La posverdad
La posverdad es una palabra relativamente nueva que alude a un tiempo en el que dominan las falsedades, lo que de manera simple significa que lo que se asevera no corresponde a ningún elemento real.
En la práctica, el asunto se refiere a un fenómeno en el que lo mediático, lo político y lo tecnológico se unen para persuadir a la gente, con el propósito de mantener el poder, incluso ejercer crueldad. La posverdad se refiere entonces, según los estudiosos, a la capacidad de algunos medios de comunicación, al servicio de un grupo político, para decir “mentiras” creíbles.
La conclusión antes expuesta explica cómo funciona la posverdad, quiénes la impulsan y sus fines, pero no toma en cuenta que se está volviendo una práctica generalizada y cotidiana, síntoma de una transformación cultural, que está instalando la incredulidad, la incertidumbre y la duda, ante la idea de que nada es cierto y cada quien en este mundo puede interpretar los colores y las cosas de manera diferente, porque la realidad no existe, es solo un reflejo individual.
Estamos entrando en un momento en el que, al parecer, predominará la anarquía interpretativa. En lo común eso se revela en la típica frase que escuchamos a diario: -El semáforo estaba en verde y no en rojo como tú lo dices. Esa es mi opinión, yo tengo tu verdad y tú tienes la tuya.
K. Jenkins señala que se han caído y relativizado todos puntos de referencia, “cualquier cosa puede ser considerada buena o mala, deseable o indeseable, útil o inútil, según la acepción que se haga de ella”. En ese sentido, es necesario que persista el consenso acerca de que existe una realidad a la que hay que llamarla por su nombre, porque es un hecho y está ahí, por lo tanto, designarla de otro modo constituye una mentira.
Ante una situación que parece incontenible, se propone el desarrollo de una libertad interpretativa, siempre y cuando mantengamos la metodología crítica reflexiva. A nombre de la libertad de expresión no se puede decir mentiras, porque esas prácticas destruyen la sociedad.
Si queremos referentes y certidumbres, debemos pensar en nuestros hijos, a quienes no conviene una sociedad en la que esté instalada la posverdad al servicio de las ambiciones, sino más bien lugares de reflexión y crítica sobre la naturaleza y la vida, con espacios para la ficción, los sueños y el arte. (O)
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