Los registros afectivos varían en el tiempo

- 14 de febrero de 2019 - 00:00

El amor, como el lenguaje, no parece estático. En un archivo histórico y en una serie de obras de arte sus representaciones muestran cómo cambia.

66 cartas de amor a principios del siglo XX 

La correspondencia amorosa entre Rosita Margarita Bravo y Hermógenes Barcia es uno de los manuscritos destacados en el Archivo Histórico de Guayaquil (AHG) a propósito del Día de San Valentín, que se celebra el 14 de febrero.

Se trata de una historia de amor que rememora la escritura de puño y letra de una pareja que compartió sus sentimientos e inquietudes a la distancia. Ella, de Guayaquil; él, de Portoviejo.

Sesenta y seis cartas, entre 1926 y 1928, fueron donadas por una descendiente de este matrimonio, recordado por ser los propietarios de la Farmacia Barcia, una de las últimas boticas que aún quedan en la ciudad.

El Archivo Histórico del Guayas exhibe las cartas de la pareja que fundó la Botica Barcia en Guayaquil, Hermógenes Barcia y Rosita Bravo.

“Es una historia de amor bonita, una forma de estudiar cómo se galanteaban en el pasado. Una época en que los valores eran parte intrínseca del ser humano y la mujer estaba criada para ser sumisa”, dice Delia Torres, directora de la entidad.

Este romance se inscribe en un momento de transición en Ecuador, tras la Revolución Juliana y la instalación, en segunda instancia, de la nueva Junta de Gobierno Plural.

El liberalismo transitaba la cuerda floja y el regionalismo imperaba por las ideologías conservadoras, mantenidas dentro de la política pero no en el plano económico ampliamente disputado por el poder de la Costa.

En los escritos de doña Margarita se reconoce su carácter conservador. Aunque hay un contrapunto en ciertas líneas donde demuestra una “pasión que efervesce en su interior”.

En cambio, él le comparte  muchas anécdotas relacionadas a sus funciones en la droguería, que gozaba de popularidad en Manabí.

La admiración de él hacia ella se asienta en su carisma y delicadeza. Asegura estar cautivado por su “sensibilidad, dulzura y encanto”.

“Hoi que no puedo menos dejar pasar mis días sin enviarle mis frases, las cuales ellas siempre expresan el cariño i por eso no se resiste sino el mayor contento es llevarle las vivas impresiones que da al recibir vuestras líneas” (sic), le escribe Rosita a Hermógenes.

Torres señala a la poesía, el lenguaje coloquial y romántico, la razón de enmarcar este cuadernillo como el documento del mes, dirigido especialmente a los jóvenes.

“Porque hacia ellos es a quienes apuntamos, invitándolos a recuperar estas cosas que se han perdido pues ahora todos escriben por WhatsApp”, dice.

La donación de las cartas, archivadas en un cuadernillo, responde a una campaña que promueve la institución. Así conservan cartas, libros y documentos antiguos de otras familias de la historia cultural y social de Guayaquil.

El trabajo en cerámica de la artista, en el que recrea sus historias, estuvo expuesto en la XVI Bienal de Cuenca, en el Museo de Arte Moderno.

Mis 15 fracasos sentimentales, la obra de Gabriela Chérrez

En la XVI Bienal de Cuenca, la artista Gabriela Chérrez exhibió la obra Mis 15 fracasos sentimentales, una serie de piezas de cerámica vidriada que se toman la forma de los belenes y el risco del Museo de las Conceptas en Cuenca para, en lugar de santos, contar historias de amor irónicas o tristes, pero  nunca con final feliz.

En cada retablo, armado al estilo colonial, en una sala del Museo de Arte Moderno, Chérrez relataba con una imagen fija y un texto anécdotas de sus encuentros eróticos, de sus aproximaciones emocionales.

Cuenta cuando el francés que conoció en un bar tenía un “problemita” de eyaculación precoz, pero no pudo pedirle que se vaya rápido.

O del artista nicaragüense que la emocionó en La Habana y luego, en su única posibilidad de conocerse sexualmente, le pidió que no gritara.

El equipo de mediación de la Bienal colocó una caja para que la gente que visitara la obra, expuesta hasta inicios de febrero, pudiera dejar también sus historias.

En este ejercicio de escribir en una era en la que el feminismo cuestiona las ideas del “amor romántico” porque se dice que “genera una dependencia tóxica”, a Chérrez le llegaron las felicitaciones de una señora por haber tenido mucho sexo. La mujer que escribía decía en su carta que ella se había casado virgen, entonces la envidiaba.

En otra carta, una mujer contaba que su esposo la había dejado por su hermana. “La obra abrió un espacio para que los espectadores cuenten esas historias que normalmente no se comparten”, dice Chérrez.

El trabajo de la artista guayaquileña relata siempre el amor fallido y la pulsión erótica, desde dispositivos en los que usa frecuentemente la cerámica y las formas como los globos.

Su trabajo logra que el espectador hurgue en su privacidad para “darse cuenta de que hasta de las cosas más cotidianas y privadas, como un amor fallido, se puede hacer una obra interesante”.

“Las pocas ocasiones donde no ha fallado el amor ha sido el tiempo donde menos he producido. A mí me mueve el desamor, estar inconforme, los desencuentros, en ese estado puedo reflexionar. Contarlas me ha servido como un ejercicio de catarsis”, dice la artista.

Para Chérrez no existen los finales felices. El arte le ha dado las herramientas para enfrentar esos fracasos, no solo amorosos. Esta vez, “aunque eran fracasos los traté con cariño, pude despedazar a cada uno de mis examantes, pero esa no era mi intención”. (I)

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