Un país donde no existía la tristeza
Era el siglo XVI. Un hombre llamado Tomás se dedicó a pensar en lo humano y lo inhumano de nosotros, los humanos. Y narraba que, alguna vez, conoció a un marinero que había descubierto una islita perdida en la mitad del mar Atlántico.
No era una isla cualquiera. Allí no existían las palabras “tuyo” o “mío”, porque todo era propiedad colectiva, todos eran iguales y el rey tenía apenas ese título simbólico, pero trabajaba como todos los demás.
Por obligación todos trabajan media jornada y el resto era dedicado al estudio, al ocio, o a las bellas artes. Las comidas eran en comunidad, amenizadas por músicos, y se practicaba una especie de ajedrez que era la única guerra que aquel pacífico pueblo conocía.
Sus habitantes tenían extrañas costumbres: los matrimonios eran a prueba y se separaban si alguno de los dos lo deseaba. Había libertad de cultos, pero las religiones eran un asunto íntimo, y estaba prohibido que fueran temas de conversación en público.
Y algo importante: no conocían el evangelio y el oro abundaba como las piedras en cualquier camino, pero no tenía ningún valor. Solo lo usaban para hacer pesadas cadenas que colgaban al cuello para distinguir a los pocos delincuentes que rara vez aparecían.
Cuando un personaje llamado Giovanni di Lorenzo supo esto se entusiasmó. Giovanni que había sido nombrado cardenal al cumplir los 13 años y ahora era conocido como el papa León X siempre estuvo necesitado de dinero. Para conseguirlo vendía las famosas indulgencias que dividieron para siempre a la iglesia y al saber de un pueblo que no era cristiano y que menospreciaba el oro que allá abundaba, organizó una flota naviera llena de evangelizadores y conquistadores.
En ese momento el inventor de la historia tuvo que explicarle al papa que todo era una fantasía. Que aquel país donde no existía la tristeza se llamaba Utopía. El imaginativo personaje era Tomás Moro y nos dejó, por lo menos, una nueva palabra para designar aquellas cosas imposibles que deberían ser posibles. Tomás Moro, después, cayó en las telarañas de las disputas religiosas de la época, y el rey de Inglaterra lo juzgó y lo condenó a la horca, que estaba reservada para los ladrones vulgares. Su hija, entonces, vendió joyas y propiedades para pagar al rey y recibir de él un favor: que su padre fuera decapitado, como autor de un delito político. El rey, generoso, aceptó y después de ahorcar a Tomás Moro ordenó que le cortaran la cabeza.
En el ajedrez, a diferencia de la vida, no hay falsos consuelos. El final es el final.
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