El diálogo no se lo construye con una pistola en la cabeza
No sé si a ustedes les ha pasado, pero puedo percibir en las tertulias privadas que, frente al diálogo gobierno con sectores indígenas, hay dos posibilidades. La una, a modo de cuchicheo, la mayoría de los sectores sociales critica las imposiciones indígenas a las que quieren someter a la mayoría de los ecuatorianos. La otra es la posición en que el miedo y la comodidad se impusieron con su silencio. De esta manera, el miedo y el silencio van imponiendo el control de la sociedad.
La mayoría no entiende cómo es que el indigenado, al mismo tiempo que participa y con amplio número de representantes en la Asamblea Nacional, también fue capaz de organizar una invasión bélica a Quito. Es decir, cree y participa en la democracia formal, pero también es capaz de desconocerla y montar ejercicios guerreros.
Estamos frente al aparecimiento del tribalismo. Se entiende a este "tribalismo como una estructura social que connota una sociedad dividida en conflictos civiles entre miríadas de pequeños grupos". Este se manifiesta, o bien con silencios intermitentes o con levantamientos violentos. El pensamiento individual desaparece con su opinión y es el grupo el que marca a la opinión como un rasgo de su propia identidad. Es decir, todo aquel miembro participante de un grupo que no comulgue con esa opinión se automargina y, por lo tanto, debe ser perseguido.
Es bien sabido, por ejemplo, que aquel miembro de la comunidad indígena que no participa de los levantamientos es castigado y aislado por medio de medidas punitivas como son cortes de agua administrados por las juntas de regantes. También son castigados con la exclusión de beneficios producidos con el trabajo comunitario de mingas.
Por el lado mestizo también hay voces que son acalladas si no se comulgan con esos principios de solidaridad cristiana que bordea el límite del paternalismo cómplice.
Pero ya es hora de que el Ecuador se abandone los diferentes tribalismos y comencemos a levantar la mirada para ver el horizonte en el mediano y largo plazo del país que queremos. Es el momento de concienciar de que cada año no es necesario organizar levantamientos armados para gastar de manera irresponsable la reserva monetaria que nos permita como sociedad general de capital humano de manera sostenible.
Es muy complicado generar un proyecto país cuando no se parte desde la evidencia sino una oposición ideológica. Si no se parte de acuerdos a largo plazo, el país solamente estará pariendo dogmas de desencuentros.
Se ha generado un miedo a disentir, a reflexionar, a interpretar. Todo parece indicar que el gobierno ha renunciado a su principal rol de planificador y ha entregado ese rol a los indígenas.
En síntesis, el diálogo no se lo construye con una pistola en la cabeza.
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