El grafiti cobra sentido en la ilegalidad (Galería)

- 16 de noviembre de 2014 - 00:00

Un menor toca con curiosidad el arma de un militar; Mickey Mouse y el payaso de McDonald’s corren cogidos de la mano de un niño desnudo mientras llora; otro pequeño dispara un fusil y una adolescente abraza un misil, son algunos de los graffitis (grafitis) que se observan en varias paredes. Se trata de imágenes subversivas. Su autor: Banksy. La creatividad de este artista británico, que firma con ese nombre, lo llevó a ganar fama mundial. Sin embargo, se mantiene en el anonimato. ¿Por qué? Porque el grafiti es ilegal, es en sí mismo insurgente.

Para la gestora cultural Paola de la Vega este arte urbano “no puede ser domesticado y ni acepta concesiones de paredes. Son todas esas marcas que se hacen al margen de la autorización del Estado”. El grafitero se toma la pared que quiere, sin autorizaciones previas, en lugares estratégicos y visibles. De allí su diferencia con el Street art (arte callejero).Este consiste en intervenciones en muros específicos con movimientos artísticos que negocian con el Municipio, el Estado o en proyectos. Quienes defienden estas posturas están en oposición a quienes creen que el grafiti y el Street art son lo mismo y que se lo puede realizar con o sin autorización previa, eso no le quitaría su sentido.

De todas maneras, el grafiti, desde sus inicios, ha sido ilegal. Este se desarrolló en Ecuador en la década de los noventa. La fuerte migración de aquellos años, principalmente a Estados Unidos y Europa, hizo que muchos de los viajeros trajeran al país nuevas ideas. Sin embargo, no se atribuye el desarrollo de este arte urbano a la migración, pues este estilo de expresarse data de varios años atrás.

Alex Ron, en su libro Quito, una ciudad de grafitis, identifica 3 momentos de estas pinturas antes de llegar a Ecuador. Uno fue en París, en Mayo de 1968, cuando estudiantes parisinos pintaban mensajes como: “La imaginación al poder”, “Seamos realistas: pidamos lo imposible”.

Un segundo momento se dio en los años 70, en Nueva York, en los conocidos guetos en el Bronx, Brooklyn. Se trataba de grupos marginales afrodescendientes y latinos que topaban temas de jóvenes ajusticiados por la policía.

El tercer momento es cuando llega el grafiti a Latinoamérica, a finales de los 70. La paredes se llenaron de mensajes contra dictaduras y gobiernos represivos. Es así que en ciudades como Buenos Aires, Montevideo, Bogotá y Río de Janeiro, se observaron pinturas que decían: “Para el día de la madre, regale pañuelos blancos” (que hacían referencia a las mujeres de Plaza de Mayo), o “Vos no desapareciste, por algo será”.    

Afan Markez, un grafitero quiteño de 25 años, conoció el mundo de este arte en el año 2000. Su idea de lo que existe después de la muerte hace que sus pinceladas plasmen imágenes de fantasmas. También se dedica al wildstyle, un tipo de deformación de la tipografía. Le apasionan los contrastes y las formas que logra con mucha imaginación. Una vez de pie frente al lienzo en blanco llega la inspiración como resultado de una mezcla de su estado de ánimo y del fondo, tamaño y espacio de la pared. Aunque siempre lleva a mano su blackbook, conocido entre los grafiteros como el libro de los bocetos. Él sabe de la ilegalidad de lo que hace, pero es su pasión. No piensa dejarlo aunque tenga que llevar 2 vidas: una en la oficina de su trabajo y otra en las noches con sus amigos.

“Los grafos son realizados furtivamente, en el momento más silencio e interminable de la noche. El grafitero conoce el riesgo y al mismo tiempo depende del riesgo, el arte está en la furtividad y constancia de estas criaturas de aerosol” dice Alex Ron.

Para María Fernanda López, doctora en arte urbano, el grafiti debe cumplir 3 reglas básicas: que sea anónimo, ilegal y transgresor. Es así que no se trata de cualquier raya en las paredes. El grafiti tiene un trasfondo político importante. Sus mensajes van en contra de un orden social y posturas políticas, denuncian las desigualdades y hacen un llamado a la reflexión.

Para M. Fernanda López las pinturas en las paredes son la expresión social de ciertos grupos: “Las ciudades que más grafitis tienen son las que tienen problemas de hacinamiento, de delincuencia y de violencia. Este es un medio para hacerse ver en la ciudad”.

Las paredes prohibidas develan las problemáticas de los barrios. Hablan de las diferencias sociales y económicas que existen en el mundo, la inseguridad, el maltrato y la indiferencia de los Estados. El apego de los grafiteros con su territorio es muy fuerte, de ahí que este arte urbano esté íntimamente relacionado con el hip hop.

Esta cultura tiene 3 elementos: la música, el breakdance y el grafiti. Está asociado a la comunidad para generar lazos de afectividad y de solidaridad. En sus líricas y en sus trazos en las paredes cuentan los problemas que día a día enfrentan en las calles. Además pintan para marcar su territorio, no como vandalismo, sino que buscan transmitir el mensaje de que ellos operan allí como colectivo y que usan esas plazas para organizarse.

Paola de la Vega explica que la cultura hip hop es un movimiento de denuncia y de resistencia al sistema: “Estos jóvenes son estigmatizados, les dicen marginales porque viven en contextos donde existe delincuencia y drogadicción”. Indica que eso debe cambiar porque el grafiti no es vandalismo.

Marthin Under, grafitero cuencano ya 16 años, atribuye al hip hop su rehabilitación de las drogas. Sus padres migraron cuando él tenía 9. A los 12 conoció las calles y sus vicios. “Escuchando hip hop sentía que debía salir de esa vida. No me veía como mis demás amigos que solo hablan de cuánto han fumado, con quién se pelearon o qué robaron”. Para él el hip hop “le da la oportunidad a la gente común, a la del barrio, de expresarse”.

Pero en el artículo 393 del COIP, que entró en vigencia en agosto, se sanciona a “la persona que destruya, inutilice o menoscabe los dispositivos de control de tránsito o señalética, o dañe el ornato de la ciudad o la propiedad privada de los ciudadanos con pinturas, gráficos, frases o cualquier otra manifestación, en lugares no autorizados”. Para M. Fernanda López esta ley criminaliza el grafiti: “No pueden penalizar las prácticas culturales”. Paola de la Vega considera que no se está entendiendo la lógica de funcionamiento de estos movimientos: “Encuadrarle en vandalismo es obviar que hay otras formas de organizarse y de trabajar culturalmente”.

“¿Has sentido la adrenalina cuando haces un deporte extremo? Bueno, pues eso siento al momento de grafitear” dice Afan Markez. Los grafiteros no dejarán las paredes para expresarse. Solo necesitan un spray y mucha imaginación.

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