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Entrevista / León Sierra Páez / Dramaturgo, cineasta, gestor Cultural y activista GLBTI. Fue elegido como nuevo Coordinador del Centro de Arte Contemporáneo

"Es mejor que en el CAC se ejerzan derechos a que solo sea un museo"

Desde un discurso que llama psicoanalítico, el artista, activista y gestor define los deseos e intenta explorar los lenguajes del arte contemporáneo, luego de haber sido designado coordinador del CAC.
17 de febrero de 2016 00:00

Durante el primer día de su gestión al frente del Centro de Arte Contemporáneo (CAC), el lunes 15 de febrero, León Sierra decía que se postuló al cargo movido por un deseo: “Hacer que la ciudad simbólica —que está en nuestras ideas, pero no en nuestro cuerpo— sea política”.

Para ese propósito, ¿es una prioridad que el CAC se convierta en museo, como se ha anunciado?

Es más importante que el CAC sea un centro de ejercicio de derechos culturales que un museo. Hay una dinámica del museo que se viene, más o menos, imaginando aquí, pero no es la única proyección.

La gente necesita acceder a la cultura, consumirla y esto implica un espacio museológico, museográfico, claro; pero también hay una cultura urbana, prácticas que requieren, para que el museo funcione, una transversalidad, una transferencia de conocimiento (como la mediación educativa de las exposiciones), la cual potenciaremos.

A las exposiciones, por ejemplo, habría que añadirles el conocimiento que brindan la manufactura, la conceptualización de la obra y el deseo de las comunidades en sus territorios. Es decir, nos preguntaremos ¿qué quieren los jóvenes de Guamaní? o ¿qué quieren las chicas de 20 años que viven en la Jaime Roldós?

También es interesante esta provocación que hace Chía Patiño, desde la fundación Teatro Nacional Sucre (TNS) —la cual dirige—, cuando dice que ese lugar es “en donde están los artistas consagrados de la música y de su escena”. En el CAC debería ser igual, pero esa consagración no pasa exclusivamente por la circulación de obra.

Obviamente hay un momento de vitrina como ese, pero es fundamental que la transferencia de conocimientos y que la permeabilidad del deseo de las comunidades constituya esa consagración, lo cual va a suceder cuando haya un acercamiento y un mecanismo de retroalimentación entre artistas y ciudadanos.

Has nombrado dos márgenes: uno territorial (la Roldós) y otro ideal (una élite quizá, la de los ‘artistas consagrados’), ¿generan ambos un bloqueo a la difusión del arte contemporáneo, una barrera que este no ha logrado rebasar?

Eso (nombrarlos) era una hiperbolización del deseo, digamos. No creo que el acercamiento al territorio vaya a ser una marca del lenguaje, esto como método o sistema. El lenguaje será el que proponga el artista. Lo que digo es que no es lo mismo hacer una programación expositiva, de circulación de obra de espaldas a la ciudad, que hacerla intercambiando conocimientos, abriéndonos al diálogo e incluyendo deseos de los demás.

Es legítimo que el artista contemporáneo quiera exponer en la galería de primer orden, pero también lo es que los territorios conozcan ese arte, que haya un intercambio cultural. Entre esas dos legitimidades hay que intentar equilibrar, provocar, interpelar, gestionar... Porque el coordinador no es más que un decodificador, un aparatito, un dispositivo que tiene que nutrirse del lenguaje y generar un feedback en receptores que no están sordos, ciegos e ignorantes, sino deseantes. A ellos hay que despertarlos e integrarlos.

Un sector de la crítica ve al arte contemporáneo desde una dimensión única, vinculándolo al ámbito comercial del primer mundo, sin más, más allá de las otras artes que pueda aglutinar o romper, ¿cómo sobrellevar eso?

Es curioso porque siempre ha habido arte contemporáneo y lugares de enunciación desde las prácticas, las cuales, en el arte moderno, son más manufacturadas, artesanales. Hay una escuela en relación a eso que supera la idea de edificio y tiene que ver con construcción de discurso. Cuando el conceptualismo entra en las artes plásticas y las convierte en artes visuales —por los dispositivos tecnológicos, el consumo, redes sociales e internet— se genera una discusión. Mi intención no es anularla, como si esto fuera un régimen militar que ordene y separe, sino que mi lugar de enunciación es el de la apertura: poner preguntas que se tienen que sostener en relación a la pertinencia de los discursos, de las corrientes de los lenguajes artísticos y el uso de los derechos culturales.

En cuanto a la cooperación entre instituciones, ¿de qué forma te acercarás a la presidenta de la Fundación Museos de la Ciudad (FMC), María Elena Machuca; o a Pilar Estrada, quien asumió funciones, simultáneamente contigo, en el Centro Cultural Metropolitano (CCM)?

Hay una organicidad para empezar a hacer eso. La lógica nos une a una política del Consejo Metropolitano, a la Secretaría de Cultura (del Municipio). Entonces, no hay duda, escape o necesidad de negarlos o competir con ellos. Hay una voluntad por ejecutar, enriquecer, nutrir aquello que está diseñado como política cultural.

Otra cosa es que, como parte de la FMC, vamos a potenciar un diálogo con otras instituciones, a escala nacional e internacional para poder movilizar oportunidades, recursos hacia nuevos mercados. Si nos convertimos en administradores del presupuesto estatal, estamos rompiendo el espacio porque el diseño administrativo que tenemos potencia la conexión y el rediseño.

Hay una demanda del Comité de Actores Culturales en que varios gestores piden no interrumpir los procesos que están en marcha y recopilar las consultorías, varias, que se han hecho sobre la gestión del CAC, ¿en qué medida se considerará esa expectativa, dado que este colectivo fue el que le propuso al Cabildo tu designación mediante un concurso público?

El deseo de artistas y gestores culturales es importante porque se convertirá en un lugar de enunciación político, en el ‘nosotros queremos’. En relación con ese trabajo (el del Comité), el método será de puertas abiertas. Vamos a canalizar demandas concretas y a reconectar la comunicación con los diversos técnicos, políticos y gremios.

En cuanto al financiamiento, ¿en qué condiciones empiezas a coordinar las actividades del CAC?

Estoy sentado, en este momento, viendo el informe de ejecución del año pasado y estudiando el presupuesto de 2016. Quiero ver qué ocurre, cómo está todo. No te puedo adelantar nada más. Mi ocupación de estos días está proyectada a conocer y reconocer todo aquello que significa estructuras administrativas, talento humano para poder hacer una propuesta concreta, aterrizada sobre el trabajo de administración y finanzas, una reingeniería y potenciación con la cual podamos despegar.

Uno de los grandes problemas que tiene la gestión cultural en este país es el de la sostenibilidad, y una de las líneas de trabajo que voy a intentar posicionar va en ese sentido. Algo que no únicamente tiene que ver con encontrar recursos o nuevos mercados, sino también con lógicas, políticas de sostenibilidad de los proyectos para que las obras artísticas no terminen muertas en una sala y tampoco sirvan solamente para la mediación educativa. Que se conviertan en clínicas de intervención, en que otros artistas resimbolicen, resignifiquen y cambien la obra.

En cultura eres reconocible por tu trabajo en las artes escénicas, ¿qué pasará con el Estudio de Actores?, ¿consideras un reto el coordinar una institución en el ámbito del arte contemporáneo?

El Estudio de Actores es un proyecto que yo hice nacer, pero que, ventajosamente, siempre ha tenido una vida autónoma. En lo público y privado, no se ha financiado ni sostenido por ningún recurso económico ni humano de instituciones de este tipo, tampoco por sus agendas. Ahí hay gente que seguirá administrando. La Carta Magna me da el derecho constitucional de dar clase y, como será fuera de horarios de trabajo, seguiré siendo maestro de artes escénicas.

También vengo de las artes visuales, soy cineasta. La discusión más bien sería sobre la gestión de un espacio donde es importante que se ejerzan derechos, y esto incluye discutir sobre arte contemporáneo, para ampliar la perspectiva de que este pasa y rompe los muros de la especialización. La contemporaneidad es un filtro que desborda las prácticas del arte moderno. La performance es un desborde de las artes escénicas, pero también plásticas, y es una reinvención de los discursos, de la simbolización de los lenguajes.

Hay que hacer posibles estas dinámicas. Yo sirvo a la ciudad, que es mi cliente, no a la discusión sobre técnica, eso va a estar en las exposiciones, talleres u otros eventos que hagamos.

¿Qué proyectos de gestiones anteriores retomarás en el CAC?

Hay una arista política con relación, por ejemplo, a lo que podría ser el ala norte del centro, dinámicas sobre las que tenemos que sentarnos para planear a futuro, rescatando lo que se ha hecho bien y expandido al CAC, para, luego de la restauración que hubo en el edificio que estaba en ruinas (se refiere a del antiguo Hospital Militar) logremos restaurar algunas líneas de trabajo con la ciudad que fueron exitosas, como CAC Lab o Quito Cultura Viva.
No queremos hacer borrón y cuenta nueva, queremos romper los muros de la ciudad invisible. (I)

Datos

León Sierra Páez es actor, director escénico, realizador de cine, gestor cultural y activista GLBTI. Ha producido, dirigido y actuado en más de 20 obras escénicas aquí y en España.

Un proceso de selección público, realizado por el Cabildo, con 145 postulaciones, eligió al gestor León Sierra Páez para que coordine el Centro de Arte Contemporáneo (CAC), desde el lunes 15 de febrero de 2016.

Su propuesta consiste en retomar el espacio de la gestión de la cultura que es el CAC; incentivar a sus públicos, promocionando y fomentando el desarrollo del arte contemporáneo a escala internacional.

En torno a la administración del CAC, la Secretaría de Cultura del Cabildo quiteño tejió un discurso altisonante: comprar las colecciones de arte para crear allí un museo, lo cual ya no sería una prioridad, según el nuevo coordinador de la institución.

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