Viajar hacia el sur del país, una travesía que llena de estrés

- 30 de mayo de 2018 - 00:00

El viaje empieza bien. Los enredos de la hora pico de un viernes por la tarde, entre Guayaquil y Samborondón, se libran con sentido común. Superado el Puente de la Unidad Nacional y la zona urbana de Durán, donde el descontrol lo domina todo, el tráfico es fluido, la calzada bien señalizada y los carriles están marcados con pintura y tachas reflectivas.

Los carros que generaban caos en Durán (Camionetas F150 del año sin placas; vehículos todoterreno con placas alteradas, autos destartalados que zigzaguean), van ahora con dirección a Milagro y Naranjal, se mueven más rápido y no molestan a nadie. Sin embargo, su irrespeto a las normas será siempre una amenaza.

La carretera se mantiene en buen estado. Los peajes en Boliche y Puerto Inca no lastiman tanto. De repente, una gran autopista aparece: tiene tres carriles a cada lado y hombro de seguridad; no obstante carece de iluminación y las marcaciones sobre la calzada no son de pintura reflectiva. En la noche se vuelven invisibles. La gran autopista es corta, muy corta. Rápidamente converge en un solo carril, de modo que un descuido puede ser fatal.

A partir de ahora, el viaje a la frontera sur es en un solo carril. En el trayecto hay que superar sectores como Cien Familias, de absoluta oscuridad; rebasar camiones bananeros que ruedan a 40 km/h y ocupan la vía entera, y estar alerta a buses intercantonales que se detienen de improviso para dejar o recoger pasajeros. Hay incluso que alertar con luces de largo alcance a los conductores que del otro sentido de la vía rebasan e invaden el carril contrario.

Un gran letrero da la bienvenida a Balao, aún en la provincia de Guayas, entonces empieza una lucha con grandes huecos en la calzada. Que las llantas no caigan en los cráteres es misión imposible. Luego aparece el pueblo minero de Ponce Enríquez, en Azuay, donde los vehículos cambian de color por el lodo que salpica de los charcos. Más adelante, al llegar a El Guabo, en El Oro, el peligro en la carretera es advertido con unas cintas rojas de plástico.

El estrés por las malas condiciones de la vía mengua las ganas de conocer el país. Rebeca de Zambrano, viajera constante, cree que aún más estresante es el regreso a Guayaquil. Ahí, además de sortear los peligros de la carretera, hay que enfrentar retenes improvisados, donde militares, policías o agentes de tránsito sin ninguna justificación impiden la libre movilidad. (O)

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