Nombres relevantes de la plástica reciente

22 de enero de 2012 - 00:00

¿Quienes son los pintores más representativos de Guayaquil de las últimas cuatro décadas? Escribir sobre este tema implica, necesariamente, hablar, aunque sea muy brevemente, de la discusión que, desde los años 80, se tiene en Europa y los Estados Unidos, acerca de si el término moderno continúa en vigencia o si el arte está ya en una nueva etapa denominada posmoderna.

Sobre esto los teóricos aún no se ponen de acuerdo. Y si bien algunos adhieren a lo posmoderno, hay otros, como  Gilles Lipovetsky (París, 1944), que sostienen que este ciclo hace tiempo fue superado y que ahora vivimos la era de la hipermodernidad.

Para no confundirnos habría que señalar que los términos modernismo y modernidad no significan lo mismo, pues el primero alude a una corriente artística surgida entre los siglos XIX y XX y el segundo a una época de la Historia, tanto industrial como de la producción cultural simbólica y estética, ya bien entrado el XX.

En América también hay voces que se suman a la polémica. Néstor García Canclini en “Culturas Híbridas” (1989) señala que el problema de la modernidad en América Latina radica en el hecho de que hay discordancias tan grandes como que, en el arte, los flujos posmodernos han tenido bastante notoriedad; mientras que, por el lado económico y social, muchos países todavía no han entrado a una  modernidad plena. 

En este entorno, García Canclini entiende la posmodernidad no como una fase siguiente a la modernidad, sino como una agudización de sus contradicciones y fenómenos.

Pero qué significan estos términos en relación con el arte. El arte moderno, puede asegurarse, está exactamente ligado a las vanguardias  que se desarrollaron a inicios del siglo pasado. Los famosos ismos (expresionismo, cubismo, dadaísmo, surrealismo...).

En la pintura, el arte abstracto ganó la partida frente al arte figurativo, suprimiendo la personificación. Empiezan, además, a rechazarse y replantearse las reglas de la tradición. Se manifiesta la agresividad y la violencia, atropellando las formas y usando colores discordantes. Aparecen diseños geométricos y la visión sincrónica de varias configuraciones de un objeto.

El proyecto posmoderno se opone a las ideas de progreso, de evolución e innovación que las vanguardias artísticas  propugnaban. Apoya la cultura popular, el eclecticismo, el nomadismo, la deconstrucción.

La consecuencia  de esta mezcla indiferenciada de temas es el pastiche, término con el que los artistas denominados posmodernos no se sienten ofendidos de ningún modo, pues consideran que, precisamente, esa mezcla, ese maridaje de elementos del amplio espectro cultural, es la intención.

Con este preámbulo, que funciona solamente a modo de ilustración y no con el ánimo de encasillar a los artistas guayaquileños en tal o cual tendencia, entramos al tema que nos convoca. Para esto pedimos el concurso de dos estudiosos de los procesos artísticos que se han desarrollado en esta ciudad.

La pregunta para ellos es simple: ¿Quienes estiman ustedes que son los artistas plásticos más importantes de las últimas cuatro décadas en Guayaquil?

La primera en contestar es Matilde Ampuero (Guayaquil, 1965), quien escribió durante varios años para El Búho, una revista especializada en arte. Sus artículos se referían a las estrategias de los artistas contemporáneos, el circuito internacional del arte, la labor de los críticos y curadores y las estrategias del mercado trasladadas a las bienales y demás certámenes.

Ella considera que Jorge Velarde, Wilson Paccha, Marco Alvarado, Hernán Zuñiga, Jorge Jaén y Jimmy Mendoza reúnen condiciones para estar entre los más representativos artistas plásticos de estos últimos tiempos, por la permanente búsqueda y logros obtenidos.

Sobre Marco Alvarado, la crítica dice que es uno de los más vigorosos y penetrantes artistas conceptuales del Grupo Guayaquil.

Su producción se caracteriza por la vitalidad y diversidad. Utiliza una amplia gama de métodos y medios para explorar el medio que lo rodea, desde la pintura híbrida con materiales inusuales hasta la manipulación digital, la fotografía y el video.

Alvarado revela aspectos del mundo de hoy a través de una implicación profunda con las cualidades duraderas del arte pasado. Con varias exposiciones colectivas en diferentes ciudades del Ecuador, este artista tiene, además, experiencia en  exposiciones internacionales e individuales.

Ha recibido premios y distinciones por la  calidad de su obra artística, principalmente en el Salón de Julio de Guayaquil, además ha sido profesor durante muchos años de dibujo artístico, pintura, proyectos y creatividad en varias universidades. Fue conceptualizador y coordinador del Instituto Superior de Artes del Ecuador (ITAE).

De Hernán Zúñiga dice que es un artista múltiple: pintor, grabador, muralista, poeta, restaurador, catedrático. Su obra se nutre tanto del análisis antropológico como de lo onírico. Exhibe desde 1967 en museos, instituciones culturales y galerías, en el país y en el exterior. De entre todas sus tentativas artísticas y propuestas creativas, sobresalen sus grabados. 

De Wilson Paccha se señala que “la provocadora y poderosa vitalidad de su trabajo, con su extravagante imaginería, su extroversión cromática y su incesante interrogación del espacio plástico, ha tenido el mérito de romper nuestros presupuestos perceptivos, ampliando a su vez nuestro repertorio visual”.

Es comprensible: desde los extramuros, como un dinamitero o un “terrorista del pincel” (según su propia expresión), “Paccha deposita en el corazón de la ciudad un cóctel explosivo, un “bolo de lodo suburbano” que envuelve y salpica  a las buenas conciencias citadinas, “al tiempo que desmantela con su cínica carcajada toda forma de corrección política, los protocolos verbales y la etiqueta de la cultura oficial”, según expresiones del crítico cuencano Cristóbal Zapata.

Jorge Velarde es un artista que se define como figurativo, principalmente, aunque ha experimentado también con otras posibilidades.

Sus autorretratos representan una exhaustiva y siempre compleja búsqueda de sí mismo, un tema recurrente en su obra. Muchas veces, también, en diversas entrevistas, se ha definido  como “simplemente un artesano”. En efecto, su factura técnica para el retrato y la imagen figurativa sencilla (de la cotidianidad rural o la intimidad familiar) ha sido harto celebrada, pero los críticos coinciden en que detrás de esas imágenes artesanales en apariencia simples hay un pulso expresivo muy sugerente y complejo. 

Jorge Jaén ocupa hace años uno de los sitiales más difíciles de obtener en cualquier escena: el de  outsider (no de pose, sino acreditado por el trajín urbano). Se trata de un original y perseverante hacedor de imágenes “cuya temática y estilo desafían todo decoro, todo gusto relamido, toda sofisticación y todo rebuscamiento o abstracción intelectual”

Jaén es una paradoja. Es un cliché sin serlo. “Encarna perfectamente la imagen del artista bebedor, dominado por los bajos instintos e inmerso en los bajos fondos de la ciudad. La diferencia está en que este es el verídico, el mero mero, the real deal, no la versión diluida en agua, estereotipada, del sujeto que modela su vida a partir de aquella imagen –temperamental, excéntrica y alienada- de los nacidos bajo la influencia de Saturno y de sus mitos de inspiración”,  expresa  Rodolfo Kronfle en su  bitácora Río Revuelto.

Entre la gente más joven, varios conocedores coinciden en  nombres como los de Oscar Santillán, Stefano Rubira, Karina Skvirsky-Aguilera, Ilich Castillo, Graciela Guerrero, Fernando Falconí, Roberto Noboa y Juan Carlos León.

Para que los lectores tengan una idea sobre el quehacer de algunos de estos artistas, ofrecemos a continuación extractos de las críticas a su obra (regados por la web).

Sobre el trabajo de Oscar  Santillán se dice que “…el tono general que transmiten sus nuevas obras es el de una incertidumbre que palpita en el interior de sus aparentemente inocentes fachadas, y que nos impulsa a percibir la realidad fuera de la lógica, a generar nuestras propias lecturas desde miradas oblicuas hacia la experiencia sensible, tal cual lo ha hecho aparentemente el autor para crearlas.

Ese silencio que contiene su lado oculto es lo que previene cualquier didactismo o ilustración evidente. Es un hermetismo productivo porque es a su vez cautivante.

Sin embargo, (...) el artista tiene estructurada una suerte de mecánica para cuajar sus ideas -unas premisas creativas si se quiere– (...) el modelado particular de cada una, en cuanto a lo visual  se sitúa en procesos más de orden “intuitivo” que de frío cálculo...”. Este es un  extracto del ensayo Santillán borra y va de nuevo (o de Alfaro al semen multicolor en un solo machetazo),  de Rodolfo Kronfle Chambers.

La obra de Rubira “plantea una relación con la naturaleza a través de un gesto mínimo que, quizá, sea la única forma de acercarse a esta experiencia, es decir, en el paisaje el artista va a encontrarse con la manera más adecuada de entender el espacio; (que) para Rubira, inevitablemente va a tener una presencia cinematográfica, o, dicho con otras palabras, el artista va a entender que los objetos, la naturaleza en este caso, ya no es la misma luego de su segundo nacimiento gracias a la presencia de la cámara de cine que registra y refunda la experiencia”, palabras de Jorge Aycart Larrea

Karina Skvirsky-Aguilera, quien reside en  Estados Unidos, “parte de un proceso en el cual la memoria de la infancia y la capacidad analítica de la edad adulta se juntan para reconstruir y dar forma a su propia identidad...”.

Su experiencia no es la del desarraigo de quienes salieron en años recientes sino la de la exploración de unas raíces que le son a la vez propias y otras...” Historia(s) en el arte contemporáneo del Ecuador, Rodolfo Kronfle Chambers, ediciones Río Revuelto, 2010.

La obra de Fernando Falconí “trata de continuar sus reflexiones sobre la pintura paisajística pero en este caso la experiencia artística se hace mucho más placentera...

Lo que intenta y quizá logra el trabajo de Falconí es justamente confrontar aquellos paisajes y figuras infantiles, pertenecientes a una tradición iconográfica, para transformarlos y bañarlos bajo la luz del mito, o, dicho de otro modo, la noche y sus sombras redefinen y les dan una nueva luz a esos escenarios, y los acercan mucho más a la idea de la naturaleza, es decir, el lugar perdido en donde los rayos de la razón se encuentran para siempre excluidos...”; una vez más, palabras de Jorge Aycart Larrea.

Se trata, evidentemente, de una lista y un abordaje crítico que no dan cuenta total del cada vez más extenso y complejo panorama de la creación estética de la plástica loca; un terreno que en Guayaquil posee una rica tradición que, con nuevos exponentes, se va reinterpretando. El debate queda, entonces, saludablemente abierto.

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