Amor político
En la cultura europea, el patriarcado estuvo relacionado con las clases sociales; el dominio de los hombres fue más evidente en algunas esferas inherentes a los grupos populares. Por su parte, la nobleza reconocía el derecho de las mujeres a acceder al trono en la línea de sucesión, para garantizar el linaje de la familia principal.
Una vez en el poder, una reina debía actuar con las cualidades políticas de un hombre, ser mulier virilis, a fin de derribar o hacer alianzas estratégicas con las monarquías enemigas y, al mismo tiempo, evitar rebeliones populares. Un ejemplo es el de Isabel la Católica (1451-1504), quien rivalizó incluso con su propio esposo, heredero de un linaje distinto. Sin embargo, ambos iniciaron la colonización de las tierras americanas, movidos por una ideología común, que pretendía construir un “imperio mundo”.
Caso excepcional fue el de Juana de Castilla (1479-1555), hija de Isabel la Católica, casada estratégicamente con el heredero de la corona que gobernaba los Países Bajos. La atracción natural de Juana por Felipe el Hermoso fue calificada como anormal, porque desbordaba el concepto de amor político, relación calculada que tenía como fin unir reinos, para lo cual era imprescindible el control sobre las emociones peligrosas, que pondrían en riesgo el objetivo final: la expansión del poder imperial.
Juana fue acusada de loca embrujada, recluida después en Tordesillas, una vez que había demostrado ser incapaz de ser una “mujer viril” y de gobernar como un hombre, erigiendo a Castilla como un contrapoder frente a las pretensiones de los Habsburgo, en la persona de Felipe el Hermoso, muerto repentinamente. La “enajenada” prolongó el entierro de su amado Felipe, manteniéndolo en una caravana, lo cual constituyó al parecer una brillante táctica para eludir la obligación de contraer matrimonio con otro monarca, consolidando un nuevo amor político u alianza. Durante la rebelión de comuneros de Castilla (1520), Juana reapareció de manera fugaz; en ese contexto algunos de los testigos asegurarían que no estaba “loca”.
Más allá de las singularidades biográficas, la vida de Juana la Loca incita a pensar el tema de la forma femenina, que caracteriza la participación de las mujeres en la política, su aceptación o resistencia a actuar como una mulier virilis. (O)
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