Dubái es el emirato del Golfo Pérsico de las mujeres tapadas

- 17 de mayo de 2018 - 00:00

Hace un calor tremendo en el verano, de más de 36 grados. A primera vista, una “ciudad” muy moderna, tecnológica, ultra limpia y artificial. Porque todo está creado para impactar y atraer a millones de turistas. Dubái  es uno de los 7 emiratos que conforman Emiratos Árabes Unidos (EUA) en el Golfo Pérsico.

Es cosmopolita, la mayoría de sus habitantes (2‘698.600) es extranjero (80%): obreros de Afganistán, hombres de negocios de EE.UU., o empleados de multinacionales. El secreto para capturar a esos residentes es que no pagan impuestos. Los autos de lujo, los grandes hoteles y  construcciones son parte del paisaje de Dubái, así como el enorme desierto y la entrante agua salada que cruza su territorio.

Mi curiosidad sobre la modernidad me llevó al Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo, de 828 metros, que costó 4.000 millones de dólares. Tiene 186 pisos, pero solo 160 son habitables. Allí está el Hotel Armani, del diseñador italiano Giorgo Armani, que ocupa 39 plantas. Esta joya arquitectónica tiene 57 ascensores que van a una velocidad de 10 metros por segundo. Me subí al elevador, se me taparon los oídos y llegué al piso 124.

Al salir me topé con una tienda de souvenirs (recuerdos): lápices con camellos, imanes para las refrigeradoras con camellos o llaveros con camellos. Después pasé al mirador llamado “At the top”, que tiene una vista espectacular, de 360 grados, de Dubái.

En esa altura de vértigo, me tomé varias selfies con mi tablet. Este edificio está en el complejo del Downtown Burj Dubai. Allí  está el Dubai Mall, el centro comercial más grande del mundo, con más de 3.000 boutiques: un vestido de niña, de Gucci, cuesta 2.500 dólares. Compré un I-phone por 600 dólares.

Me llamaron la atención las mujeres locales, cubiertas de la cabeza a los pies, por burkas negros (abaya, túnica larga). Sus vestidos tenían dos agujeros en los ojos. Iban detrás de sus esposos y al lado de sus hijos y de las nanas de ellos. Seguí con la mirada a varias señoras y me di cuenta de que se alzaban los velos de la cara para tomar gaseosas o comer.  

No sé por qué me dejé convencer de ir a Dubái. Ahora, no viajaría porque el máximo atractivo de un país es su historia, no lo creado de manera artificial. (O)

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