Enfoque

Ana Cristina Barragán: Jugar al cine

- 24 de octubre de 2016 - 00:00

La trayectoria de la directora y guionista Ana Cristina Barragán (Quito, 1987) comenzó oficialmente con Despierta, un cortometraje que estrenó en el (ahora extinto) Festival Cero Latitud hace 10 años, cuando aún era estudiante de cine. Pero en realidad empezó muchísimo antes, cuando era apenas una niña. Durante las vacaciones escolares, Ana Cristina se encargaba de liderar a una pequeña tropa de profesionales (compuesta por su hermana pequeña y sus primos) en obras de teatro independientes que luego presentaba, orgullosa, ante su público (sus padres, sus abuelos y sus tíos). Ella escribía los guiones y los diálogos, inventaba los personajes y creaba historias articulando las ideas de los otros niños.

Su papá, Fernando, tenía una cámara en formato VHS que le había regalado su abuelo, Gil Barragán. Ana Cristina la recuerda enorme y pesada. Esa cámara siempre le llamó la atención, e incorporarla en sus juegos cotidianos era su pasatiempo favorito. Podía pasarse actuando y bailando, dándole instrucciones claras al camarógrafo: grábame así, ahora para, ahora filma esto, y ahora corta.

Desde chica sintió una necesidad urgente de transmitir sensaciones y contar historias. Siempre supo que el camino para hacerlo serían las películas. Cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria (Cine y Video en la Universidad San Francisco de Quito), el panorama del cine ecuatoriano estaba por cambiar radicalmente, con una una ley que por primera vez tomaba en cuenta las necesidades del sector y la creación del Consejo Nacional de Cine.

Como cineasta, Ana Cristina pertenece a una generación de creadores que han podido filmar sus primeras películas con relativa facilidad, gracias a una mayor apertura del Estado y del público. Hay quienes incluso hablan de un boom. Sin embargo, esto no fue lo que influenció en su decisión de incursionar en ese mundo. Esa decisión, en su caso, era más bien un destino fijo del que no había escapatoria. Cuando en sus deberes escolares le pedían que se dibuje a sí misma en el futuro, Ana Cristina se retrataba junto a claquetas, telones y rollos de película.


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Desde chica siente una gran fascinación por los animales. Si lo del cine no rendía frutos, quizá hoy sería bióloga marina o trabajaría en National Geographic. Cuando tenía 9 años, organizó a sus compañeros y lanzaron una campaña para que dejaran de vender pececitos de colores a la salida del colegio. Le parecía una práctica cruel, le preocupaba que los peces no tuvieran suficiente espacio para nadar en esas fundas de plástico. Pintaron carteles y se reunieron con la directora del colegio para que prohibiera la venta de pececitos. Y ganaron.

Durante su adolescencia se negaba a diseccionar animales en sus clases de biología y era capaz de salirse de una clase para ir a rescatar a un gato abandonado. En sus vacaciones, paseaba por la playa observando a las distintas especies que encontraba, y luego armaba sus propias enciclopedias. Desde chica, los animales despertaban en ella una sensibilidad muy particular. En Alba, su primer largometraje que está a punto de estrenarse en Ecuador, la presencia de estos seres (una polilla, una mariquita, unos güillis güillis, una estrella de mar) tienen un gran valor narrativo y simbólico. En Despierta, su primer cortometraje, una plaga de mariquitas recorre el cuerpo de una niña que acaba de menstruar por primera vez. En la ficción de Ana Cristina Barragán, los animales dicen cosas.

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Yo nunca quise ser actriz. Cuando Ana Cristina me convocó a un casting para su tercer cortometraje, Anima, fui por curiosidad y porque me habían hablado muy bien de su trabajo. Asistí al casting sin ningún tipo de expectativa, segura de que nada saldría de ese encuentro. Y cuando me ofreció el papel acepté. Acepté a pesar de mi experiencia nula y aunque sabía con seguridad que no volvería a actuar. Lo hice porque imediatamente me cautivó la entrega de Ana Cris a su proyecto. Es una disciplina que bordea la obsesión. Y es contagiosa. El cortometraje se rodó prácticamente sin presupuesto. Anima se produjo en un momento de riesgos, en el que ella había decidido dejar de trabajar en publicidad (un trabajo que, si bien era un gran sustento económico, no la hacía feliz) para dedicarse de lleno a hacer películas. Cuando está desarrollando un guión, Ana Cristina vive en un universo paralelo, en donde habita esa historia que tiene que ser contada. Y no de cualquier manera: el resultado debe ser una réplica exacta de lo que ella visualiza en su cabeza. En los ensayos, cuando me hablaba de sus ideas —sobre la historia que intentábamos contar, las sensaciones que queríamos transmitir, sobre mi personaje (una mujer llamada Greta)— algo en su cara se encendía, como una fiebre. Su honestidad también es contagiosa.

Cuando me ofreció el papel de Greta acepté, no porque me interesara incursionar en la actuación si no porque me contagió esas ganas locas de convertir su visión en realidad. Fueron semanas de ensayos diarios y ejercicios introspectivos que parecían más cercanos al psicoanálisis que al cine. Actuar exige que uno ponga el cuerpo, la mente, las emociones, todo en manos de alguien más. Ana Cristina conoce de cerca ese proceso, detrás y delante de la cámara (es la protagonista de la película Sed, de Joe Houlberg, que se estrenó hace unos meses en Ecuador), y por eso le da tanta importancia al trabajo actoral y a la relación que se establece entre la guionista-directora y sus actores.

Macarena Arias conmueve en su papel como Alba, aunque esta es su primera experiencia como actriz. Logra transmitir cosas con gestos muy pequeños y contenidos: un movimiento de manos, una mirada, la manera en que mueve el pelo… su ansiedad, su angustia, su euforia son casi palpables. Ana Cristina la eligió entre 600 niñas que audicionaron para el papel e intuyó que ella era su protagonista apenas la vio. Cuando Macarena se paró frente a la cámara tenía una energía distinta a otras niñas. El efecto era casi hipnótico, era imposible dejar de verla.

El trabajo que está detrás de un papel tan complejo (sobre todo para una actriz natural) toma tiempo y confianza de ambas partes. Como cualquier relación humana, se basa en la honestidad. No es la primera vez que Ana Cristina trabaja con niñas. Despierta, Domingo Violeta, Anima y Alba giran alrededor de niñas en plena pubertad, niñas que caminan en ese ese abismo entre la niñez y la adolescencia.

Es un momento que dura poco, pero viene cargado de cambios físicos dramáticos y emociones que inducen vértigo. De repente hay una ruptura; es como si tu cuerpo estuviera habitado por una gigante que quiere estirarse, expandirse y salir a la superficie. Y de repente sientes que el mundo te mira raro, que espera ciertas cosas de ti. En las mujeres, ese vértigo se refleja en la primera menstruación, un episodio que Ana Cristina ha narrado de maneras distintas, en varias de sus obras. Su interés por retratar la pubertad femenina llega a su clímax en Alba, en la cual la directora explora no solo esos cambios físicos y psicológicos, también esas cosas que se rompen en la vida de una niña-mujer: su inocencia, su relación consigo misma, con otras mujeres, con el sexo opuesto, con su padre.

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Ana Cristina habita el universo de Alba desde hace seis años. El guión de la película fue su tésis de grado en la Universidad. En ese momento, la historia se parecía más a una anécdota que a una película. Hacer cine, sobre todo en Ecuador, es un trabajo que exige disciplina, paciencia y una importante cantidad de confianza en uno mismo para no dejarse vencer a mitad del camino. El guión de Alba se escribió entre Ecuador y Buenos Aires (gracias a una asesoría que obtuvo en el Talent Campus del BAFICI), y se re-escribió muchas veces a lo largo de estos años. Entre la escritura del guión y el rodaje de la película, varias cosas cambiaron en su vida: renunció a un trabajo que le daba estabilidad económica, terminó una relación de muchos años, se mudó a vivir sola. Hizo dos cortometrajes. Pero las ganas de ver la película terminada solo crecían con el tiempo.

El guión de Alba es muy personal, aunque no se trata de una película autobiográfica. Ana Cristina quería hablar sobre ese momento en la vida de una niña en la que todo cambia. De repente, lo que te hacía especial te hace sentir rara, distinta. La protagonista vive una lucha constante entre reconocer (y apreciar) su propia rareza y encajar con el resto de niñas de su clase. Alba surge entre sueños, experiencias propias, años de observar a otras mujeres y la necesidad de canalizar lo vivido a través de la ficción. La película también retrata la relación compleja entre la protagonista, una niña de once años, y su padre Igor, un hombre extremadamente solitario a quien Alba no conoce bien y con quien debe irse a vivir inesperadamente. El convivio repentino es difícil para ambos.

Poco a poco, la película se fue haciendo un camino, primero en el circuito local (ganó los fondos concursables del Consejo Nacional de Cine por cuatro consecutivos, en distintas etapas) y luego a nivel internacional. La búsqueda de la actriz principal tomó cinco meses, y rodaje tardó seis semanas. Entre el desarollo del guión, la pre-producción, el rodaje, y la post-producción, Alba y su autora han viajado por el mundo. La edición se hizo entre México y Ecuador, el color se realizó en Grecia y el estreno mundial de la película fue en el Festival de Cine de Rotterdam, donde obtuvieron el Lions Film Awards, un premio dedicado a talentos emergentes. Desde entonces, los reconocimientos no han parado: Mejor Opera Prima en el Festival de Cine de Lima; Mejor Película en el Festival de Cine de Mujeres de Colonia; el prestigioso premio FIPRESCI en Toulouse; entre otros. Y el recorrido recién empieza: la película se estrena el 28 de octubre en Ecuador y se presentará en otros 20 festivales alrededor del mundo en los próximos meses.

Fue en Colonia, rodeada de mujeres cineastas y viendo sus películas, cuando Ana Cristina pensó por primera vez en qué significa ser una mujer que se dedica a este oficio. Es imposible definir qué es el cine de mujeres. Pero se trata de una industria que aún no se arriesga por miradas más diversas: mientras mayor sea el riesgo económico y mayor sea el presupuesto, es menos probable que se elija una mujer para liderar un rodaje. En abril, Ana Cristina se reunió con 51 realizadoras, directoras y productoras de 22 países. Se expuso a decenas de películas que la ayudaron a entender que aunque no sea homogéneo, el cine hecho por mujeres tiene una sensibilidad particular.

Es cierto que un beneficio de hacer cine en una industria incipiente, como la ecuatoriana, es que las reglas del juego son iguales para todos los cineastas sin importar su género. Pero no por eso es menos difícil. Como le dijo el cineasta mexicano Nicolás Pereda alguna vez: Un cineasta hombre que se propone una búsqueda constante durante su proceso creativo, que tiene dudas, que se hace preguntas, es exigente. Si una mujer cineasta hace lo mismo, se percibe como un capricho.

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Un momento determinante de la (aún corta) carrera de Ana Cristina fue presentar su película en el Festival de Cine de San Sebastián, uno de los más prestigiosos del mundo, y ganar una mención de honor del jurado. Alba compitió en la categoría Horizontes Latinos, con figuras consolidadas del cine latinoamericano como el argentino Daniel Burman y el mexicano Amat Escalante. Mientras se pasaba la película, con sala llena, Ana Cristina esperaba, nerviosa, en un pequeño cuartito dentro del cine con un whisky en la mano. Incrédula de estar presentando su primera película en ese festival, frente a ese público, en competencia con películas de cineastas que admira. Tres cortometrajes y una película más tarde, todavía se pone nerviosa cuando las luces se apagan. Los mismos nervios que sintió hace ocho años, cuando presentaba

Despierta en la Cinemateca de la Casa de la Cultura la invaden ahora, en San Sebastián, en Rotterdam, en Lima. Es la misma sensación que sentía al presentar sus obras de teatro ante su familia cuando era una niña. Y es que hacer cine nunca dejará de ser su juego favorito.

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