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La reinas del mar (GALERÍA)

08 de junio de 2014 00:00

En Puerto López, la ballena es la diosa. Cuando el océano se entrega a los fríos brazos de la corriente de Humboldt, las yubartas se enmascaran en la niebla de la garúa, esa lluvia fina y pertinaz, y surgen de las profundidades con la exactitud de una tabla de mareas.

A finales de junio miles de ejemplares arriban a este pedazo de costa ecuatoriana para vivir un romance de 3 meses. Moviendo enérgicamente sus inmensas aletas pectorales, estas criaturas fabulosas imponen una tregua a las tribus de delfines y orcas hambrientas que las acompañan para recuperar fuerzas tras una durísima travesía desde la Antártida, parir y reproducirse de nuevo en un apoteósico cortejo sexual.

El mar vitaminado de Manabí cuenta todo esto a viva voz para que se enteren en la casa del hombre. Enigmáticos cantos que parecen aullidos desgarrados. Desde Salango a la Isla de la Plata se extiende el reino submarino que estos gigantes de 16 metros de largo y 36 toneladas llevan construyendo desde la noche de los tiempos. Por eso, aquí el sonido del viento entre junio y septiembre es diferente. Son murmullos abisales sobre el que faena, respetuosa, la parroquia de los pescadores.

Para ellos, las ballenas siempre fueron animales venerados. Avistar el géiser de aire que sale de su nariz es sinónimo de buena suerte, de pesca próspera, de felicidad. Quizá por ello, a la entrada de Puerto López hay un rótulo con el dibujo de una yubarta desteñida, en el que reza “Municipio de ballenas”. Cientos de leyendas cosen este pueblo de un extremo a otro.

La última tuvo como protagonista a Fritz, un ejemplar macho de 15 metros que una mañana lluviosa de agosto de 2004 apareció varado en La Rinconada, una aldea de 200 pescadores ubicada en el corazón del cantón.

Cuando lo encontraron, Fritz boqueaba como un desesperado pero sus gigantescos pulmones se apagaban sin remisión. El cáncer de estómago que padecía por culpa de ingerir los plásticos a la deriva que el hombre arroja a ese gran vertedero clandestino que es el mar lo habían devorado por dentro. Su deshecho cuerpo atrajo alimañas marinas con los dientes afilados que espantaban la pesca de la corvina, del calamar y del bagre, el sustento de todo un pueblo.

Las quejas para que alguien retirara los despojos de Fritz llegaron hasta Aurelio Cipriani, un italiano con las manos grandes como remos, que regenta la Hostería Mandala, un paraíso del descanso natural en Puerto López. Acudieron a la Marina. Nada. Ni un telegrama de pésame. “Tuvimos que invertir más de $ 5 mil para sacar aquel ejemplar de allí, enterrarlo y 4 años después reconstruir un esqueleto que tenemos expuesto en la pasarela pública Lenin Moreno de acceso a la playa. Nadie nos ayudó”, explica.

El esqueleto de Fritz, un macho de 15 m, que murió en agosto de 2004, fue reconstruido y se expone en la playa.

La ballena Fritz murió con cáncer al estómago, por ingerir desechos de plástico

Fritz yace hoy donde probablemente quiso yacer. En tierra manabita, con su nombre toscamente grabado bajo un esqueleto preparado para soportar el peso del mundo, rodeado de restos de spondylus milenarios y “con la esperanza de que sea el primero de un museo público de la ballena que aquí queremos construir”, sentencia Cipriani. Sus huesos expuestos al público reciben hoy la visita de decenas de escolares que lo estudian como aplicados naturalistas.

La yubarta mueve gran parte de la economía local. A Puerto López llegó Pedro Chara por caminos endiablados hace 50 años y se enamoró. Tenía 10 años y muchos sueños. Hoy, cada mañana sube al privilegiado observatorio terrestre de ballenas que construyó en el Hostal Monte Líbano con la ilusión de un estudiante eterno. “Los pescadores siempre respetaron a las ballenas. Solo se enfadaban cuando les rompían las redes pero jamás las cazaron”, recuerda. Entonces, el turismo era inexistente. No había agencias ni operadores turísticos. El hombre convivía con las yubartas como lo hace con los pájaros. Sin alharacas. En armonía.

En 2013 más de 100 mil personas visitaron estas tierras, 30 mil de ellas para ver a las ballenas. “Indudablemente ha generado recursos pero también un mayor impacto ambiental por eso las campañas de concienciación ambiental deberían incrementarse”, añade Chara mientras mira al horizonte con cierta delicadeza, como si fuese a abrir un paquete de azafrán. “Los expertos biólogos del Parque trabajan muy bien con ellas. Hacen un trabajo estupendo”, concluye.

La base del Parque Nacional de Machalilla es un hervidero de voluntarios y personal cualificado de la Fundación Ballenas del Pacífico preparándose para rastrear la costa y revisar a los ejemplares de jorobadas que se aproximan. Desde que comenzaron su investigación en 1997 han censado una población de 6 mil ballenas, 2.500 de las cuales están identificadas a través de las marcas que muestran en sus imponentes colas. El 10% de ellas regresa cada año. “Aquí encuentran alimento y aguas tranquilas para educar al ballenato. Un año llegan y paren. Al siguiente, procrean”, relata Danila Asensio, administradora del Centro.

Los ojos de Cristina Castro, bióloga y propietaria de la agencia Palosanto travel, tienen la propiedad del rayo láser. Desde 2009 trabaja, junto a la Fundación Whalewatching, por un turismo responsable en la zona y conoce el fondo marino palmo a palmo. En su cabeza está la geografía íntima de las ballenas jorobadas, sus caminos secretos, y que anota a mano meticulosamente. “Este es el primer año en el que se han unido 4 Ministerios del Ecuador — Turismo, Ambiente, Defensa y Transportes y Obras Públicas— para reglamentar su conservación”, relata.

Según la nueva ley, ningún barco puede acercarse a menos de 100 metros de las ballenas, no deben interponerse entre madres y crías, y jamás deben navegar más de 3 embarcaciones a su alrededor. Las tripulaciones deben estar compuestas por personal especializado en estos animales. Es el compromiso del Gobierno con este singular mundo de gigantes para preservar su santuario hasta la eternidad. El peligro son las agencias informales que proliferan como setas tras la lluvia.

En Puerto López, un día completo para ver ballenas hasta la Isla de la Plata, con snorkel y un almuerzo en el barco, asciende a $ 45 en una agencia legal. Pero las hienas del negocio negro trafican sin escrúpulos. Cristina alerta de los daños que causan estas actitudes codiciosas. “Hay personas informales que venden en la calle los tours más baratos, sin control, lo que hace que los dueños de embarcaciones contribuyan a un descenso en la calidad de turismo que queremos alcanzar para que tengamos este recurso por siempre”, afirma.

A finales de junio sonará alborada de sirenas en el muelle de Puerto López y, aunque el cielo truene, Cristina Castro pilotará uno de los 2 barcos ecológicos de la agencia Palosanto y comenzará a rastrear la costa en busca de ballenas. Si hay un minuto de silencio, escuchará el llanto indómito de los primeros machos que llegan dispuestos a fecundar a las diosas de este reino submarino.

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