La cotidianidad en la Universidad de Guayaquil no es, ni de cerca, sencillo. Estudiantes, docentes y personal administrativo se las ingenian a diario para intentar convivir en la ciudadela universitaria y cumplir con los semestres, pero la realidad de la infraestructura y del sistema hace titánica esa labor.
Laboratorios anatómicos improvisados, curiosos juramentos de amor en aulas y pupitres dan un panorama caótico en las facultades que, además, están atiborradas de publicidad electoral interna.
La intervención a la que es sometida la institución da luces de esperanzas a toda la familia de la ‘U’ de Guayaquil, que quiere ver convertida su alma máter en una institución de alto nivel académico.
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