Perú y la política plebeya
En el programa acerca de las elecciones peruanas de Fernando Rincón, en CNN, todos los analistas coincidieron en que no hubo indicio de fraude y que los reclamos de la señora Keiko Fujimori estaban mal planteados, sin fundamentos y que, seguramente, serían negados. Al parecer la estrecha diferencia es, en efecto, a favor del candidato Castillo que ha resultado vencedor en estas elecciones, y que, a pesar de tener un apoyo electoral débil en la primera vuelta, logró aglutinar fuerzas para impedir el retorno del autoritarismo y la corrupción fujimorista.
Según nos dice en Pablo Stefanoni en Nueva Sociedad, nadie sabe bien quien es el profesor Castillo, no ha sido militante del partido comunista marxista mariateguista quien lo postula, sino más bien del partido del expresidente Alejandro Toledo. Su liderazgo se forja en una huelga de maestros en 2017, un profesor campesino provinciano – de la serrana Cajamarca- no es precisamente indígena, ni comunista, ni de Sendero Luminoso. Ha tenido expresiones contra el aborto, el matrimonio igualitario y representa a los “ronderos”, grupos campesinos que se organizaron contra el abigeato cuando surgió Sendero.
Castillo ha hecho temblar a las élites limeñas quienes no han tenido vergüenza de hacer una campaña racista, en contra del supuesto comunismo y el consabido tema de una posible venezualización peruana. En Perú, una configuración denominada gamonal ha sido la columna vertebral de una dominación histórica que hoy también se ve amenazada, porque los programas reformistas de anteriores presidentes cholos como Toledo y Humala fueron cooptados por estas élites.
La izquierda moderna de Verónika Mendoza, que hace parte de la alianza, seguramente hará contrapeso a estas posiciones conservadoras de Castillo, pero nadie sabe bien como se decantaría este presidente de origen plebeyo que reclama la representación de un Perú profundo que, igual que nosotros, no acaba de encontrar el camino de la política política moderna y la representación liberal.
Como nos decía Bolívar Echeverría, nos invade un profundo ethos barroco según el cual la política explicita su aspecto metonímico antes que metafórico, es decir la identificación con el caudillo, con el cacique, en medio de un verdadero drama político que lo vivimos intensamente; así parece que buscamos “espectros” políticos que nos representan mejor que esos insípidos líderes liberales que tanto ansía Vargas Llosa que lleguen al poder en nuestros países.
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