Gabriela: barro y poesía (I)
Hablar de Gabriela Mistral es aludir a un mito latinoamericano. Al menos así lo consideran varios estudiosos de su obra y de su vida. En esa imagen de mujer afligida y triste se esconde un misterio permanente. Sus ojos delatan ese ímpetu por conquistar el mundo a través de la palabra oral y escrita. Nació en la ciudad de Vicuña-Chile, el 7 de abril de 1889.
Sus orígenes fueron humildes. Su condición de maestra fue inmanente. Amó a la niñez, tal vez, como una forma secreta de suplir su vacío maternal, aunque, paradójicamente, se refiera a ella como la mayor obra de arte, el oficio que nunca se detiene y el viaje perdurable. Mistral no fue Mistral. Fue Lucila Godoy Alcayaga. Hija de Jerónimo Godoy Villanueva y Petronila Alcayaga. Desde temprana edad se inmiscuyó en la enseñanza a las generaciones tiernas. Desde luego que la literatura fue parte vital dentro de esa soledad que la acompañó como una sombra en constante acecho. Escribió en verso y en prosa. Personalmente tengo profundo apego por su prosa poética; esa mezcla lírica que le envuelve al lector/a con la metáfora fina y con la aguda interpretación de los hechos que desnudan la condición humana.
Según José Pereira Rodríguez, ella: “Escribía como hablaba: con gracia, con profundidad, con dominio de la expresión y con singular atractivo e interés. Por esto, leerla es escuchar el eco inextinguido de su voz que lucía simpáticas inflexiones melodiosas”.
La grandeza de su figura no fue consecuencia exclusiva del Premio Nobel de Literatura (1945), sino de su desprendida actitud en la búsqueda por construir una sociedad justa, solidaria y libre, sin mayores apasionamientos políticos ni enfoques doctrinarios que -a ratos- obnubilan esos fines altruistas, sino con la tierna presencia femenina y la inigualable reflexión intelectual que sobrepasó barreras geográficas, diversidades étnicas, estratos sociales y niveles culturales. Su grandeza radicó en dedicar interminables horas a la formación de los párvulos, de esos “locos bajitos”, en frase de Joan Manuel Serrat. Gabriela creó poesía y, a su vez, trazó en sus días el enigma que determina el verso. Por eso dijo: “La poesía es en mí, sencillamente, un rezago, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesía que hago me lava de los polvos del mundo y hasta de no sé qué vileza esencial parecida a lo que llamamos el pecado original, que llevo conmigo y que llevo con aflicción”.
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