La señora muestra actitud desde el momento en que toma el coche. Lo hala con fuerza sin mirar a su alrededor, lo saca y empuja al mismo tiempo y, obviamente, golpea a un hombre que pasa apurado. No se inmuta, no se disculpa, camina mirando al techo. El hombre se detiene, abre sus ojos de forma exagerada, la mira de pies a cabeza, mueve la cabeza y se va.
Es miércoles de descuentos del 25% en vegetales y frutas en el comisariato del kilómetro 13.5 de la vía a la Costa. La mayoría de secciones están con pocos clientes. En los frigoríficos de lácteos y embutidos hay un poco más de compradores, pero en el área de frutas y legumbres no hay dónde poner un pie, los coches de compras están desperdigados por el pasillo y no dan paso a nadie, mientras hombres y mujeres escogen entre los productos. Las perchas en realidad no tienen mucho que ofrecer, son las 19:00 y el lugar abre a las 09:00.
Manojos de cilantro, perejil y apio marchitos, berenjenas y zucchinis arrugados, tomates magullados, algunos brócolis amarillentos y trozos de coliflor ennegrecidos es lo que queda. Los contenedores del ajo y fréjol pelado están vacíos. En los modulares del frente sí hay papa de varios tipos, bastante plátano verde, ya no hay maduro y los aguacates están muy tiernos (duros).
La sección de frutas está completa, aquí hay de todo y todo tiene buena cara, excepto los persimmons que, como pocos los compran, parecen ser los mismos de la semana anterior que ya se han sobremadurado, escogiendo se salvan cuatro. De repente aparece otra vez la señora que en la entrada golpeó a un hombre. Ahora estaciona su coche en el centro del pasillo. Se acerca al cliente que rebusca entre los persimmons y pregunta: “¿qué fruta es esa?”, “persimmon”, le contesta. Mira nuevamente al aire sin entender nada y se voltea.
El coche sigue en medio pasillo bloqueando el paso, ella escoge manzanas. Ahora pasa por sitio el hombre al que la mujer golpeó en la entrada del supermercado y al notar que el coche que obstruye el paso es de ella se le acerca y pregunta: “¿señora, disculpe, usted conduce carro?” Sacando pecho y levantando la voz para llamar la atención la mujer contesta: “Sí, ¿por qué?”. “No, por nada, ahora entiendo por qué Guayaquil es tan caótica”, sentencia el hombre, también en voz alta, pero con una sonrisa burlesca. (I)
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