En los últimos tiempos ha ocupado grandes titulares la noticia de que se habría encontrado el “gen de la infidelidad”: hombres con un mayor número de copias del alelo 334 del cromosoma 12 protagonizan el mayor número de crisis matrimoniales que quienes tenían menos copias o ninguna. Esta conclusión podría ser una excusa perfecta para quienes acostumbran a engañar a su pareja: “no es mi culpa, está en mis genes”, dirán.
Pues lamentamos comunicarles que esa no es la conclusión que se deriva del citado estudio. Lo que se explica es que, como el motivo fundamental de la reproducción consiste en heredar los genes, cuantos más hijos se tenía había más posibilidades de lograrlo, porque muchos bebés morían. Aquellos humanos adultos que conseguían aparearse con múltiples parejas tuvieron más hijos e hijas que sobrevivieron y, a su vez, algunos de los varones heredaron este gen de “infieles”, por llamarlo de alguna manera.
La infidelidad es un fenómeno que existe en todas las culturas del mundo y en casi todo el reino animal, lo cual sustenta la idea de que tiene una base genética. Pero así como existen hombres fieles que son portadores del alelo 334, hay infieles sin que tengan esa particularidad genética. Es que la ciencia no sostiene que las personas sean esclavas de sus genes. También en los genes viene incorporado el instinto agresivo y no por eso se pelea con todo el mundo.
Agresividad e infidelidad no dependen solo de los genes, sino también de la capacidad para controlar los impulsos. Y eso se aprende a través de la educación que se recibe en la sociedad. Ese argumento es pues una mala excusa.
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