Espejismos de la clase media
Vivimos en una época en la que nuestra clase media parece internarse en una diáspora identitaria, dividida entre la aspiración de status y la vergüenza de su origen. Consumimos como pudientes, hablamos con idiomas mezclados —“bilingües de postura”— no para comprender el mundo, sino para señalar pertenencia a un estilo de vida quimérico. Nos hemos convertido en sujetos atrapados en un delirio de élite, con una identidad amputada.
En muchos hogares, la convicción de que “más vale parecer que ser” se transforma en una norma tácita. Gastamos lo que no tenemos para aparentar lo que no somos. La necesidad de status impulsa una espiral de gasto inapropiado, deuda y vacío existencial. La cultura del “tener” reemplaza a la del “ser”, y en ese tránsito, desaparece la solidaridad, se margina lo colectivo, se celebra la forma por encima del pensamiento. Este fenómeno no es nuevo. Ya Thorstein Veblen en 1899, en su Theory of the Leisure Class, diagnosticaba la “clase ociosa” — no como aquellos que realmente poseen capital productivo, sino como quienes consumen ostentosamente para exhibir su posición social. Ese consumo conspicuo deja de ser un símbolo de riqueza real y se convierte en un sustituto simbólico de identidad. Lo que antes era un mecanismo exclusivo de élites económicas, hoy es una aspiración extendida a vastos sectores de clase media.
Esa aspiración creciente convive con una profunda vulnerabilidad: empleo precario, inseguridad, migración e incertidumbre sobre el futuro. La modernidad líquida descrita por Zygmunt Bauman —esa fluidez de identidades, valores e instituciones— produce consumidores con encefalograma plano, sujetos unidimensionales: más inteligentes sus teléfonos, autos y semáforos, que sus dueños. En ese contexto, la clase media ya no promueve justicia social, sino status. La solidaridad se desvanece; lo colectivo se disuelve en un puñado de píxeles en redes. En nuestras metrópolis, ya es más fácil pedir una pizza por aplicación que ayuda para una emergencia real. Las mascotas —con carteras de marca, camas de diseño, alimentos premium— ocupan lugares de privilegio, mientras la dignidad humana se postula como objeto descartable. La coexistencia con los demás se reduce a “likes”, “stories” y filtros fotográficos. La fraternidad es sustituida por algoritmos, y la empatía por consumo digital.
Ese mismo marco posibilita la presencia de personajes políticos que se comportan como bufones con traje y corbata. Su histrionismo mediático compite en un circo de vanidades donde cada uno defiende un relato carente de propuestas reales. Todos quieren tener la razón —no para transformar, sino para ganar audiencia. Existe una egolatría del poder. En lugar de servir, se exhibe. En lugar de propuestas, slogans vacíos. El filósofo Slavoj Žižek advierte cómo la modernidad capitalista convierte al sujeto en consumidor y al consumo en forma de alienación colectiva: el individuo cree elegir, pero lo que elige ya ha sido prefabricado como deseo por el mercado. El resultado es una sociedad anestesiada, desconectada de su comunidad, transformada en mercancía, que permite al consumo sustituir el pensamiento crítico.
En este paisaje, la clase media no solo se consume a sí misma: se odia. El desprecio por lo propio —nuestra cultura, nuestra raíz, nuestras posibilidades reales— se vuelve explícito. Imitamos lo ajeno, despreciamos lo nuestro. Huir del origen, asumir que lo extranjero es sinónimo de status, se convierte en el credo aspiracional dominante. La auto-imagen colectiva se fragmenta. No obstante, desde esa reflexión crítica asoma una posibilidad esperanzadora. La conciencia de que este proceso alienante nos roba humanidad puede ser el primer paso para revertirlo. Si reconocemos que el consumo conspicuo aliena y degrada, podemos reivindicar una ética del cuidado: de nosotros mismos, de nuestras comunidades, del ambiente. Si recuperamos la palabra, no como medio de venta, sino de encuentro; si priorizamos la acción colectiva sobre la exhibición individual; si valoramos la dignidad más que él aparente poder y la solidaridad más que la apariencia, podremos reconstruir tejido social.
La modernidad, con su deshumanización y barbarie disfrazada de progreso, no es destino irremisible (parafraseando a Nietzsche, fingir que no duele es negar el dolor humano; Séneca diría que callar lo que te rompe es ocultar la conciencia; y Kant recordaría que la dignidad humana supone tratar a cada persona como fin en sí misma). Hoy, podemos elegir dejar de ser espectadores de la propia ruina, y convertirnos en artífices de una cultura de coherencia, justicia y comunidad. Que este despertar no sea solo catarsis, sino motor de acción. Que esa rabia silenciosa frente al espejismo del consumo se transforme en un impulso creativo para reconectar con lo real, con lo humano, con lo que verdaderamente importa.
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