Universidad, ciencia y tecnología
La Universidad siempre priorizó el pensamiento, el conocimiento, buscó la verdad por los caminos de la razón. La ciencia es el campo de los descubrimientos, las evidencias. Sin embargo, en los procesos de enseñanza-aprendizaje son tres los componentes de su taxonomía: lo cognitivo, lo neuromuscular, lo conductual, la clásica CAP de los conocimientos, actitudes y prácticas. Dejando para luego las actitudes conductuales, se señala aquí que en los últimos siglos, desde la Revolución Industrial y particularmente con el auge de los inventos, se desarrolló la tecnología que exige habilidades prácticas en una serie de profesiones universitarias. Más allá de las ciencias humanas o sociales, la universidad debió asumir, para las ciencias aplicadas, la ‘modernización’ de la tecnología. Como dos mallas de redes, a veces paralelas, a veces independientes, la teoría de los descubrimientos nutrió la creación de los inventos, y en otros casos los inventos forzaron a la teoría. La ciencia y la tecnología se hermanaron de tal manera que parecían sinónimos, tanto para los beneficios de la humanidad como la destrucción de las guerras.
En los últimos siglos la tecnología se transformó en la esencia de la producción de mercancías. La fabricación de bienes de uso dio paso a la de bienes de cambio, y, los dos, se pusieron al servicio del mercado. El mercado no es malo en sí, lo es cuando responde solo a las ganancias y la acumulación.
En las ciencias aplicadas, exactas o biológicas, y sus correspondientes profesiones, los conocimientos de la razón requieren de las habilidades prácticas y sus instrumentos e inventos de todo tipo. Todos ellos invadieron los campos de la gestión y la enseñanza, y con las tecnologías de la comunicación ‘prácticamente’ todas las profesiones deben ejercitarse ahora en esas ‘prácticas’, a partir del manejo de la teoría.
Pero el problema, más que de la relación de la ciencia con la tecnología, radica en el papel del mercado, que solo puede ser controlado y regulado por el Estado. Los transgénicos, por ejemplo, además de requerir el debate científico, requieren aquel sobre el control de los monopolios capitalistas del mercado. El Estado, por lo tanto, debe equilibrar las prioridades de la ciencia y aquellas de la tecnología, controlando esos intereses mercantiles.
Los objetivos y programas de investigación científica y tecnológica del Estado y las universidades deben mostrar claramente que responden a los intereses de la sociedad y no del mercado.
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