De paseo por Pekín y en la Gran Muralla China

- 31 de mayo de 2018 - 00:00

Por años soñé con viajar a China, especialmente después de leer ‘La madre’, de Pearl S.Buck. Su historia milenaria me “llamaba” e invitaba a descubrir al Gigante asiático. Así al llegar al Aeropuerto Heathrow, de Londres, para tomar nuestro vuelo a Pekín estaba bastante impaciente. Fue un viaje largo y cansado por el cambio de hora. Me llamó la atención no ver a tanta gente en bicicleta como pensaba, sino en pequeñas motocicletas, conducidas por hombres y mujeres, con cascos y con mascarillas.

También me impresionó la polución, el cielo se veía nebuloso y opaco. Nuestro hotel estaba en una de las avenidas principales de la capital china y como muchos turistas ¡creí que todo era muy barato! Por eso, cometí el error de no llevar casi nada de ropa. Esa equivocación me costó cara, pues compré vestidos y ropa interior de emergencia a precios italianos.

Mi primer paseo fue a la Gran Muralla China, una de las Siete Maravillas del Mundo, Patrimonio Histórico de la Humanidad desde 1987, y el décimo primer lugar más visitado del planeta, según la Revista Forbes. Los guías nos recogieron del hotel y recorrimos unos 90 km, al norte de la ex Beijing.

En este trayecto descubrí a las ciudades satélites, construidas una al lado de otra, que parecían no tener fin. Al llegar a la Gran Muralla, nos quedamos asombrados al pie de semejante inmensidad: más de 8.000 km que atraviesa montañas, desiertos y llanuras de la geografía de ese país. Su  construcción empezó en el siglo VII a.C y concluyó en el Siglo XIII. ¿Para qué servía? Para defender a China de las invasiones, los saqueos, los robos y para agrandar el poderío de los emperadores.

Nuestro guía nos llevó por el acceso Mutianyu. Tomamos un teleférico y llegamos hasta una boletería. Desde allí, subimos por gradas muy empinadas hasta llegar a la cima de ese monumento, que mide de 6 a 7 metros de alto y de 4 a 5 metros de ancho. Me quedé maravillada y sin palabras, caminé, bajé gradas, y me tomé fotografías que me quedan como un recuerdo imborrable de ese viaje. (I)

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