Dejemos vivir a los waoranis
Acabo de leer un informe estremecedor: “Caso waorani: se multiplican los conflictos en 365 días”. Está en el portal del Vicariato Apostólico del Aguarico o Provincia de Orellana. Vuelvo a sentir lo que sentía cuando estuve 2 años en la diócesis de Sucumbíos en tiempo de monseñor Gonzalo López, de feliz memoria: continúa la extinción de los pueblos amazónicos. En una reunión este fin de semana en Santo Domingo de los Tsáchilas, escuché lo mismo. “¿Y las comunidades tsáchilas? En vía de extinción”. Para los pueblos originarios, la sangre de la inmensa mayoría de los ecuatorianos, la colonización exterminadora comenzada hace más de 500 años continúa, silenciosa, lenta e inexorablemente.
Ya no se puede callar: defender a los débiles es la tarea de los seguidores de Jesús de Nazaret, que fue asesinado por esta misma razón. Es responder positivamente al llamado del papa Francisco en su exhortación de noviembre del año pasado: “Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres”. Es el grito que queda sellado en la selva con la sangre de monseñor Alejandro Labaca y de la hermana Inés Sarango: “Si no voy, morirán ellos”. Y de hecho, sus muertes detuvieron el avance de las empresas petroleras, las madereras y turísticas… pero han pasado los años.
Callar es hacernos cómplices. “Luego de un año, ni se llega a las causas profundas del problema ni se establecen responsabilidades, salvo el castigo, que parece implacable, contra miembros de un grupo indígena en contacto inicial, marginado históricamente de la sociedad nacional, al que ahora mismo se mantiene en un limbo jurídico. Es decir, a una injusticia, una injusticia mayor. Eso sí, el silencio acerca de una selva demediada y cada vez más estrecha, unos habitantes cercados por el apetito de sus recursos naturales, sobrevuelos misteriosos, alimentos o insumos hallados en las chacras y casas donde habitan los grupos aislados, la cercanía de ellos con la frontera colona… hasta ahora, ni una propuesta de reparación integral ni un camino claro por recorrer en la protección de los más débiles”. ¡Sí, me duele el Ecuador frente a injusticias tan inhumanas!
Los cristianos vamos a celebrar la Semana Santa: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo por solidarizarse con los más excluidos. ¿Nos daremos cuenta de que la pasión y el asesinato de Jesucristo continúan en todos los que sufren injustamente y mueren inhumanamente? ¿Qué estamos haciendo para que Él resucite en las y los que hoy sufren y mueren injusta e inhumanamente?
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