Una muestra lúdica combina esculturas, pinturas, fotografías y textos

Rayuela se reestructura con la obra de 55 artistas plásticos (ENLACE)

- 03 de mayo de 2014 - 00:00

Una muestra lúdica combina esculturas, pinturas, fotografías y textos

“A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros”. Así comienza el ‘Tablero de dirección’ de Rayuela (1963), de Julio Cortázar (1914 – 1984), la novela emblemática del vitalismo de toda una generación.

La condición lúdica de Rayuela no está solo en las posibilidades de lectura que plantea su autor, sino en la multiplicidad de significados que derivan de las disquisiciones teoréticas incluidas en ella y, sobre todo, de los juegos intertextuales generados por la propia novela.

Rayuela, en esta oportunidad, dialoga con la obra de 55 artistas plásticos de México que han construido 5 rayuelas y 2 artistas que fraguaron la puesta en escena. El fotógrafo Rogelio Cuéllar y la editora María Luisa Passarge convocaron a los artistas para que, de acuerdo a su personal evocación de lo que fue para ellos la lectura de Rayuela, transmutaran en una obra plástica cada una de las 11 casillas de las 5 rayuelas que armaron, según el modelo aparecido en la portada de la primera edición de la novela.

La puesta en escena es una apuesta lúdica que interpela diversos lenguajes artísticos: el de las artes plásticas, el de la fotografía y el de la palabra. Un singular homenaje desde el arte y la literatura que celebra los 50 años de la novela y el centenario de su autor. (IR AL ESPECIAL LITERARIO)

Los materiales utilizados por los artistas fueron múltiples: óleo, acrílico, vidrio, hoja de plata, yeso, chapopote (asfalto), ceniza y aluminio. Cuéllar, además, fotografió a los artistas participantes de esta singular experiencia estética junto a su obra y a cada uno de ellos se les pidió que, en una hoja de cuaderno de dibujo, trazaran a mano alzada la rayuela que a bien tuvieran. Así, en el montaje de la exposición, tenemos las rayuelas, las fotografías de los autores que sostienen sus pedazos del juego, y el dibujo de su rayuela. Pero eso no es todo.

Además, acompañan a la exposición, 11 textos literarios de otros tantos escritores que, como si saltaran en los cuadros del juego, se acercan verbalmente a los intersticios de múltiples resonancias emanados de la propia Rayuela, que resulta de la experiencia de rearmar una novela desde la escritura y la complicidad de la lectura. Como dice Rosa Beltrán en Once razones para seguir leyendo Rayuela y 2 para pensárselo, “porque hace estallar el orden convencional de la novela sin dejar de ser una novela.

El resultado ha sido deslumbrante, cortazariano: una lectura plástica de Rayuela, la novela convertida ahora en 5 libros de arte colgados en una pared, con incontables posibilidades de combinaciones para hacer de esas 5 rayuelas, como le gustaba a Cortázar: todas las rayuelas, la rayuela.

Los curadores, Cuéllar y Passarge, se preguntan, nos preguntan: ¿cuántas combinaciones podemos armar con 5 artistas por cada una de las 11 casillas de la rayuela? Y la pregunta queda flotando para algún matemático que quiera encontrar el resultado. Mientras tanto, los lectores volvemos sobre la interrogante inicial de Rayuela: ¿Encontraría a la Maga? Esta interrogante, cuya condición de “inicial” está en duda por el propio planteamiento de lectura de la novela, sin embargo, no alcanza la respuesta matemática: se trata de una incertidumbre vital. ¿Queremos todavía encontrar a la Maga? En el texto ya citado de Rosa Beltrán, la segunda razón para pensárselo es:  Porque si Oliveira es el ideal de pareja la Maga, muda y expectante —amada inmóvil que deja morir a Rocamadour— levanta sospechas.

Contemplo ‘La Tierra’, de Vicente Rojo (técnica mixta/tela/madera, 35 x 90 cm), de una de las rayuelas. Bermellón y variantes, y negro. Superficie rugosa; 5 líneas capaces de crear espacios terrígenos para un comienzo. Y miro ‘Cielito lindo’, de Jordi Boldo (mixta/tela/madera, 35 x 90 cm), juguete mexicanísimo de nubes como algodones y firmamento de tonalidades frías. Y, así, cada uno puede ir construyendo su particular rayuela, saltando de un cuadro a otro, de una rayuela a otra, de la novela a la exposición y viceversa, y en todos los juegos hallará, lo que señala Juan Villoro para Rayuela en otro de los textos que acompañan la propuesta plástica: fuerza sensual del lenguaje, sentido del humor y la juguetona disposición de los capítulos. En todo caso, en las palabras del mismo Villoro, cada rayuela propia es “un fetiche, un talismán del tiempo”.

La exposición De la tierra al cielo: 100 años con Julio Cortázar es una propuesta para leer Rayuela en clave de obra plástica. Pero también es una invitación para releer la novela y volver a sentir las resonancias de aquel orgásmico Capítulo 68: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes.” O sentir que se nos eriza la nuca al volver sobre las últimas líneas del Capítulo 32: “Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...”.

Y, como Sandra Lorenzano, en el texto “Mi Rayuela”, aceptar nuestro deseo inconfesable: Quise ser Julio Cortázar y enamorarme en París de las palabras, y de las mujeres, y de las calles, y del jazz… Quise dejar una piedra en la tumba de Montparnasse y llorar ahí toda la vida.

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