Ecuador / Jueves, 29 Enero 2026

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EL DINERO FÁCIL: la religión más sangrienta del Ecuador

La inseguridad ya no es un fenómeno policial transmitido en el horario de la crónica roja, es un colapso moral a toda hora. El crimen organizado dejó de esconderse en la selva o en los márgenes del puerto, hoy administra barrios, impone reglas en las cárceles, lava dinero en el comercio y financia campañas políticas. El país vive una paradoja trágica, todos denuncian al narco, pero demasiados conviven con él.

Los grupos de delincuencia organizada entendieron algo esencial, la pobreza no solo se combate con oportunidades, también se explota con tentaciones. El joven que no encuentra futuro en la escuela lo encuentra en la esquina del sicariato, el reclutamiento ya no es clandestino, es aspiracional, bienes, viajes, armas y miles de dólares, sustituyen el diploma y el esfuerzo, así se destruye la idea de ciudadanía y se la reemplaza por la idea del lujo y despilfarro.

Pero el problema no termina en el muchacho que jala el gatillo, el verdadero cáncer está en el político que lo saluda, abraza y convence. La narcopolítica ecuatoriana no es un rumor, es un sistema de financiamiento perverso donde el dinero ilícito compra protección legal y prestigio social, hay puertos de salida y entrada de droga e inclusive alcaldías convertidas en sucursales del crimen. La mafia no quiere gobernar, quiere que el Estado se someta y funcione para ella.

Y entonces aparece el espectáculo grotesco del dinero fácil, saltan a la cancha las “muñecas de la mafia”, jóvenes exhibidas como trofeos del narco, celebradas en redes y normalizadas en la cultura popular, ellas no son la causa, son la vitrina, en ellas se muestra la pedagogía del crimen, el poder sin mérito, glamour con olor a pólvora, la tragedia es que muchas adolescentes empiezan a soñar no con estudiar, sino con pertenecer al GDO.

Las narco series de TV y los narco-corridos musicales hacen el resto, hemos llegado al punto de romantizar al verdugo y convertir al capo en ídolo, en Medellín hasta ahora se vende la cedula de Pablo Escobar como souvenir, tal como las camisetas del Che, el mensaje es claro y brutal, la ley es para tontos, el respeto se gana matando, el éxito se mide en intimidación. Esa cultura no solo distorsiona valores, sino apoya a la fábrica de soldados para el crimen.

Mientras tanto, el lavado de dinero se institucionaliza y cuando el dinero sucio se normaliza, la sociedad se vuelve cómplice por omisión.

El fiscal antimafia italiano Giovanni Falcone, referente ineludible lo expresó con claridad profética: “La mafia es un fenómeno humano y, como todos los fenómenos humanos, tiene un principio, su propia evolución, por lo tanto, también tendrá un final.”

Ecuador está viviendo su fase de evolución más sangrienta, pasó de ser un país relativamente pacífico a registrar tasas históricas de homicidios, lo cual nos hace pensar en el triste retrato de una nación que perdió el monopolio de la fuerza.

¿Y cómo empezar a salir de esta situación? No solo con más militares en las calles, se sale con educación que construya propósito, con oportunidades que compitan con el dinero fácil y con un sistema judicial que deje de negociar con la impunidad. Se sale, cerrando la llave del financiamiento ilícito de la política, persiguiendo el lavado y reconstruyendo la ética pública.

El narco no avanza solo, avanza cuando la sociedad admira al criminal y desprecia al honrado, y la única forma de derrotar a la mafia es volver a sentir vergüenza por el dinero sin origen y orgullo por la vida con principios.

El día que Ecuador deje de aplaudir al capo, lo cuestione y no vote por su movimiento político, ese día empezará el resurgimiento.

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