María Angula en Quito

- 16 de mayo de 2019 - 00:00

La leyenda de María Angula siempre es aterradora porque contiene -más allá del puzún, que es estómago en quichua- el reclamo por las tripas usurpadas a un cadáver del cementerio de San Diego. Pero también causa espanto la Llorona, esa mezcla de cultura prehispánica y colonial, ahora banalizada por todo lo que toca Hollywood.

Estos dos relatos míticos algo macabros han servido para un nuevo tipo de turismo patrimonial. En el primer caso, por el colectivo Quito Eterno y en el segundo lo que se oferta en Querétaro, mientras un actor, vestido a la usanza del siglo XVIII, lleva a los viajeros a conocer las entrañas de las casas antiguas mexicanas.

Lo importante de estas propuestas está en que de esta manera los espectadores pueden conocer los sitios emblemáticos, como es el caso de la iglesia de San Francisco y su atrio, donde el astuto Cantuña burló al mismísimo diablo.

A propósito, hay narraciones europeas de pactos del diablo para la construcción de puentes de arco medievales que van desde Tarragona a Cardona, Pedrosa (España); Valentré o Olargues (Francia), Lazio o Torcello (Italia); Vila Nova o Misarela (Portugal); Ceredigion o Cumbria (Reino Unido); Sajonia (Alemania) o el famoso Paso de San Gotardo (Suiza). En muchos de ellos, los turistas pueden conocer de primera mano estas historias y hasta llevarse un souvenir.

Volviendo al país, quién quita que nuestro Juan de Velasco se inspiró también en estos relatos para legarnos su escrito de Cantuña, aunque hay otro autor de la misma época, Juan de Santa Gertrudis, quien nos muestra al personaje histórico que fue un prominente herrero (su marca está a la entrada del convento).

Es importante que esas versiones nuestras estén presentes en este tipo de turismo cultural que debería estar en otras ciudades del país. Ojalá la nueva administración en Quito tome nota de estos asuntos: la mitología es la otra historia. La tradicional ya la sabemos: trajes de militares recién salidos de la tintorería, como refiere Eduardo Galeano, en el prólogo de Memorias del Fuego. (O)

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