Las propuestas escénicas crecen sin ordenanza

- 20 de julio de 2019 - 00:00
Para Aníbal Páez y Nathalie Elghoul no son claras las políticas culturales que regulan espacios en la ciudad.
Foto: Karly Torres / EL TELÉGRAFO

Hace dos años, varios gestores culturales buscaban establecer una propuesta con lineamientos para la existencia de espacios teatrales independientes.

En 2018, cuando se aprobó en Sesión Ordinaria el contrato de comodato entre el Municipio de Guayaquil y Fundación Muégano Teatro, fundada por Santiago Roldós y Pilar Aranda, la concejala Susana González decía que el centro de la ciudad debía ser una ruta artística.

En 2016, la Alcaldía entregó en concesión a Jaime Tamariz y a Francisco Pinoargotti tres salas de teatro en el Malecón del Salado: La Bota, Microteatro y Las Tablas.

En 2017 entregaron un contrato de comodato a Fundación Albert Paulsen, manejada por Carlos Icaza, editor de La Revista, de diario El Universo, para montar una escuela de actuación especializada en la técnica Meisner, en una casa patrimonial de Las Peñas.

Un año después se oficializó el comodato de 25 años de un teatro a Muégano, en el Callejón Magallanes de la zona rosa.

Este año, una casa patrimonial derribada se reconstruirá para entregar un teatrino a Corporación Zona Escena, dirigida por Jorge Parra.

En todos los casos, los gestores culturales entregaron proyectos al Municipio para tomar espacios públicos o patrimoniales, donde los gestores manejen su propio modelo de financiamiento.

A pesar del crecimiento de espacios escénicos urbanos con el aval municipal, hay otros que han cerrado a pesar de plantear una propuesta de autogestión y de encontrarse en las mismas zonas en las que se piensa esta “ruta artística”.

Hace dos semanas, después de casi una década de trabajo, Nathalie Elghoul y Aníbal Páez decidieron cerrar el espacio escénico La Fábrica. Antes de ellos estuvieron Fantoche (Loja y Rocafuerte) y Sarao, (cdla. Kennedy).

En el cierre de estos espacios, la ausencia de financiamiento se repite, pero también la aparición de nuevas propuestas que de alguna manera los obliga a replantearse.

La Fábrica intentó distintos modelos de financiamiento, desde teatro a la gorra hasta una taquilla diferenciada para estudiantes y personas de la tercera edad. Además de establecer alianzas con centros culturales internacionales o la Universidad de las Artes. Sus gestores también aplicaron a fondos concursables.

Paralelamente a esa búsqueda de un modelo adecuado de financiamiento, La Fábrica era considerada como un negocio más por el Municipio, en lugar de establecer excepciones como una propuesta artística.

Esto difiere en el caso de los grupos a los que el Municipio de Guayaquil les ha entregado contratos de comodato.

Muégano, como fundación, está exenta del pago de algunas tasas municipales, no así de grandes gastos como la luz, que sí se suprime para las canchas de equipos de fútbol, cuando tienen partidos por la noche por considerarse de “interés nacional”.

Otro problema que enfrentaba La Fábrica, ubicada en Urdesa, es la ordenanza que regula el uso de suelo. Esta señala que todos los establecimientos deben contar con un parqueo.

Además, como tenían bloqueada la tasa de habilitación, debían presentar nuevamente documentos como los planos, “como si antes no hubiera existido”, dice Páez.

Lo harán, pero han decidido cerrar las puertas del espacio y replantear su dinámica de trabajo ante la nueva ola de propuestas culturales que existen en Guayaquil.

“Hay factores que han transformado a La Fábrica -dice Elghoul-, como la creación de espacios con apoyo municipal, con el que pensamos hay un intento de inducir a un cierto tipo de pensamiento y consumo”.

Hace dos años los promotores culturales de La Fábrica junto a gestores como Tamariz, Roldós o Marlon Pantaleón (también parte de Estudio Paulsen) buscaron trabajar un proyecto de ordenanza municipal que finalmente terminó en nada.

“En ciudades como Buenos Aires o Bogotá, la economía tiene regímenes especiales para este tipo de emprendimientos”. Para Roldós, hace falta una ordenanza pensada desde la lógica de espacios independientes, que responden a otras realidades y por tanto otras exigencias.

El actor y dramaturgo reconoce que “esa ordenanza es nuestra responsabilidad por no acabar de exigirla”. Según Pantaleón no se pudo concretar un acuerdo sobre la ordenanza. “Ya después se abrió Estudio Paulsen y nos hemos dedicado de lleno a eso”. (I)  

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