EL DINERO FÁCIL: la religión más sangrienta del Ecuador
Ecuador, ONU y Baki
Maestros emprendedores
Recorro con frecuencia los establecimientos educativos, dialogo con los maestros de todas las condiciones, tanto de los sectores urbanos como los rurales y urbano marginales, tengo la evidencia de su compromiso y su trabajo, lo que lo constatamos de manera objetiva a través del concurso de Excelencia Educativa, en el que participan maestros de toda Iberoamérica, y quiero compartir con los lectores, algunas reflexiones que tienen que ver con la capacidad de los docentes para el emprendimiento.
Siempre oímos hablar de la necesidad de fomentar la mentalidad emprendedora, que se hacer indispensable para dejar de lado aquella preocupación de que buena parte de los jóvenes miran como única alternativa laboral la posibilidad de enrolarse en las filas de las burocracias estatales o bien de los gobiernos locales.
Por ello es necesario relievar lo que veo en las visitas a los espacios educativos en donde constato una capacidad de gestión muy grande de parte de los docentes, de los directivos de las unidades educativas, su capacidad de autogestión para llenar las carencias que con frecuencia acompañan sobre todo a las escuelas del sector público y que demuestran la gran capacidad de articulación con otros sectores, en beneficio de sus educandos.
Recuerdo a una directora de escuela de uno de los cantones aledaños a la capital, cargando en su pequeña camioneta familiar, los ladrillos que conseguía en donación en una ladrillera vecina, para refaccionar con mingas convocadas a los padres de familia, uno de los espacios de su escuela. Con sonrisa en los labios, la maestra conseguía mover a la comunidad en beneficio de la escuela, es decir de los niños y jóvenes que allí se educaban.
Una reciente visita a Quijos y Chaco, en la provincia de Napo, en la Amazonía Ecuatoriana, me brindó la oportunidad de constatar la capacidad de trabajo, articulación, generación de vinculaciones de un profesor finalista en uno de los concursos de Excelencia Educativa que organiza la Fundación Fidal, me fascinó ver como había conseguido la participación de una universidad, de las autoridades cantonales y parroquiales, de los artesanos, de los maestros jubilados, de las autoridades educativas zonales y distritales, todas motivadas por la ganas de reconocer a los maestros y de trabajar en conjunto por el bien de las comunidades.
Un solo profesor concitando el trabajo conjunto de una serie de autoridades y públicos, con una admirable sincronización que indudablemente me dejó una grata impresión, pero no me sorprendió, porque he podido aquilatar en otras oportunidades esa capacidad de emprendimiento que me fascina y que me deja la esperanza de que, de alguna manera y pese a todas las vicisitudes y tropiezos, podemos construir un Ecuador mejor.