Ecuador / Domingo, 08 Marzo 2026

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DEMOCRACIA O TEOCRACIA: La batalla moral de nuestro tiempo

Escribir sobre la guerra siempre produce desazón, hay en el acto mismo de narrarla una sensación de fracaso, el lenguaje intenta poner orden allí donde reina la violencia y el caos. Desde las crónicas de la antigüedad, hasta los partes de guerra transmitidos en tiempo real, el escritor se convierte en testigo de la destrucción sistemática de aquello que la civilización tardó siglos en construir y, sin embargo, hoy esa desazón es mayor. No observamos una escaramuza lejana, sino una confrontación total, en vivo y en directo, entre la democracia occidental y el fanatismo religioso encarnado por el régimen teocrático de Irán.

Occidente, con todas sus imperfecciones, se edificó sobre la separación de poderes, la libertad de conciencia y la dignidad del individuo, la idea rectora es que el poder debe estar limitado por la ley y por los derechos humanos. En cambio, la teocracia iraní subordina la vida civil a la interpretación religiosa de un clero que no rinde cuentas y subvenciona en Líbano y Palestina, el terror generado por Hezbolá, Hamás o la Yihad, entre otros. Allende los mares, disentir es delito, protestar constituye una herejía y, ser mujer, demasiadas veces, resulta una condena.

La guerra actual no es solo militar, es moral, se enfrentan dos visiones del mundo, una que, con defectos e incoherencias, reconoce la pluralidad y otra que la sofoca en nombre de una verdad única. La historia demuestra que cuando la política se arrodilla ante el dogma, florece la tiranía y cuando la izquierda autoritaria decide justificar o relativizar esos abusos por cálculo geopolítico, traiciona su propio discurso emancipador.

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, debería resonar con especial fuerza a favor de las mujeres iraníes perseguidas por no llevar un velo, encarceladas por reclamar autonomía, silenciadas por exigir lo elemental: vivir libres. Resulta desconcertante -y moralmente inquietante- que ciertos movimientos feministas occidentales, guarden un silencio selectivo ante estos atropellos, la defensa de los derechos no puede ser geográficamente caprichosa ni ideológicamente condicionada.

Si quieres la paz, trabaja por la justicia”, recordaba Paulo VI y la justicia empieza por reconocer la dignidad humana sin excepciones culturales que la mutilen. Por su parte, John F. Kennedy advirtió que “la humanidad debe poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad”. Ambas reflexiones iluminan el absurdo persistente del conflicto. Al final del día, cada misil lanzado es una prueba irrefutable del fracaso político y la muerte de la diplomacia, el diálogo y la civilización.

Escribir sobre la guerra, entonces, no es un ejercicio neutral, es tomar posición frente al fanatismo que convierte la fe en látigo y la ideología en prisión. Defender los valores occidentales no implica negar errores, sino afirmar sin titubeos que la libertad, la igualdad ante la ley y la protección de las mujeres no son concesiones, sino conquistas irrenunciables. Frente a la violencia teocrática y a las noveleras complicidades ideológicas, la palabra debe ser clara, frontal y, si es necesario, mordaz. Porque callar, en tiempos de guerra, también es una forma de rendición.

Sobre el 8 de marzo en Teherán…silencio incómodo para algunas…derechos amputados para otras…

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