Vanidoso, insultador, mentiroso…
Esto no le pasa a nadie, pero les pasó a los médicos norteamericanos Beatriz y Allen Gardner, pues se lo buscaron. Querían adoptar un bebé africano. Hasta ahí todo normal. Pero querían uno especial: eligieron un chimpancé recién nacido para educarlo como si fuera su propio hijo. Y lo bautizaron Washoe.
Para comunicarse con él aprendieron el lenguaje de las señas y montaron un experimento con unos 20 estudiantes de la Universidad de Reno. La idea era saber hasta dónde podían los chimpancés asimilar nuestro lenguaje. Washoe tenía su propia habitación con ropa y juguetes, y comía en la mesa, como uno más de la familia. Entonces sucedió lo que parecía un milagro: Tras un tiempo, el chimpancé, con el lenguaje de los sordomudos, se comunicó con sus padres adoptivos y con los estudiantes que compartía las horas del día.
Washoe usaba chaqueta para salir a la calle; le gustaba combinar colores, y como cualquier jovencito con aires de seductor, no aceptaba imposiciones. Él elegía su ropa, después de mirarse al espejo. Era un vanidoso.
Washoe dominaba centenares de palabras en el lenguaje de señas, muchos más de los que, seguro, usted y yo conocemos. Había sido educado como un niño. Hasta usaba en forma normal el sanitario y aprendió a decir cepillo de dientes, cuchara, agua, frío, calor, hambre, y todo lo que en la vida cotidiana requería expresar. Y cuando salían de paseo y necesitaba un baño, aprendió la palabra “estiércol”. Entonces vino la segunda sorpresa.
Parte del experimento era enfrentar a Washoe a distintas personas, para que conociera más emociones humanas. Uno de los estudiantes hacía el papel de egoísta. Se plantaba al lado de Washoe a comer golosinas y cuando el chimpancé le pedía una, se la negaba y se las comía todas. Entonces un día, Washoe le dijo, con señas: “Tú eres un pedazo de estiércol…”. Y al ver su foto, le decía: “Hombre estiércol”. Se descubrió que Washoe era capaz de crear metáforas. Es decir, como nosotros, era capaz de insultar.
Washoe, que antes compartía las bananas con este estudiante, un día decidió esconder las suyas. Llegó el joven y le pidió al chimpancé una banana. Washoe las había cambiado de lugar y su despensa tradicional estaba vacía. El estudiante insistió. Le dijo egoísta, mentiroso, que tenía hambre, que por favor le diera una sola. Washoe abrió todos los cajones de su cuarto –menos en el que ocultaba las bananas–, y le explicó que ya se las había comido todas.
Washoe, como nosotros, había aprendido a mentir. Cuando nos asomamos al universo de los animales siempre nos podemos sorprender. Y aprendemos algo: Es un error menospreciar al otro, en la vida, y en el ajedrez. Lipnickij, Schulz, Berlín 1945:

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