Un mundo gris
A pesar de que el carnaval es una fiesta popular de celebración que viene desde el paganismo, este largo feriado no podemos disfrutarlo como deberíamos. Aquí y allá nos sobran motivos de esta desazón que hace aparecer la vida revestida de una oscuridad inusual.
Sin creernos bien lo que pasa, observamos cómo cuerpos de ecuatorianos son víctimas del escarnio y venganza criminal del comercio del narcotráfico; nosotros la isla de paz, de pronto sin saber bien cómo, empezamos a ser testigos de las escenas más dantescas que jamás pensamos tener aquí.
Luego de haber transitado por tanto dolor, aislamiento y miedo durante dos años de una pandemia de la que supuestamente íbamos a salir fortalecidos, ahora resulta que estamos de frente ante la posibilidad de una guerra que podría escalar a niveles insospechados. Ni dos guerras mundiales en el siglo pasado, ni la reciente pandemia parece que nos hubieran dado la medida real de lo que significa la vida y la responsabilidad con la de miles de jóvenes que son arrojados ahora mismo a enfrentarse con armas cada vez más sofisticadas.
Las disputas étnicas, de territorios, de recursos, geopolíticas y de imperios decadentes o en emergencia nos siguen atravesando a la humanidad como si no tuvieramos ya bastante con la pandemia o con la terrible amenaza del cambio climático.
Las mujeres generalmente hemos sido testigos y víctimas de la guerra más que protagonistas, la guerra es un juego de hombres, tiene sexo y es masculino nos dice un tipo de feminismo; sin embargo, otro señala que las mujeres no estamos, y nunca hemos estado al margen de la guerra. Tanto hombres y mujeres pierden con ella, por lo cual no podemos dividirnos en dos bandos como culpables e inocentes. Pero es indudable que el modelo de masculinidad tiene mucho que ver con cómo los hombres pretenden imponerse en el mundo.
Por otra parte, pesimismo por el país porque no logramos ver más allá del túnel, porque el túnel en el que hemos ingresado es oscuro, es cierto, pero también es verdad que no parece haber nadie al otro lado que lo pueda alumbrar. Vagamos en un sin sentido porque los sentidos de los que están al frente solo son instrumentales, no vemos una dirección porque ellos mismo parecen no tenerla o porque es de un egoísmo descomunal.
En fin, en nuestro pequeño mundo y más allá solo advertimos amenazas pero requerimos urgentemente de esperanzas, de salidas, de más sentidos, y eso se construirá colectivamente, sin fanatismos pero sin cobardías. Esta desazón, al menos en el caso del país, debe traducirse en una búsqueda de un rumbo que nuestra sociedad más desprotegida lo merece.
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