A montarse en metro, pues…
La recesión mundial avanza al compás del Coronavirus ¿y la vacuna? “Bien, gracias…” Entre anuncios de investigaciones y más infectados, las libertades individuales sufren el mismo efecto que la capa de ozono y hasta las concepciones ideológicas se dan vuelta.
En contra de la cuarentena, decenas de miles de manifestantes marcharon por Berlín, días pasados. Reclaman el derecho a la libertad individual. El único partido que adhirió a la misma era el ultraderechista Alterativa por Alemania. Parece una broma del destino. Algo similar ocurrió en París y en Londres. Mientras el reino de la democracia, Estados Unidos, la campaña se recalienta y hasta con muertos, como ocurrió esta semana en Portland.
El presidente Donald Trump, no escatima en discursos beligerantes ni en represiones para acortar la distancia en las encuestas con su oponente demócrata.
Y así como van las cosas, el Coronavirus, muy pronto se convertirá en un vecino incómodo, con el que estamos obligados a convivir. El problema del mundo es otro. Se agotaron las fuerzas que hasta aquí movieron al capitalismo y lo que necesita es alivianar la carga para seguir, porque las soluciones se extinguieron cuan selva amazónica.
Un paneo rápido por América Latina muestra que la situación económico-social hace las cosas mucho más complicadas aún. Pero principalmente en Venezuela, donde la situación se dirime por el caos permanente y por aquí, al sur del Paraguay, donde la eclosión económica siempre está a la vuelta de la esquina.
Cuando la situación exige una re-planificación de cara al futuro. Las ideas no aparecen y los funcionarios, esa mutación natural de los extinguidos políticos, encuentran cobijo en la farándula. Esa trinchera débil e indeleble que más temprano que tarde, está llamada a ser arrasada por la bronca social.
Todavía hay tiempo para hacer algo. Un gesto, una rectificación, un mea culpa, algo… Al menos buscar un ejemplo en Netflix. A la postre, la única biblioteca que consultan. Y ahí está el Winston Churchill (”Darkest Hours”), en la genial interpretación de Gary Oldman, cuando el nacismo avanzaba y el mundo parecía perdido. Era tal la confusión del primer ministro, que decidió montarse en el metro por primera vez e su vida para consultar a la gente de a pie. Y fueron ellos, quienes finalmente le dieron la llave de la victoria. (O)
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