolonial directa (Libia) o indirecta (Siria). O sea, la “inquietud” de EE.UU. ocurre cuando el proceso le sorprende o se le escapa de las manos.

¿Hasta dónde los países llamados del Tercer Mundo constituyen ahora economías y culturas bajo sospecha para el Primer Mundo hegemónico y cómo esa realidad va a configurar un nuevo mapa político en nuestro planeta?

Ni el llamado Tercer Mundo ni los países no-alineados constituyen conjuntos coherentes capaces de inquietar a las fuerzas imperiales. En estos países, sigue el divorcio –salvo pocas excepciones- entre gobiernos y pueblos. Por una parte, el conjunto de países industrializados conocidos como BRICS aporta cada día la prueba del vigor de sus economías en el contexto de crisis sistémica del capitalismo global. Su interés es aliarse para crear un mundo multipolar frente a la hegemonía unipolar de los EE.UU. Esta tarea es a largo plazo. Por otra parte, existe un proceso de cambio paulatino que efectivamente amenaza la hegemonía de EE.UU. en lo que siempre consideró parte de su “traspatio”. El inicio se dio desde el Sur, primero en Asia (China, Vietnam), luego en Cuba y ahora cada vez con mayor empuje en Sudamérica (Venezuela, Bolivia y Ecuador). Hasta qué punto este proceso pueda llegar a ser irreversible y lleve a otros países a seguir la senda de la liberación nacional, éste siglo aportará definitivamente la respuesta.

Usted es muy cercano a América Latina. Por lo mismo, ¿cómo mira el comportamiento político de sectores y actores políticos de izquierda que en Brasil, Bolivia y Ecuador ahora quieren disputar la presidencia para, según ellos, hacer gobiernos de "verdadera" izquierda?

La crítica que estos grupos o agrupaciones de cierta izquierda “radical” hacen, parte de un presupuesto clásico que si bien se ha aplicado y se aplica a países industrializados del Norte, traído al Sur tal cual como esquema, se vuelve un análisis rígido tipo fundamentalista, una especie de verdad absoluta y permanente como análisis de clase social. Eso supondría que países como Venezuela, Bolivia y Ecuador, por ejemplo, cuentan con una verdadera burguesía y un proletariado estructurados. Entonces estas tendencias izquierdistas confrontan de forma agresiva y hostil a estos gobiernos con el polémico argumento de su reformismo. Por la falta de tiempo y espacio, me gustaría solo referirme a sus lectores sobre el magistral texto de Amílcar Cabral, presentado en enero 1966 en la Conferencia Tricontinental de La Habana. Salvo excepciones, en nuestras sociedades del Sur contamos con una oligarquía parasitaria apéndice del imperialismo y formaciones embrionarias de trabajadores más o menos organizados, así como un campesinado pobre. Esto es la deficiente triste realidad del sistema neocolonial. Desde África y en ocasión de viajes por esta magnífica tierra suramericana, conocemos antecedentes de tales tendencias “radicales” de izquierda, con resultados verdaderamente catastróficos como en el caso de Granada. Recordemos el conflicto interno que llevó al asesinato del Primer Ministro Maurice Bishop de forma sumaria y criminal por sus propios compañeros, con Bernard Coard y la banda de los cuatro acusándolo de reformista a nombre de un radicalismo supuestamente marxista. Esta tragedia  facilitó la intervención de la 82 división aerotransportada de EE.UU. y la destrucción de un proyecto de liberación nacional. ¿Cómo llega a ocurrir semejante colusión objetiva de esa “dura izquierda” con el imperialismo? Vale la pena meditar acerca de semejante convergencia.

Por su dogmatismo fundamentalista e incapacidad por pensar la realidad de su país con cabeza propia y creatividad, confundieron trágicamente normales discrepancias internas con enfrentamiento entre adversarios “ideológicos”, volviéndose hasta enemigos, olvidándose del principio de la necesaria unidad en la diversidad de los luchadores patriotas cuyo enemigo irreconciliable es el imperialismo global. Confundir las contradicciones antagónicas con las non-antagónicas refleja la ceguera, una buena dosis de debilidad ideológica y política producto del dogmatismo decadente. Equivocarse de enemigo resulta fatal y llega incluso a ser criminal. Últimamente, hemos sido verdaderamente alarmados por la repetición del mismo escenario en Bolivia. Más allá de una miopía política, a raíz de los reclamos indigenistas en relación con el proyecto de la carretera de Tipnis, con elementos izquierdistas también “radicalizados” y fácilmente manipulados por sospechosas ONG y el enemigo imperial.

No olvidamos jamás la expresión más aberrante de semejante radicalismo de izquierda (denunciado en su tiempo también por Lenin), el cual llevó a Pol Pot con su radicalismo maoísta atemporal y su banda de criminales a creerse depositarios de una supuesta verdad marxista, pura y dura. Sabemos que esa verdad con poder armado llevó al genocidio criminal de gran parte del pueblo de Campuchea, en Cambodia. El espectáculo de aquella escuela en Phnom Penh –por invocar lo menos, visto en ocasión de una visita al país- convertida en campo de tortura con las fotos y los miles de cráneos de las víctimas inocentes debe permanecer en nuestras memorias como parte de un delirio político-ideológico aberrante y decadente que nada tiene que ver con la moral revolucionaria ni los principios de amor al pueblo.

Los procesos actuales en Venezuela, Bolivia y Ecuador apuntan hacia cambios según las realidades propias de cada una de esas sociedades. Son todavía vulnerables como para llegar a ser irreversibles. Acuérdese de la frase de Kissinger cuando decía que la caída a tiempo de la Unidad Popular en Chile haría ganar a EE.UU. por lo menos 50 años. ¿Acaso se equivocó? Allí también, la división de la izquierda facilitó el crimen imperial contra el pueblo chileno (¿convergencias?) cuyo trauma se extendió por más de una generación.

¿Eso puede ocurrir también en el mundo musulmán?

La brutal ofensiva militar actual en África y el Medio Oriente por parte de un imperio decadente y al acecho de cualquier solución para su sobrevivencia en este siglo XXI debe elevar nuestra conciencia social actualizada en cuanto al momento histórico en que de nuevo pueblos valientes pero vulnerables salen de la cultura de la desesperanza para forjar día a día su propia cultura de la esperanza. En este proceso contamos con la lucha de los pueblos de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Para nosotros, en África como pienso también para esta parte del mundo suramericano, este nuevo aporte moral y este espíritu de lucha de los pueblos son valiosísimos, apoyándonos en nuestra visión crítica de nuestra realidad, descolonizando nuestras mentes, con legítimo derecho de pensar nuestra realidad con creatividad y cabeza propia. Por eso hace falta la unidad de todas las fuerzas patrióticas y antiimperialistas,  para proteger y desarrollar este espíritu irreverente a favor de la lucha de liberación para alcanzar la irrenunciable independencia y la soberanía nacional. Solo logrando este objetivo estratégico patriótico y derrotando a las fuerzas imperiales con la unidad de los pueblos, se puede abrir el camino del cambio social irreversible.

En Túnez, al fin salimos de los dilemas clásicos entre izquierdas fallidas de tal o cual tendencia u obediencia “ideológica” (nacidas siempre en la sombra colonial de partidos europeos), urgidos que somos por los imponderables objetivos de lucha contra un enemigo imperial poderoso y sin escrúpulos, junto con sus miserables lacayos del momento, islamistas de todos los colores apoyados por los petrodólares de los sauditas y Qatar. Para nosotros la polarización rápida de las fuerzas luego de la usurpación abusiva de los frutos de la insurrección popular por estos islamistas y sus amos se sitúa entre estos últimos islamistas, con la oligarquía parasitaria y fuerzas imperiales, por una parte. Por otra parte, el conjunto unido de todas las fuerzas patrióticas con los trabajadores, las mujeres, los estudiantes, los profesionales, los recién creados autónomos movimientos sociales junto con la capa media patriótica leal al pueblo, en función de la lucha de liberación nacional.

7-10-12-rashid¿Cómo mira, si se hace una revisión del pasado, el sentido y el provecho que tuvieron para el mundo movimientos como los no alineados si a la larga han sostenido el mismo modelo, salvo por ciertas disputas concretas? ¿Tiene sentido seguirlo sosteniendo como ocurrió en la última cumbre en Irán? ¿Vale la pena hacer la próxima en Caracas?

Como le decía, estos movimientos nacidos durante la guerra fría representados por gobiernos y no por pueblos en lucha, pueden en las circunstancias actuales aportar algo positivo en las peleas en las Naciones Unidas y en cierta medida en la lucha antiimperialista. Hay que relativizar los objetivos, teniendo en cuenta la diversidad de esa agrupación. Su reciente éxito en Irán lo demuestra, cuando EE.UU. e Israel hicieron lo imposible para que esa cumbre fracase y para aislar a Irán. Fue todo lo contrario. No se puede pedirle más de lo que pueden aportar a esta lucha. Por supuesto, a la vez que las elecciones de hoy (7 de octubre) en Venezuela, van a indicar la voluntad del pueblo en cuanto al futuro del actual proceso de cambio social, vale la pena mantener la convocatoria de la próxima cumbre de los no-alineados en Caracas.

Si el llamado mundo árabe todavía no constituye una unidad política fuerte que pueda contrarrestar los afanes hegemónicos y totalitarios de EE.UU. en esa región, tras lo ocurrido en Libia y lo que pasa ahora en Siria, ¿usted advierte que habrá posibilidades de esa unidad para fortalecer su propia economía y desarrollo?

De nuevo necesitamos definir nuestros términos: existió desde finales de los años 50 hasta la muerte inesperada de Gamal Abdennacer en Egipto, un movimiento pan-árabe, el llamado nacionalismo árabe que Ghadafi luego trató de reactivar en varias oportunidades sin resultado debido a la gran debilidad de los gobiernos dependientes de la región del Medio Oriente, pro-imperialistas; mientras otros, los “ni-ni”, opuestos al cambio social y al neocolonialismo no representan fuerzas capaz de aglutinar. Esto cuenta, a la vez que existe un sincretismo hegemónico “árabe” post colonial por ceguera, negación de la diferencia y desconocimiento de la historia que ha marcado con características propias países definidos como árabes del Medio Oriente. Con más razón aún si hablamos del África que mantiene a pesar de los procesos coloniales asimilacionistas, el caso de la invasión árabe desde el siglo VII en particular,  grandes diferencias en cuanto a la apropiación de la lengua y cultura árabe en países islamizados. Son pueblos que conservan su propia originalidad histórica, étnica y lingüística. De hecho, la unidad de los países árabes del Medio Oriente está ligada a la causa de la liberación de la Palestina, razón por la cual EE.UU. e Israel cultivan sin cesar las divisiones en esa área del mundo, a la vez que cuidan sus intereses estratégicos en cuanto al control de las fuentes de energía fósiles de la región. Mientras para nosotros en África, tenemos el deber y la necesidad urgente de reconciliarnos de forma crítica con nuestra historia y geografía como pueblos africanos en el seno de nuestro continente indivisible.

¿Qué pasa con África y su relación con Europa y el mundo árabe? ¿Hasta dónde está garantizada no solo ya la vida de la gente, dado que su economía es aún precaria, sino su autodeterminación?

Diría que África ha sido hasta ahora lo que siempre han decidido de ella los vencedores de ayer y de hoy, a pesar de que las luchas de los pueblos no han cesado. Desde hace décadas gran parte de las  luchas armadas en el mundo siguen teniendo a África como escenario; es el continente que cuenta con el mayor número, por millones, de poblaciones desplazadas y refugiadas, factores además responsables de la hambruna y de los destrozos ambientales. De esas luchas se benefician las multinacionales, al acecho de materias primas con muy bajo costo de explotación, riquezas de las cuales África sigue siendo un amplio reservorio a pesar de siglos de rapiña por parte de países del Norte. Desde la segunda mitad del siglo pasado, países africanos han luchado por su independencia, la cual fue frustrada. Han habido intentos (Argelia y países bajo dominación portuguesa) por seguir el luminoso ejemplo del pueblo de Vietnam, quien logró articular -y queda hasta ahora ejemplo único en la historia del Sur- su lucha por la independencia con la lucha de liberación nacional, la cual es la garantía de la soberanía seguida a la vez por el proceso de cambio social. En este sentido, los pueblos africanos tienen todavía por delante el proyecto de lucha de liberación nacional para alcanzar, al igual que los pueblos de Nuestra América, su definitiva independencia y soberanía nacional dentro del proyecto antiimperialista de liberación nacional para el cambio social irreversible.

¿Considera usted que Túnez u otros países puedan plantear iniciativas para fortalecer y concretar esa aspiración de una relación Sur-Sur concreta?

Túnez ya tiene el honor histórico de haber lanzado al mundo la chispa de la continuidad de la lucha liberadora en el siglo XXI. Solo pueblos liberados del yudo imperial con gobiernos dignos de representarlos podrán crear los lazos indefectibles de solidaridad activa y duradera entre pueblos hermanos del Gran Sur. Por lo pronto, la iniciativa de algunos gobiernos progresistas así como la voluntad de los movimientos sociales y hasta personalidades del mundo cultural pueden y deben iniciar el desarrollo desde ya de estos vínculos fraternos Sur-Sur.

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