Quienes llegaron sin tantas luminarias a su alrededor, brillaron por su humildad y entrega absoluta. Quienes tuvieron todo el talento para hacer un gran Mundial, defraudaron a la afición y a sí mismos.
Los jugadores ecuatorianos, a pesar de no clasificar y empatar ayer con Francia, saben que estuvieron con las mejores condiciones para llegar mucho más lejos.
Pero no fueron ellos los mayores responsables de este ‘fracaso’: la dirección técnica de la Selección Ecuatoriana no se puso a la altura de una competencia de este nivel. Reinaldo Rueda tuvo pocas luces para desarrollar una estrategia solvente para cada partido. Incluso frente a Honduras tuvimos enormes dificultades, que ayer con Francia se corrigieron, aunque ya era tarde para dar el salto requerido a los octavos de final.
Lamentables las actuaciones de Antonio Valencia y Jefferson Montero. De los 2 mejores jugadores de la Eliminatoria, todo el país esperó mucho, confió demasiado y quizá por eso también hay un malestar inentendible. En cambio, jugadores como Énner Valencia, Osvaldo Minda y Alexander Domínguez dieron todo su talento. Eso no quita la labor ‘sacrificada’ de Walter Ayoví y Christian Noboa, además del aporte significativo de Juan Carlos Paredes.
La realidad es que no pudimos superar lo hecho en el Mundial de Alemania y la lección está clara: para una competencia de este nivel se requiere estrategas con mucha ambición, pero también con un tratamiento especial con los jugadores. Todo indica que no hubo cohesión y armonía. La verdad es que tuvimos un equipo nada armónico, sin alegría. Los rostros y hasta los gestos dan lugar a muchas interpretaciones.
Ayer terminó la ‘era Rueda’. No cabe duda. Y sobre ella hay que hacer varias evaluaciones, a todo nivel. No significa que haya sido una participación desastrosa, pero no alcanza ni supera la expectativa de la afición y de la crítica. Es cierto: el fútbol sudamericano ha crecido mucho desde el pasado Mundial, pero Ecuador no se colocó en esa dimensión.
Aunque cueste decirlo: Rueda tuvo unos límites y ahora los resultados, que ya se verificaron en la Eliminatoria, lo demuestran: se juega con mucho conservadurismo, con un repliegue permanente, que los propios jugadores resienten a la hora de actuar.
Hay una generación que está en camino del retiro y hay otra que grita y reclama su lugar. Por lo pronto, los partidos en Brasil deben procesarse para sacar las mejores lecciones y promover pedagogías en cada una de las zonas y puestos del equipo. Y si a eso se une una fuerte discusión sobre la influencia de intereses comerciales y de grupos que buscan réditos económicos con sus jugadores, mucho más valiosa toda crítica.
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