La belleza oculta de Guayaquil, entre las luces y penumbras
El puerto principal muestra su rostro más colorido desde sitios poco pensados y diversos. En donde mejor se puede apreciar aquello es desde la cima de los cerros Santa Ana y el Carmen hasta una vereda, a nivel de los espejos de agua -o incluso sin ellos-.
El movimiento del tráfico, propio de un lugar donde casi 2 millones de personas cuentan con un trabajo, no le resta belleza, aunque el estrés que se encuentra en las calles hace difícil apreciar la estética escondida entre los vehículos y el ruido de las bocinas.
El astro rey y las bombillas alternan su participación para dar más colorido a la cotidiana esencia comercial del cantón. Su mejor lugar se encuentra en los extremos, en donde termina el dominio de la tierra y comienza el de los manglares.
Muy pocos se detienen a ver a la urbe porteña desde los puntos que seguramente inspiraron al político y poeta Pablo Hanníbal Vela Egüez cuando describió al puerto como la “ciudad del Río Grande y del Estero, donde el Sol es un sol domiciliado, que amanece riendo en el primero y se duerme jugando en el Salado”.
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