Burnout
El burnout se ha vuelto una palabra de moda. Aparece en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en discursos empresariales y también en el mundo académico cuando se habla de bienestar laboral. Muchas veces se lo presenta como si fuera un problema individual o pasajero depersonas que no saben manejar el estrés, que trabajan demasiado o que no logran equilibrar su vida personal. Pero esa explicación es cómoda, incompleta, engañosa e interesada.
La realidad de nuestra modernidad es mucho más incómoda. El burnout no es un accidente del sistema laboral contemporáneo; es uno de sus resultados más previsibles que nosotros mismo hemos permitido que llegue a nuestras vidas.
Vivimos en una sociedad obsesionada con el rendimiento. Ya no basta con trabajar en los moldes del pasado: hay que demostrar productividad permanente, muchas veces sin saber con claridad para qué ni para quién se produce al final. Hay que responder correos y mensajes a cualquier hora, mostrar entusiasmo constante, reinventarse permanentemente, innovar y superarse todos los días como si los límites humanos no existieran. El descanso prácticamente desaparece y, cuando finalmente se intenta detener el ritmo, aparece una sensación extraña de culpa, como si la pausa fuera una falta nuestra.
El filósofo Byung-Chul Han ha señalado que ya no vivimos en una sociedad disciplinaria como la descrita por Michel Foucault, donde los mecanismos de control operaban principalmente desde afuera a través de la vigilancia y la coerción. Hoy el control se ha vuelto interior. Somos nosotros mismos quienes nos exigimos sin descanso. Nos convertimos en nuestros propios supervisores y, en muchos casos, en nuestros propios verdugos. La paradoja es brutal, creemos que somos más libres que nunca, pero terminamos sometidos a una presión constante de rendimiento. Nos autocontrolamos permanentemente y ese proceso termina erosionando la posibilidad misma de disfrutar la vida.
Lo inquietante es que esta lógica se ha naturalizado. El agotamiento incluso se ha convertido en una forma de prestigio profesional: estar siempre ocupado parece sinónimo de éxito y dormir poco se interpreta como compromiso. Como ya advertían los pensadores de la Escuela de Frankfurt, cuando la racionalidad productiva invade la vida social, las personas dejan de ser sujetos para convertirse en objetos de rendimiento. Ya no viven plenamente solo producen.
Tal vez por eso el burnout no desaparece. Porque no es un error del sistema. Es la consecuencia lógica de una cultura que ha decidido que el valor de una persona depende de cuánto produce. Tal vez el problema no sea el cansancio en el trabajo, sino el modelo de sociedad que hemos construido para atravesar, de manera tan miserable, nuestra propia vida.
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