Entrevista / mesías maiguashca / músico experimental ecuatoriano

"El creador ha tenido que luchar con la institución cultural"

- 06 de noviembre de 2015 - 00:00
Mesías Maiguashca estará en Guayaquil por el seminario ‘A la búsqueda de una identidad musical’, que dictará en la Universidad de las Artes.

Entrevista / mesías maiguashca / músico experimental ecuatoriano

Mesías Maiguashca (Quito, 1938) percibía, en su adolescencia, una estructura social injusta y racista en el país que lo llevó a ‘la fuga’. La única manera de rechazarla fue salir del país y la música se convirtió en el camino. Su primera salida fue con una beca a la Eastman School of Music en Estados Unidos, y posteriormente su formación en Buenos Aires y Europa.

Creció en una familia modesta. Su padre fue un indígena nacido en Bolívar y su madre en Tungurahua. Su ambiente social fue ambivalente: creció en San Diego, un barrio suburbano de Quito, mientras se educaba en el Colegio Americano, institución de élite a la que accedió por medio de becas.

Su vínculo con la música se remonta a la infancia, cuando llegó a su casa un piano vertical con el que sus padres se vieron obligados a ponerle un instructor de música. Su formación musical desde entonces se combinó, por un lado, con ritmos del folclor popular y, por otro, de la tradición europea clásica que aprendió en el Conservatorio de Música de la ciudad.

Mesías Maiguashca, el compositor ecuatoriano de música experimental, estará en Guayaquil por el seminario ‘A la búsqueda de una identidad musical’, que dictará en la Universidad de las Artes desde el viernes 6 de noviembre y que culminará con un concierto acusmático en el Auditorio del MAAC el martes 10 de noviembre a las 19:00.

¿En qué momento decidió que la música clásica no le era suficiente y decidió buscar otros modos de representación, como la música experimental y electrónica o electroacústica?

Comencé a componer en forma autodidacta, sin instrucción previa. Mi primera obra fue una sonatina modelada en la Sonatina de Ravel, que a la sazón la estudiaba como pianista. La instrucción en composición en Estados Unidos no fue muy interesante, pues se limitó a imitar estilos imperantes entonces, sobre todo el de Hindemith. Fue en Buenos Aires (1963-65) donde me orienté a una música más abierta, sobre todo a la búsqueda de un estilo propio. Desde 1965 resido en Europa, donde me he dedicado a la música electrónica, por computador y a la pedagogía.

¿Cómo se conecta la tradición: la música clásica, con la música electrónica y experimental?

Yo lo veo así: la llamada música clásica fue siempre experimental en el momento de su creación, pues cada generación ha buscado y busca una forma nueva de expresión. Esto es, los ‘grandes maestros’ crearon su lenguaje con base en la experimentación a partir de una situación histórica particular. Así, Haydn y Beethoven, Wagner y Debussy, Mahler y Schoenberg, etc., fueron compositores, a mi manera de ver, eminentemente experimentales. Visto así, todos los desarrollos del siglo XX y XXI (las músicas atonales, dodecafónicas, concretas, electrónicas, por computador) no constituyen una ruptura, sino más bien una continuidad de esa dualidad tradición-renovación.

¿Cómo se nutre y qué significan para su obra musical sus raíces indígenas?

Mis raíces indígenas, unidas a la pobreza de mi familia, fueron en un principio motivo de limitaciones y complejos sociales y que provocaron mi fuga, por así decirlo, del país y de mis raíces culturales. Claro, esa fuga me proporcionó espacios para informarme y formarme con otras visiones, perspectivas y técnicas, para poder percibirme y percibir el mundo de una manera diferente. Pero, progresivamente, particularmente a partir de mi jubilación como profesor en la Academia de Freiburg en 2004, he empezado a revalorar esas raíces. He llegado a comprender, sobre todo a través de mi trabajo como compositor, que son parte de mi vida y mi riqueza. Fruto de este desarrollo han sido obras como ‘El Boletín’ y ‘Elegía de las Mitas’, estrenada en Quito en 2007, cantata con textos de César Dávila Andrade y de ‘La Canción de la Tierra’ estrenada en Quito en 2013. Esta revalorización es para mí en el momento un motor importante, no solo en la búsqueda de un lenguaje musical y expresivo, sino también para la comprensión general de la vida.

Pensando en los barrios donde vivió, 24 de Mayo y San Roque, ¿cómo se representan las sonoridades de los espacios en sus obras?

La sonoridad de nuestra geografía es parte muy importante de nuestra idiosincrasia, pues está llena no solo de eventos acústicos, sino también de imágenes y significados. Por ejemplo, el sonido de los mercados de Quito, de bosques selváticos, de ríos, de la naturaleza, me han proporcionado sonoridades, imágenes y significados que han pasado a formar parte de obras como ‘Ayayayayay’, ‘La Canción de la Tierra’, ‘Yakushimi’, etc.

¿Cómo ve a Ecuador en el ámbito de las artes?

Ecuador es extremadamente rico en expresiones artísticas populares. El arte ‘culto’, con estructuras más complejas, abstractas e individuales, se nutre de ellas. Pero la práctica de las artes ‘cultas’ supone estructuras a ser sustentadas por las instituciones culturales del país. El caso ideal sería el de una interacción positiva entre creador e institución. Lastimosamente esa interacción positiva no se ha dado siempre. Particularmente en el ámbito de la llamada ‘música académica’, las instituciones musicales (conservatorios, orquestas, organizadores de conciertos), no solo en el país, sino en toda Latinoamérica, han actuado de acuerdo a la siguiente premisa: la música ‘culta’ ya existe y es la música clásica europea (hasta fines del siglo XIX); los grandes compositores ya existieron, y son los grandes maestros europeos (hasta fines del siglo XIX).

La noción de que la música no es un ‘hecho dado’ sino fundamentalmente un ‘proceso viviente’, en que continuamente nuevos compositores, también nacionales, crearán nuevas músicas es todavía extraña a muchas instituciones. Así, la institución, antes que facilitar la creación la ha limitado. El creador ha tenido que luchar, en primer lugar, contra la institución. Es imprescindible conectar al creador con la institución cultural para crear un esfuerzo común, en el que la institución sustente al creador en su trabajo y en el que el creador nutra a la institución con su creatividad.

En ese contexto, ¿cuál debería ser el papel de una institución académica, de la Universidad de las Artes, del intelectual, del artista?

La creación de la Universidad de las Artes me parece una oportunidad única para impulsar una relación fructífera entre institución y creador. Esto es, que la institución provea el soporte para que el creador pueda realizar sus visiones, lo que ciertamente incidirá en el desarrollo de la institución. En términos musicales, una situación en que las instituciones (conservatorios, orquestas, organizadores de concierto) dejen atrás prácticas de ‘museo’, dedicadas exclusivamente a conservar (por algo se llaman ‘conservatorios’) la tradición clásica europea y se muevan a una situación de ‘taller’, en la que se puedan tallar literalmente, a partir de la tradición y de la experimentación, nuevas músicas a la vez contemporáneas y propias de nuestra cultura. Esto es, ‘taller’ en vez de ‘museo’. Esto es, guardar sí, pero para crear. (I)

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