El Quito Fest termina con diversidad de géneros

15 de agosto de 2011 - 00:00

La segunda fecha del Quito Fest 2011 empezó puntual, tal como ocurrió la víspera, y con rocanrol. Los acordes del “Rock de la cárcel”, en una versión contemporánea, agitaron las primeras cabezas en el cerro del Itchimbía. Eran Los TXK, quiteños jóvenes con ganas de vivir a lo retro, a lo Elvis, a lo Johnny Cash.

Con mucha menos gente que el día anterior y menos sol, al menos durante las primeras horas, el Quito Fest presentó a diez bandas. El trío The Fever Machine, representando a China, saltó a escena con tres rostros nada asiáticos, los de Danni, en la voz y la guitarra; y Fabi, en los coros y el bajo. En la batería, nada menos que el ecuatoriano Miguel Bustamante, ex baterista de Amigos de lo Ajeno. Luego de su show, el sonido de la banda deja un sabor de rock alternativo, melódico y energético, lo cual se refuerza en el manejo escénico. Gran descubrimiento para el público ecuatoriano.

15-8-11-cadaver-esquisitoA la una y media, la plaza del Intihuatana empezó a lucir más poblada. Malabaristas, artesanos, familias pequeñas, otras no tanto, se hacían  un lugar sobre el pasto del parque y el sol resucitaba. The Cassettes, el cuarteto de guayaquileñas que desplegó una intensa campaña en las redes sociales para convocar a la gente al festival, demostró la autenticidad de su propuesta punky-rock y el trabajo que hay detrás.

“Nosotras somos más que solo caras bonitas”, dijo Nata Cassette, la vocalista. Luego siguieron temas como “El perro y la llanta”, “Perra Hilton”, “Cinturón mordiente” y “Yo, la mala”. Un estilo sólido, contundencia en la ejecución de los instrumentos, dominio del escenario fueron sus banderas en el que ellas mismas calificaron como el mejor concierto de toda su trayectoria. Lástima que en la posterior rueda de prensa las preguntas de los periodistas hayan llevado el tono de “¿Ustedes son malas o son buenas?”. Con todo, su marca musical es lo que se llevaron los asistentes.

Llegó el turno de Reptil, de Colombia, un grupo de funk que más bien sonaba a electrónica. El público no esperaba un sonido así en el Quito Fest pero algo se dejó mover. Otros tantos, como Alejandro y Daniel, dos quiteños que esperaban ver a los Sobrepeso y a los mexicanos de Panteón Rococó, decidieron ir por un par de pizzas y dijeron que el grupo sonaba a música de fondo. Volvieron después a mezclarse entre su gente para ver a otros guayaquileños que dejaron buena huella: Cadáver Exquisito, una cátedra de cómo hacer buen pop sin traicionar los principios del esfuerzo que demanda el ser músico.

15-8-11-espectaculos-guardarrayaDesde entonces, a partir de las 15:45, el sábado tomó otro matiz: los cuencanos de Sobrepeso, separados de las tarimas desde 2005 y devueltos a la escena nacional gracias a esta edición del festival, trajeron a la memoria una parte de la historia del metal ecuatoriano. Los pitos de la guitarra de Renato Zamora, más maduros y arbitrarios que en los noventa, elevaron las primeras polvaredas en el círculo del pogo. Pablo Iñiguez, el cantante, llegado para este concierto directamente de España, donde reside hace ocho años, expulsó sus agudos con la sabiduría de quien usa su voz como un instrumento musical, no como un cráter indiscriminado. “Fin de milenio” arrancó aplausos de nostalgia, igual que la clásica “Explotar”.

Con su historia y su solvencia, abrieron los horizontes del resto de bandas del festival. A los capitalinos de Guardarraya les tocó un público entregado a la necesidad de corear su acústica “1.537 veces”, conectado con su irreverencia y con los juegos vocales poco coordinados que propuso Álvaro Bermeo, su cantante. Se evidenció el cariño filial entre la banda y su gente.

Desde la esmeraldeña Borbón, Los Chigualeros, con su líder máximo e irreemplazable Segundillo Quinteros a cargo del tiple, pusieron el ingrediente caribeño a la noche. “¿Qué necesita el ser humano para bailar? ¡Música! La música es universal y nosotros partimos de eso, por eso es que este público viene a escuchar rock, pero con nosotros también baila”, dijo. Daniel se burlaba de sus amigas cuando se meneaban enfrente suyo.

Los presentes descargaron los flashes de sus cámaras cuando el maestro tocó un solo con su instrumento al hombro y al final de su espectáculo pidieron que los diez músicos volvieran al tablado. No lo hicieron, pues el control del tiempo fue muy riguroso. A continuación subió Guanaco, sello del hip-hop nacional, quien llevaba su propia legión de seguidores al Itchimbía. “Hemos tocado este año en todos los barrios de Quito. ¡Gracias Carapungo, gracias hermanos!”, exclamó, emocionado. Su show terminó con un espectáculo de break dance y con un cúmulo de voces y silbidos alentando a los bailarines.

15-8-11-espectaculos-quitofestY el plato fuerte de la noche: Panteón Rococó. Los mexicanos del “skanking” antifascista, antiimperialista, hinchas del St. Pauli alemán, saltaron al escenario con una bandera negra que lucía la calavera que significa que “por dentro somos iguales”. Esa trompeta, el trombón y el saxofón hacen de su ska un motor de fiesta irrefrenable. Con ellos, una rítmica que llena todos los espacios a punta de batería y percusión menor, las guitarras, el bajo y los teclados dejan a un Luis Román Ibarra (Dr. Shenka) en condiciones más que apropiadas para dominar al público con su discurso protesta festivo.

La gente no los dejó ir. Luego de una hora de recital programado, los Panteón salieron de nuevo para hacer tres temas más, a punto de llegar a la asfixia por la altitud de Quito. Aun así, Dr. Shenka dejó las cuerdas vocales en la explanada del Itchimbía, elogió al Quito Fest y a  la ciudad. “Nos sentimos en casa”, repitió con tono de gratitud. “¡Qué bacán! ¡Hasta el próximo Quito Fest, ‘bróder’!”, le dijo Daniel a Alejandro.

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