¿Ha triunfado el Mal?
Asistimos a un momento sorpresivo en el que de pronto el Mal parece haber ganado la batalla decisiva contra el Bien. El Mal ha dejado de ser un espíritu difuso y latente, para convertirse en la realidad misma. Miles, sino millones, se han vuelto esencialmente malos: son seres cuya razón cotidiana es eliminar o dañar al contrario, sin ninguna causa dogmática ni hambre reciente, que lo explique.
El fenómeno del Mal no es simple; se trata de un tópico tratado por la filosofía y la ciencia, sin conclusiones convencionales. Más bien, la religión y los mitos han podido describir sus características por contrastación contra el Bien, igualmente difícil de definir, porque en su nombre se ha hecho el Mal: ejemplo, las guerras.
En casi todas las culturas los mitos originarios prefiguran el Mal y su relación con el caos, personalizado en un ser maligno, siempre derrotado por el Bien, cuya fuerza garantiza la relación equilibrada de todas las partes. El Mal es pues, lo que daña y se opone a la vida.
El Mal, como acción dañina de un humano contra otro humano se ha producido históricamente en casi todas las culturas. Pertenecemos al grupo de las pocas especies menos evolucionadas que se acechan entre sí. Por ello la filosofía moderna se planteó la pregunta crucial de si somos buenos o malos por naturaleza. Para una corriente somos malos y para detenernos son necesarios el Estado y la Ley. Para otra corriente, somos buenos, pero la sociedad nos corrompe. Sólo el desarrollo de la capacidad analítica y la consciencia, puede humanizarnos.
Es conocida la filosofía de Hannah Arendt quien planteó la “banalidad del mal”, una especie de comportamiento condicionado de personas que cumplen órdenes dañinas, sin conciencia. Luhmann proponen, en cambio, que la violencia revela falta de poder político (el tema es complejo).
Estamos sin lugar a dudas frente a un despliegue sorpresivo del Mal. En ese contexto, hay algunas certezas: su desarrollo coincide con un momento específico de la globalización capitalista, con la supremacía del individualismo ególatra que se realiza en la libertad sin límites, en la desmesura, en el consumismo, la mercantilización del otro y en las pasiones liberadas por seres vacíos de sentido, referentes, conciencia, carentes de poder político y espacios creativos. Se mata por dinero, para dominar, por pasión, por una orden o la “banalidad del mal”.
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