“Algún día nos dirán: ¿por qué no te pasas al sexo 3D?, es extraordinario”

08 de agosto de 2012 - 00:00

No es la primera vez que Fernando Iwasaki visita Guayaquil. A la ciudad de Olmedo la conoce desde antes, pues allí tiene raíces maternas. En ella hay algo de su historia, igual que en Perú, España y Japón. Un problema de identidad que supo resolver con el título de su obra “Mi poncho es un kimono flamenco”, recopilación de conferencias en países en que -de paso- no se habla español.

En esa constante definición, Iwasaki cita a sus referentes, que van desde el cómic y los clásicos infantiles hasta Borges y Cortázar. Esta vez llega al Ecuador para participar de Ciudad Mínima, festival de microrrelatos que concluye hoy, a las 20:00, en la sala del ex MAAC Cine.

¿Siente que en Guayaquil lo conocen más bien como autor de microcuentos?

No soy un escritor de microrrelatos. Solo he escrito un libro de microrrelatos, “Ajuar funerario”, y unos cuantos en “Helarte de amar”. En principio no tengo deseos de seguir escribiéndolos. Ya he colgado el microscopio.

¿Cómo evalúa el desarrollo de Ciudad Mínima?

Es meritorio lo que se ha conseguido, sobre todo invitar a Ana María Shua, que en materia de microrrelatos es la número uno de nuestra lengua. Tenerla en Guayaquil es un lujo. Vengo de telonero de ella, de modo que estoy encantado.

¿Qué impresión se lleva de los gestores culturales de Guayaquil?

Estoy encantado con toda la gente que estoy conociendo aquí. Los de GkillCity, de hecho, me van a llevar ahora al cementerio. A mí me encanta ir al cementerio en cualquier lugar del mundo. Soy fetichista de las tumbas de los escritores.

¿Qué tumbas visita aquí?

A Olmedo. Es un gran poeta y se habla poco de Olmedo como poeta. Él traducía los poemas de Poe. Ambos eran de una poesía épica, como el Canto a Bolívar en la Batalla de Junín. Creo que Olmedo era uno de los pocos de habla hispana que estaba en la poesía en su tiempo.

Hace poco, EE.UU. abandonó la propuesta de Ley SOPA. A propósito, hay muchos textos suyos en Internet. ¿Qué posición tiene, como escritor, al respecto?

Que cualquiera que se meta a la literatura con ánimo de lucro está equivocado. Yo estoy de acuerdo con la libertad de los contenidos. La gente baja música, libros, piratea, y después quiere cobrar por sus cuentos en Internet.

Alguna vez dijo que el escritor no se sostiene económicamente solo de sus obras...

Si alguna expectativa económica tiene el escritor, será cuando entregua manuscritos a un editor  y cuando se presenta para hablar con sus lectores. Creo que es mejor venir y viajar. El contacto con el público es insustituible.

Pero eso no resuelve el hecho de que sus obras se lean o no...

Vas a llegar a un grupo de lectores por razones azarosas todas. Porque viven en tu ciudad, son de tu país, hablan tu idioma, te recomendó fulano, habló bien de ti perencejo. Internet es una maravilla, pero no es lo que va a marcar la diferencia.

En Guayaquil es difícil conseguir libros suyos, sin embargo, muchos están en versión para iPad...

Los editores saben de papel. El digital todavía no lo veo. Lo más parecido es una chilena que se llama Fran Solar. Para mí es el futuro. Pero mis amigos cuelgan en sus blogs lo mismo que han puesto en el diario. Sigue siendo la versión del papel. Esa novela digital extraña, distinta, diferente, no será propiamente como la vemos ahora, con tantas líneas seguidas.

Haré un ejercicio de ficción. Quizá dentro de unos años esté mal visto tener sexo en persona y la gente dirá: “Todavía te estás exponiendo al contacto de fluidos con microbios y bacterias... ¿Por qué no te pasas al sexo 3D que es una cosa extraordinaria?” Ahora mismo estamos en esa polémica con la literatura. Un libro no será mejor porque está en digital o en papel.

¿Cómo imagina la novela digital?

Estarán escritas en la pantalla para consumidores de pantalla, con enlaces a películas, microentrevistas... Eso no existe en castellano todavía.

Suele hablar del humor y citar al de Guillermo Cabrera Infante, lleno de juegos de palabras...

El humor de Guillermo no tiene sólo que ver con esos chisporroteos geniales que son los juegos de palabras. Si nos ponemos estructuralistas, los juegos de palabras son juegos del pensamiento. Él era un gran parodiador. La parodia es uno de los géneros humorísticos más antiguos. La Ilíada tiene su propia parodia que es la Batracomiomaquia.

¿Qué otros escritores influyen en su construcción del humor?

El escritor en lengua española más afín a Guillermo (lo sé porque era mi amigo) era Julio Cortázar. Siempre he pensado que “Ejercicios de estilo” es el primo hermano del “Último Round”. Otro escritor increíble es el mexicano Jorge Ibargüengoitia. Junto con Borges, esos son para mí los cuatro monstruos del humor.

¿Ha descifrado las claves de esos cuatro maestros?

Hace muchos años llegué a la conclusión de que la mejor manera de ser borgiano no está en la forma de escribir, sino de leer; que la mejor manera de ser discípulo de Ibargüengoitia no está en la manera de contar, sino de mirar la historia; la mejor manera de ser discípulo de Cabrera, no es escribir palabras sino  pensarlas, y la mejor manera de ser Cortázar no está en escribir historias fantásticas, sino concebir la vida como algo fantástico.

¿Por qué la fijación con el humor?

El humor es algo que los latinoamericanos -no los españoles- celebramos. Nos da vida y lo convertimos en un arte mayor. En España la gente lo disfruta pero luego lo esconde, porque hay el deseo de ser serio, solemne, severo, de ser profundo.

¿Es deseo de verse o de ser?

De ser. Y la obra mayor de habla hispana es el Quijote, y el Quijote es un libro humorístico. El pobre de Cervantes quería ser recordado por los trabajos de Persiles y Sigismunda. Siento que en esa especie de paradoja se encierra la gloria de la literatura en español.

¿Cómo lee libros un escritor? ¿Es un viaje de placer o de negocios?

Si tienes sentido del humor y, además piensas en escribir, lees a alguien desde el placer, pero con una caja de herramientas al costado. Sabes lo que está haciendo, aprendes de él. Otra cosa es ser filólogo y tener una formación en semiótica. Yo era más feliz cuando no sabía lo que era una elipsis. Los filólogos cuando leen, no disfrutan, hacen la autopsia de un cadáver llamado libro.

¿Siente predilección por algún período literario específico?

Hay quien dice que solo lee a los clásicos y eso no me parece honesto. Cuando a uno le preguntan de sus lecturas, todos empiezan con Thomas Mann. Pero es que yo además vengo del cómic, de los cuentos infantiles y los clásicos juveniles: Esopo, Wilde, Perrault, Andersen y, por supuesto, Superman, Batman, los 4 Fantásticos y todo eso que me parece fundamental. Después vinieron Julio Verne y Mark Twain. A Cortázar llegué cuando tenía 14 años.

¿Por qué el cómic le parece fundamental?

Yo comprendí a Cortázar y a Borges gracias a los 4 Fantásticos, porque la literatura fantástica funciona en una clave que existe en el cómic: mundos alternativos, realidades paralelas. Encontrarás esa influencia en mis primeros libros.

¿Cómo es su relación con el cine?

Hasta 1988, bien. Entonces nació mi hija. De Walt Disney pregúntame lo que quieras, que me las he visto todas. Las disfruto, claro que sí. He llegado a la conclusión de que prefiero ver en el cine lo que no existe: una invasión marciana, dinosaurios, superhéroes con rayos; los zombies me parecen muy atractivos. Para historias de la vida cotidiana tengo la literatura.

¿Ha vivido con poco cine desde entonces?

Es que para colmo de males yo vivía en España y no soporto el cine doblado. En Sevilla solo hay un cine donde pasan películas subtituladas. Aún no he visto Batman, porque yo la quiero ver en versión original.

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