Melina Terribili: "Estamos viviendo en una falsa democracia"

- 17 de mayo de 2019 - 08:00
Melina Terribili está de visita en Quito y Guayaquil exhibiendo Ausencia de mí, documental sobre el músico uruguayo Alfredo Zitarrosa, en el Festival Edoc.
Foto: Mario Egas | et

A la memoria de Nora Bonilla, quien me hizo escuchar a Alfredo Zitarrosa.

Al exilio de Alfredo Zitarrosa (1936-1989), cantor, escritor y activista político uruguayo, estuvo también relacionado con nuestro país. Según archivos de prensa, Zitarrosa fue recibido cálidamente por el público ecuatoriano, y no solo en Quito. Por ello, no es casualidad que el documental Ausencia de mí, de Melina Terribili, sea presentado en el Festival Encuentros de Otro Cine (EDOC). Por diversos motivos, la realización de la película tardó diez años.

¿Cómo abordas a Alfredo Zitarrosa en el documental?
Yo ya venía vinculada a la obra de Alfredo. Lo primero que se me vino a la mente fue el laberinto en que él estaba metido e intentaba buscar la salida, y yo también me sentía así. Estuve bastante tiempo tratando de develar cuál era el corazón de la cinta. Internamente lo tenía, pero había que plasmarlo conscientemente y eso llevó finalmente al exilio como la definición de la película. El proceso de abordar a una persona fuerte, pública, ícono de una región o de un momento del mundo, no puede caer ni en el homenaje ni en el cliché. Eso lo viví con momentos de mucho disfrute y otros de mucha preocupación.

¿Por qué momentos de disfrute y preocupación?
Yo encaré el proyecto con cierta inconsciencia genuina, en el buen sentido, no me atormenté en pensar en lo que estaba haciendo. Pero al mismo tiempo sabía que estaba hablando de alguien que trascendió países, épocas, géneros artísticos. Era eso, disfrutar en los momentos de hallazgo, decir: “¡Encontré esto!”, “¡La película está acá!”, poder verla claramente; y por otro lado los obstáculos, las dudas, los miedos.

¿Cómo seleccionaste el material que dio forma al documental?
Lo primero que hicimos fue visualizar lo filmado y escuchar y ver los materiales que teníamos, sobre todo los audios, porque la banda sonora es la que manda. Había que escuchar todo: en 60 minutos, los primeros 50 eran un ensayo de una canción, pero los últimos 10 eran una confesión de Alfredo, una charla, un sonido particular, con los que podía contar las distintas caras del exilio: la preocupación política o la culpa de haberse ido, la nostalgia, la imposibilidad de componer, la adaptación al país, el refugio que encuentra en sus hijas, el encuentro con otros exiliados que un poco le devuelven la vida.

Evidentemente debió existir un trabajo previo de archivólogos. ¿Cómo fue para ti, que vienes de un área que no es la historia o la archivología, trabajar con ellos? 
En general, lo que quería era que se suscitará la curiosidad en ellos, como unos niños que preguntan todo. No siempre se daba porque había un extremo respeto porque el proceso de trabajo se daba con la familia presente. Entonces, empuje para que los archivólogos intervinieran, dialogaran más con ellas. Me interesaba el encuentro entre una mirada más técnica, más metódica con el proceso emocional de sus hijas.

Alfredo Zitarrosa (1936-1989). Foto: Cortesía

En una escena se ve a su hija, Serena, pidiendo que se maneje con cuidado las cajas del archivo familiar porque de alguna manera su padre está ahí, en esos archivos que estuvieron inéditos durante 25 años. ¿Cómo se vivió este momento?
Bueno, es como una cadena de afectos. De él al guardarlas, de sus hijas al guardarlas y yo de alguna manera entro con la película y ayudo a que estas memorias empiecen a ver la luz. Para esto di un paso al costado a la admiración, pero sí tenía un sentimiento a flor de piel. La filmación se hacía por muy pocas horas por día porque cuando salíamos de ahí, era como haber estado en constante tensión, comías y no servías para más nada.
No se podía hacer más con el archivo porque había un juego de mucha tensión entre lo que podía estar en las cajas, en qué estado estaban las cosas. Las cosas estaban muy bien conservadas, pero estamos hablando de hace 30 años y el origen de esas cosas es aún más antiguo. Por ahí había cosas de la infancia de Alfredo, un cuadernito de cuando era niño. Por la cercanía con sus hijas, todo lo que tenía que ver con tensión emocional, pasaba también por mí.

¿Cómo las trayectorias vitales de músicos y los archivos relacionados con estas rutas de escape pueden configurar también mapas de lo político en torno a un momento histórico de América Latina?
A Alfredo todo lo atravesaba. “Todo me importa en la vida”, dice. Nosotros trabajamos un concepto en la película que yo lo nombré como los paisajes del exilio, estos lugares que no son su país y tienen un paisaje humano y político que lo va como acorralando, hay una Latinoamérica militarizada. La película trabaja mucho la militarización en las calles, me parecía importante mostrar esa violencia, esa democracia que no logra salir a flote. El desexilio también es el saldo de todo esto.

Además de la banda sonora, en la película hay muchas tomas de árboles, del mar y de pájaros. ¿Esto tenía un significado narrativo o era un recurso meramente estético?
Es un leitmotiv en la película, narrativo, dramático y sensitivo que tiene que ver con el recuerdo de su país en el exilio. A mí me gustaba la idea de llevarlo a lo literal al sentido de pertenencia o de patria, llevarlo a la imagen de paisaje, lo que miras alrededor te da un sentido de pertenencia, te hace sentir en casa. El mar lo saqué de un archivo; los árboles y los pájaros los filmé en Súper 8 y casualmente, o no casualmente, escuchando los audios, él en un momento dice: “No es lo mismo que estar en mi país, los árboles de mi país son míos”. Entonces fue un feliz encuentro entre lo que yo había creado y el archivo.

Alfredo Zitarrosa (1936-1989). Foto: Cortesía

¿Qué mirada aporta el documental?
Creo que se logró dar dimensión de varias cosas: por un lado quién fue Zitarrosa en términos humanos, políticos, artísticos, y por otro lado, el contar con su voz para hablar de un tema tan duro como el exilio, que es universal. Alfredo también invita a reflexionar a diferentes generaciones sobre la importancia de cuidar la democracia, de luchar por no perder la libertad, la igualdad, los derechos. Él se exilia por eso y muere porque al volver no puede reconstruir el país, como dice él. La película es dolorosa.

¿Puede la película convocar a la memoria? ¿Los temas son actuales?
Lamentablemente son muy actuales, y de eso hablamos bastante en las presentaciones. La película dialoga con un presente triste, estamos viviendo en una falsa democracia; existe todavía tiranía, persecución, existen presos políticos. Es muy peligroso lo que está pasando, porque es una aparente democracia. En Argentina hay gente que muere por la represión que hay en la calle, hay periodistas que son detenidos como en la época de la dictadura, ni qué hablar de la pobreza, la desnutrición infantil, la gente sin trabajo. Por ejemplo, mucha gente en la Argentina sale llorando, pero no derrotada, sino por emoción, como si tuvieran un despertar esperanzado. La película ayuda también a decir de todo esto por lo que Alfredo luchó y murió, “mira todo lo que sigue hablando”, cémo su obra sigue siendo vigente, le da sentido a esa generación o a los hijos de esa generación, en mi caso.

¿Cuál es el siguiente paso con este archivo?
Por un lado, el material está en custodia en el Teatro Solís, pero la función final de todo este proceso, que quiere la familia y para lo cual sigo trabajando con el archivo de Alfredo, es encontrar un espacio donde pueda convivir todo este archivo y que sea público, incluso como materiales de estudio para personas de Uruguay, América Latina y el mundo. Creemos que desde el Estado debería aparecer el espacio, pero también toda la infraestructura que implica mantener y sostenerlo en el tiempo.
El proceso de catalogación y digitalización está prácticamente terminado. Por esto existen tres etapas: el trabajo en papel, el trabajo con el soporte fílmico y sonoro, y la tercera sería trasladar esto a la gente, previa clasificación de la familia y de Martín Monteiro, director del archivo, porque al tener un volumen enorme, sería imposible poner todo. (I)

Alfredo Zitarrosa (1936-1989). Foto: Cortesía

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