Y ahora sí, ¡Llegaron las Fiestas de Quito!
Está por iniciar diciembre, vuelven a mi memoria aquellas escenas de infancia en los barrios del centro. Las radios tronaban en las tiendas, los taxis subían el volumen, y todos seguíamos las voces emocionadas de los periodistas taurinos. Siempre aparecía la misma pregunta, dicha entre risa y curiosidad: ¿le habría cogido el toro al torero… o a algún espontáneo valiente (o imprudente)? Ese era el gran misterio del día, el tema que encendía conversaciones en cada esquina y que hacía sentir que la fiesta ya estaba viva en Quito.
Días antes, la comunidad ya estaba en marcha. Los vecinos recorrían las casas con la lista en mano para la cuota, y uno sabía que, aunque apague la luz para hacerse el desentendido, igual lo iban a encontrar. Nada escapaba al espíritu comunitario quiteño.
El esperado 5 de diciembre empezaba temprano: cargar tablas de las carpinterías, jalar cables prestados, armar la tarima entre risas, gritos y chistes. Nadie se quedaba fuera; desde los guambras hasta los mayores, todos aportaban algo. Era una minga festiva, un pequeño milagro de barrio.
Durante el día se jugaban campeonatos de todo. En el indor relámpago se mezclaban los mecánicos, muchachos de la cuesta, los manabas vendedores de las corvinas, vagos de la esquina y cualquier equipo improvisado que aparecía. A veces no sabíamos quién ganaba, pero igual se aplaudía.
Con la tarde avanzando, la calle se llenaba del aroma de las canelas con naranjilla, empanadas y tortillas con caucara recién hechas. Esa era la señal: la orquesta estaba por llegar. Y cuando aparecía la Banda del Regimiento Quito, no había corazón que no se contagiara; la fiesta se encendía y la noche se alargaba hasta casi el amanecer.
Ese día también elegíamos a la reina del barrio y celebrábamos a los campeones del cuarenta, del palo encebado, del indor y de la carrera de tres pies, donde alguien siempre terminaba caído… para felicidad y susto de todos los demás. La plata recaudada en las rifas flash tenía un destino hermoso: comprar los regalos de Navidad para las guaguas y preparar el año viejo que despediría diciembre entre risas y esperanza.
Hoy, algunas de esas tradiciones se han ido perdiendo. Las fiestas cambiaron, las calles cambiaron, nosotros también. Pero el cariño por Quito sigue intacto, firme, como un pasacalle bien tocado. Ese espíritu comunitario, ese que hacía posible todo, aún vive dentro de nosotros.
Y ahora si, en estas fiestas celebremos con alegría, con emoción, con humor y, sobre todo, con memoria. Dejemos de lado a los políticos que nos enfrentan sin aportar nada verdaderamente trascendente para nuestras vidas. Es tiempo de reencontrarnos, de reconocernos y de celebrar como solo los quiteños sabemos hacerlo. ¡Viva Quito!
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