Quito tiene a Miguel Ángel, el artista que pinta en “cuero ajeno”
A las 14:50 del 12 de enero de 2019 tuve la oportunidad de conocer, en vivo y en directo, y conversar con Miguel Ángel.
Pero no me refiero al famoso Michelangelo Buonarroti, arquitecto, escultor y pintor renacentista italiano, uno de los más grandes artistas de la historia, sino al quiteño Miguel Ángel Claudio, de 64 años, quien se dedica a pintar calzado con anilina y darle brillo con bacerola, cepillo y un pedazo de tela.
Este hombre es un “artista de los zapatos”. Desarrolla su labor hace 52 años en las calles Pichincha y Esmeraldas, en la entrada al Mercado Central de Quito. Es un ícono de la zona, pero nadie ha publicado su biografía, como en cambio sí lo han hecho en Italia y en el mundo con Michelangelo.
Por eso me animé a rendir tributo, a través de estas breves líneas, a quien desde hace años lo veo cada vez que paso por el sector o cuando me animo a degustar de las famosas corvinas del Mercado Central.
Poco resulta dedicarle a este “pintor” una parte de la carta que Benedetto Varchi le escribió al artista italiano el 12 de febrero de 1560: “Toda esta ciudad desea sumisamente poderos ver y honraros tanto de cerca como de lejos...”.
La prensa quiteña tiene una gran deuda con este Miguel Ángel, ya que no ha contado sus sacrificadas jornadas que de lunes a sábado van de 07:00 a 17:00, y domingos, de 08:00 a 14:00, llueva, truene o relampaguee, o aunque castigue el incandescente sol.
Su edad no es impedimento para lustrar el calzado de manera dedicada y perfeccionista, como si se tratara del pintor italiano, autor de obras como la magnífica decoración y frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina, “Tormento de San Antonio”, que la pintó cuando apenas tenía 12 años, la edad en que nuestro Miguel Ángel en cambio empezó a ganarse el pan de cada día ayudando a pintar zapatos a su hermano mayor, fallecido hace 7 meses.
Este quiteño no ha pintado obras de similar valor y trascendencia como la del “Santo Entierro”, la “Madonna de Mánchester” o la “Sagrada Familia”, pero ha pintado miles de pares de zapatos de todos los colores, formas y tamaños, de hombre y de mujer, baratos y caros, de buen gusto y cursis.
Cuando empezó a plasmar con sus manos y una pequeña brocha la pintura (anilina) en “cuero ajeno”, cobraba de 4 a 6 reales cada lustrada. Así reunía de 5 a 10 sucres diarios, dinero que -dijo- tenía mejor poder adquisitivo comparado con el dólar: hoy gana de $8 a $ 10 diarios, pero compra menos cosas. “No alcanza para nada la plata de los ‘gringos’”, se quejó este padre de 5 hijos, todos adultos y casados.
El ruido y la contaminación generada por los carros es terrible en la zona, todo el día, pero con resignación y frotándose la cara con las manos empapadas de anilina y betún exclama sonriente: “Ya estoy acostumbrado, amigo. Al final, de algo hay que morir”. (I)
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