Cuando una persona se paseaba por las calles de las ciudades europeas, sobre todo, a principio del siglo XX, era posible distinguir a simple vista la clase social de la cual provenía, e incluso su profesión, nada más por su forma de vestir, pero el gran auge económico producido tras la Segunda Guerra Mundial, el acceso al consumo de las masas, los nuevos hábitos de compra de los jóvenes a partir de los años sesenta, así como la democratización de la moda, harían que toda esta situación cambiara, que se confundieran los esquemas preestablecidos y se transformaran los códigos.
Según el diario español El País, las nuevas generaciones, hasta ese momento ignoradas, comenzaron a proclamar nuevos y diferentes estilos de vida. Lucían vestimentas cuando menos, audaces, adecuándose de ese modo a los nuevos valores preconizados. Estos mismos jóvenes, haciendo gala de una gran imaginación, vestían singulares conjuntos de ropa. Desde algún tiempo, las tribus urbanas parecen obedecer a las pautas que dicta la industria de la moda.
Esta evolución de la conducta se ha producido gracias a la omnipresencia de las revistas de moda, a la inmediatez de Internet y a los desfiles de moda que se emiten en las páginas web, saturadas de anuncios publicitarios dirigidos a ese sector.
Según Pamela Golbin, especialista en moda y experta en textiles en el Museo de las Artes Decorativas de París, un signo de estos nuevos tiempos es que no hay muestras de rebeldía ni sumisión en la actitud de los jóvenes fashion. Y que están, más que nunca, en busca de una identidad fantasiosa, de una manera de dar mucho que hablar para provocar rumores. Están buscando, en definitiva, hacer mucho ruido para nada y el reconocimiento de los medios de comunicación.
En la actualidad, los jóvenes se agolpan en la calle, a la entrada y salida de los desfiles de moda, vestidos de arriba abajo a imagen y semejanza de sus diseñadores preferidos. De esta manera, según Pamela Golbin, permanecen al margen de un acontecimiento que se había convertido en un lugar de referencia, sin disponer siquiera de la preciada entrada que les permitiría acceder.
El fenómeno de la moda y sus consecuencias, su inestabilidad, excesos y el olvido no son algo exclusivo de esta época.
Ya en el siglo XVII, Jean de La Bruyère afirmaba: “Una moda es algo que, tan pronto como destruye una moda anterior, queda abolida por otra más nueva, que cede a su vez ante la que le sigue, que por su parte no será la última: así es nuestra levedad”.
Aunque hay muchos cuestionamientos a la industria de la moda, su naturaleza está gobernada por un cambio continuo.
Realza lo individual y lo efímero, hecho que, precisamente, le confiere ese poder de seducción. Esta se mueve en la estrecha línea que separa el consumo del arte. Carmen Andrade, estudiante de diseño, indica que a diferencia de lo que ocurría en siglos pasados, “hoy en día podemos elegir libremente la ropa que deseamos, con la única limitación de nuestras posibilidades económicas. Prácticamente se hace imposible escapar al dictado de la moda”.
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