Unicornios y monstruos marinos
Cuenta el historiador romano Plinio que en el 58 a.C. se llevaron a Roma los restos del feroz monstruo marino que en el relato mitológico fue asesinado por Perseo cuando intentaba devorar a Andrómeda.
Lo describe así: “tenía de longitud 40 pies (unos 13 metros), la altitud de sus costillas superaba a los elefantes de la India, su espina dorsal tenía pie y medio (45 cm.) de grosor...”. Probablemente se trataba de un pliosaurio, animales prehistóricos que almorzaban tiburones usando sus dientes grandes como cuchillos de cocina. Los huesos fueron recogidos en Palestina, donde se escribió la Biblia que menciona a un mítico monstruo marino llamado Leviatán.
Hombres gigantes
Muchos otros seres mitológicos pueden explicarse porque la gente en la Antigüedad mezclaba restos fósiles de personas y animales. Por ejemplo, el Minotauro o los Centauros, mitad bestias mitad hombres. La simple identificación incorrecta de un hueso enorme podía generar todo un mito.
La Biblia, por ejemplo, menciona en el Génesis que existió una raza de gigantes, similar a los griegos, quienes mencionaban a los antiquísimos Titanes. En un proceso de ida y vuelta, los huesos y la imaginación generaban mitos; más tarde, en alguna otra parte, la aparición de nuevos huesos confirmaba esas creencias.
Pero no todos creían en cuentos, y ya en el siglo 1 el historiador romano Suetonio sospechaba que los huesos pertenecían a animales gigantes y no a personas. Escribe en su Vida de los Césares que el emperador Augusto adornó sus villas no con estatuas, sino con “los miembros supergrandes de animales y fieras enormes de Capri, que dicen que son huesos de los Gigantes”.
Mucho más atrás en el tiempo, Homero, el poeta ciego de la Grecia antigua, narró las peripecias del astuto Ulises en su viaje de regreso a casa. Entre todos los peligros que debió afrontar, uno de los más graves fue el de los cíclopes, los gigantes de un solo ojo que habitaban en cuevas de la isla de Sicilia.
Pues bien, en algunas de esas cuevas sicilianas los paleontólogos siguen encontrando fósiles bien preservados, incluyendo enormes cráneos con un agujero en medio de la frente. Son los restos de elefantes enanos, y el orificio es por donde se anclaba su trompa.
Para quienes nunca habían visto un elefante, era perfectamente posible que el cráneo perteneciera a una persona enorme con un solo ojo. Y así, un nuevo monstruo había nacido.
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